Opinión
La residencia

Escritor. Autor de 'Quercus', 'Enjambre' y 'Valhondo'.
Cleómenes Asterio tuvo la suerte y la desgracia, dos en una, de tener un abuelo llamado Cleómenes y de nacer justamente en el día de mañana, 15 de agosto, virgen de la Asunción, para librarse, saltándose el santoral gracias al abuelo, del nombre de Asunción. Evitando que a lo largo de toda una vida, especialmente de niño, le martirizaran diciéndole que tenía nombre de mujer. Sin embargo, con su extraño Cleómenes, vivió despreocupado y tranquilo en ese sentido.
Cumple 87 años en sus cabales, con plenas facultades mentales, como suele decirse, algo de reuma y artrosis, un temblequeo de manos, ataques punzantes y esporádicos de melancolía y una sensación de inutilidad crónica. -¡Soy un estorbo y una pesada carga!-, se le oye refunfuñar, hablando solo, si pegas al anochecer el oído a su puerta. Quizás por eso, lo que verdaderamente desearía como el mejor regalo de cumpleaños, llegadas estas fechas veraniegas vacacionales, es largarse de una puñetera vez a la residencia. Lo mismo allí tienen aire acondicionado. Piscina y baile los sábados.
Pero en esta gran ciudad es un imposible. No hay plazas. Ni públicas ni tampoco privadas. Como si se hubieran olvidado para siempre de ellos. De los viejos. "Ya somos el olvido que seremos / el polvo elemental que nos ignora", que escribió Jorge Luis Borges. De las públicas no hablamos, porque las plazas son tan reducidas y tantas las exigencias, que conseguir una es más difícil que acertar con El Gordo de la lotería. Una ciudad desabrida, inhumana y hostil con los más débiles. Las privadas están siempre completas y tienes que apuntarte a una lista, esperando -suplicando, pobrecillo- que alguien se muera... antes que tú. Su única hija, de nombre Dolores, Dolorcitas para la familia, con la que vive, ha recorrido durante años todas y cada una, de punta a punta, repetida e infructuosamente, porque la más barata cuesta 2.400 euros al mes. Con esas cifras, ya me explicarás quien pone los 1.400 que faltan restando su pensión. Ella, con su trabajo limpiando casas y fregando escaleras a destajo, sin contrato, desde luego que no.
Su yerno, Leoncio, un tipo secarrón y espigado que trabaja de portero en un inmueble de ricachones por el centro, vestido siempre de rigurosa corbata y traje negro semejante al de los empleados de las funerarias, va muy justo de salario. Tanto, que intenta engordarlo un poco echándole todas las horas que puede. Haciendo chapuzas a los propietarios, o donde se tercie. Mejor donde se tercie, ya que, en ocasiones, los ricachones le pagan, como si reparar sus averías fuera una obligación subordinada, con una palmadita en la espalda.
El Leoncio y la Dolores tienen dos hijos varones de 12 y 14 años, que comen como limas y dan bastante más guerra que el abuelo. Ya que el anciano es reservado y discreto, limpio, intentando pasar desapercibido para no molestar a nadie. La discreción, les cuenta a sus nietos cuando dejan un rato el móvil o la PlayStation, le viene de su antiguo oficio de cartero en el pueblo: -Yo me dedicaba a repartir felicidad y tristeza- amor y desamor, muertes y nacimientos - a partes iguales y en ese oficio tanto vale lo uno como lo otro para no perder la compostura-. Cartero en una remota aldea, despoblada y dejada de la mano de Dios y de los hombres, donde solo le resta una hermana, tan vieja y achacosa como él. Un pueblo donde ya nadie te espera. Ni siquiera la tierra.
Pasar desapercibido en un espacio tan limitado es complicado. Precisamente vendieron la casa del pueblo, un caserón de muros de adobe, fresco en verano y caliente en invierno, con su troje, su corral y su pozo, su parra y su higuera, para pagar la entrada del piso diminuto de Leoncio y Dolorcitas. Mal trueque, de gato por liebre, pensó Cleómenes sin decir palabra y aceptando con resignación la venta de su casa. ¡Ea, todo sea por su bien! Por eso se lo trajeron del pueblo. ¿A ver qué iban a hacer con él? Al principio pensando que sería algo provisional, pasajero, hasta conseguir esa ansiada plaza. Creyendo, benditos ingenuos, que la oferta aumentaría y que los precios bajarían, cuando, justamente -injustamente-, ocurría todo lo contrario. El negocio es el negocio, para el que lo mismo valen ladrillos, mascarillas, áticos de lujo... que viejos moribundos.
El piso, aunque bien situado, tiene 65 metros cuadrados. Que dan para el salón con cocina incorporada, dos dormitorios, uno pintado de color vainilla para el matrimonio y otro azulón para los chicos, y un minúsculo cuarto de la plancha o trastero donde han acoplado al abuelo. Gracias al Leoncio, que es un manitas, y le fabricó al suegro una cama empotrable que saca y mete cada noche y cada día, igual que se sacan y se guardan, cuando vienen mal dadas, las esperanzas y las alegrías. Un armario como de juguete, una estantería de la que sale también un tablero que lo convierte en mesa y un silloncito amarillo de Ikea, donde Cleómenes, aunque esté feo decirlo, se pasa las horas muertas.
Es verdad que le tratan bien. Con cariño, si se cercioran de que sigue ahí, a su lado, vivo. Y que jamás le han faltado al respeto. Pero él, aunque agradecido, nota que sobra. Que ese no es su espacio, ni su tiempo, ni su lugar en el mundo. Ni la televisión, ni el rinconcito reservado del sofá, ni el ventilador que reparte, malamente, un falso aire fresco. El calor sofocante del verano, parece que reduce aún más los metros de superficie y crea un ambiente asfixiante, viciado, lleno de tensiones soterradas y secretos, de peticiones cortantes de silencios y cuchicheos: -Hagámonos a la idea, Leoncio, de que no nos van a dar la plaza-. Por lo que el marido rumia para sus adentros: ¿Quién iba a pensar que este hombre iba a durar tanto tiempo?
Para no crearle mal cuerpo y aumentar la desazón en la que vive su hija, jamás le ha contado la historia que le narrara su padre cuando llevaba al abuelo Cleómenes al asilo del pueblo vecino. Lo llevaba a cuestas, porque de puro viejo y enfermo ya no se valía por sí mismo, y pesaba menos que un pajarillo. Pesaba más la culpa, que es de plomo, grisácea y fría, como el mal de conciencia. Transcurridos dos kilómetros caminando por la cuneta y llegados a la curva que hace el río entre unos frondosos árboles, el abuelo Cleómenes dijo: -Para aquí un rato, hijo, que descansemos, que quiero llevarme conmigo el recuerdo de ese sonido del agua contra las piedras y la imagen de estos fresnos-. Por lo que el muchacho preguntó: -¿Y tiene que ser precisamente aquí, padre, y no un poco más adelante, vencida esa cuesta, ya en el altozano?-. Entonces el viejo Cleómenes guardó silencio, como dudando si debía callar o decirlo, hasta que finalmente contestó: -Es que fue exactamente aquí, en este punto, donde mi padre me pidió que descansáramos un momento cuando yo también le llevaba a cuestas al asilo-. Por lo que, como si esas palabras hubieran cortado el aire y las gargantas igual que un cuchillo, se volvieron por los mismos pasos a su casa. Donde, dos meses más tarde, el abuelo Cleómenes murió en su cama, recibiendo, tras velar su cadáver plañideras y vecinos, cristiana sepultura.
No le cuenta esa historia porque sería hacerle daño a su hija. Ganas de joder. Hacerle llorar injustamente. Innecesariamente. Aquellos eran otros tiempos. Tiempos para el olvido. Cuando él lo que de verdad quiere es marcharse a ese asilo que ahora llaman residencia para suavizar el término. Donde viviría mucho mejor. En paz, con ellos y consigo mismo. Sin reproches, más tranquilo. Lo desea convencido y sin acritud. Con generosidad. Sin exigir obligación alguna, sin pedir nada a cambio, más allá de unas visitas de domingo, una carta de vez en cuando, unos bombones y un libro, un telefonazo. Por amor a su muchacha y a su felicidad. A su independencia. La sociedad ha cambiado tanto, que por no caber, los ancianos ya no caben en los pisos ni en los trasteros. Invisibles e invisibilizados viejos.
Ahora llevan unas semanas, Dolorcitas, Leoncio y los nietos, con mucho secretismo, a raíz de una sorpresa del destino que cambiará sus vidas. Una alegría inesperada para ellos, que nunca van de vacaciones y mucho menos a la playa. ¡La España que madruga y trabaja y jamás va a la playa! Les han llamado de un hotel de Cullera que celebra exitosamente su 50 aniversario, para comunicarles que en un sorteo promocional, les ha tocado una semana de estancia gratis, con pensión completa, para cuatro personas en una habitación doble con vistas al mar. ¡Por fin una alegría! ¡De las buenas!
El problema y la desazón es por el abuelo. Al que han decidido dejar solo en ese infierno de ciudad de cemento, sin árboles ni pájaros. Los anhelos muertos, tirados, pisoteados por el sucio suelo. El abuelo que no cabe en la habitación doble y que no se cansa de decir que él se va a apañar estupendamente en el piso. ¡Su familia necesitaba tanto esa semana de vacaciones gratis! Pero convencer a Dolorcitas ha sido lo más complejo: justo quedarse solo en su cumpleaños y que le dé un soponcio, un mareo por la tensión, que no se tome las medicinas o se las tome dos veces, que se deje abierto el gas, que se caiga por las escaleras. Y solo lo han conseguido, organizándolo con la vecina, la Reme, para que pase a supervisar todo y a atender al viejo, como ella le llama, dos veces al día. Regando también los geranios y la pilistra que se trajo, junto a su padre, del pueblo.
Incluso así, Dolorcitas no se va convencida y ya metida en el coche, camino de Valencia, vuelve permanentemente la vista atrás, suspira y suelta en silencio, ocultas tras sus gafas negras, unas lágrimas ya gastadas de amargura. Viaja por esa carretera de asfalto derretido con el alma en vilo. Sin saber, la pobre, que no hay promoción ni sorteo, y que quien les ha pagado la semana de vacaciones en ese hotel con sus últimos ahorros... es el abuelo.


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