Opinión
Una resistencia antitrumpista

Por Antonio Antón
Sociólogo y politólogo
-Actualizado a
Los últimos emplazamientos trumpistas a Europa, con el intento de apropiación y control de Groenlandia, bajo soberanía danesa, ‘por las buenas o por las malas’, sus amenazas a los países solidarios con Dinamarca, y las filípicas dirigidas a los dirigentes europeos reunidos en Davos, el foro del capitalismo mundial, han terminado por tocar la fibra sensible de las élites europeas, que han mostrado su indignación.
Particularmente, el líder liberal centrista canadiense, Mark Carney, ha respondido con claridad a lo que considera una ruptura de la alianza atlántica, haciendo un llamamiento al rechazo a esas pretensiones prepotentes contra la soberanía de un país socio.
El acuerdo marco negociado entre Trump y el sumiso secretario general de la OTAN, Rutte, parece que deja fuera el cambio de soberanía o el empleo unilateral de la fuerza militar por parte de EEUU, aunque le garantiza su mayor presencia militar, el refuerzo de su papel en la seguridad -occidental- en el Ártico y sus rutas marítimas, con participación de la OTAN, y su acceso prioritario a los recursos naturales de la gran isla. Todo ello, sería aceptado por los dirigentes daneses y groelandeses, desactivando la irritación europea, incluso con cierto alivio de no iniciar una confrontación seria.
La estrategia trumpista está definida: objetivos de máximos, con chantajes y amenazas y, según las capacidades y resistencias del contrario, negociación prepotente de lo sustancial con concesiones secundarias o reelaboraciones discursivas para su consumo interno, con refuerzo de su dominación global.
Las élites europeas son conscientes de que no cuentan con el apoyo ciudadano a su docilidad ante las imposiciones de la actual administración estadounidense, regidas por criterios neocoloniales y postdemocráticos. Para legitimarse ante su ciudadanía, deben distanciarse de una imagen de sumisión y articular algunos discursos críticos.
Lo significativo de este momento es que algo se ha movido en la UE en cuanto a expresar, no solo palabras de contrariedad, sino elementos de disuasión… simbólicas: la amenaza de contramedidas arancelarias o la presencia de unos destacamentos militares.
Lo que sí se ha levantado ha sido un clamor entre expertos y la sociedad civil sobre el diagnóstico de la inaceptable subordinación europea, así como la conveniencia y los instrumentos de una respuesta contundente. Incluso algunos autores significativos de la socialdemocracia han llegado a propugnar una revolución antitrumpista. Lo positivo es que se rompe la actitud de simple resignación seguidista e impotente.
Europa posee varios mecanismos de poder para disuadir al imperialismo autoritario del trumpismo, principalmente derivados de su poderío económico, comercial y financiero. Desde el pulso con los aranceles recíprocos, hasta la posesión de un billón de dólares de la deuda estadounidense que al acelerar su liquidación gradual (como China y Japón, los otros dos grandes acreedores), dañarían la hegemonía mundial del dólar y la situación financiera estadounidense.
En el ámbito político, además de profundizar en los valores democráticos, Europa podría modificar su estrategia geopolítica y de defensa, empezando por salir de la OTAN, fortalecer su autonomía estratégica, exigir la retirada de las bases militares estadounidense, abanderar una paz con Rusia que dé seguridad al continente y avanzar en la colaboración multipolar con China y otros bloques económicos, renunciando al militarismo y el neocolonialismo.
Sin embargo, el problema es que no hay una voluntad política en las instituciones europeas que apueste por su independencia, afrontando los riesgos de confrontación con EEUU por no doblegarse a su dominio. Las élites europeas todavía no han adoptado una acción contundente y de firmeza, ni han modificado su posición realmente subordinada, ni se atreven a definir una senda para ello.
La tendencia dominante de los grupos de poder europeos es caminar por un proceso adaptativo al nuevo orden mundial que va imponiendo el imperio estadounidense, con la consiguiente recolocación de las distintas élites nacionales en la nueva jerarquización neocolonial, a veces con distintos forcejeos en su coordinación y el liderazgo conjunto.
Su trayectoria dubitativa y temerosa deriva de su interés por mantener sus privilegios de poder o su posición político-económica relevante, de la mano de una alianza renovada con EEUU, no demasiado subordinada y, sobre todo, que no se note tanto.
Pero la pretensión trumpista consiste en imponer unas condiciones de estatus económico, geopolítico y estratégico más desventajosas, en beneficio de la hegemonía planetaria estadounidense -con algunas prebendas a sus leales vasallos-. Y sus formas prepotentes están amplificadas mediáticamente para su legitimidad entre su base reaccionaria, estadounidense y de la ultraderecha europea.
Ese plan estratégico, común a las anteriores administraciones estadounidenses y, probablemente, continuadas por la siguiente, es claramente desventajoso y antidemocrático para ser consentido por la mayoría de la población. Por ello, el simple ajuste adaptativo pretendido por las élites europeas se encuentra con tensiones democráticas de fondo. Su sometimiento, con su pasividad o colaboracionismo, no es sostenible legítimamente ante la ciudadanía europea. Les fuerza a una involución autoritaria, con una reestructuración de la derecha tradicional con el condicionamiento cada vez mayor de las ultraderechas. Acentúa la crisis social y política.
La involución ultra ya la han conseguido en varios países europeos, como Italia; avanza peligrosamente en el núcleo europeo: Francia, Alemania y Reino Unido. Es lo que acarician en España, con un cambio de ciclo derechista. Todo ello daría un vuelco definitivo, más regresivo y autoritario, a las instituciones comunitarias, y un realineamiento más sumiso en la OTAN trumpista.
Los hechos que demuestran el carácter reaccionario, imperialista y postdemocrático del trumpismo son evidentes, y entran en confrontación con la conciencia cívica y democrática europea.
Los grupos dirigentes europeos tratan de sobrevivir, con cierta actitud de apaciguamiento, minorando los costes de la subordinación y, subsidiariamente, negociar los ajustes más bochornosos para la opinión pública para conservar cierta legitimidad en sus propias sociedades, la mayoría en una situación convulsa.
Ya se conocen los métodos amenazantes y chantajistas del trumpismo, para conseguir lo fundamental de sus objetivos y alardear de ello, con concesiones mínimas para coadyuvar a la imagen de pacto cosa que, ante tanto matonismo desaforado, es funcional para frenar la disminuida credibilidad de sus socios. Sigue el criterio posibilista de cambiar algo para que nada cambie… de la estrategia de fondo del refuerzo del dominio imperial autoritario, y siempre condicionado por la dimensión del empuje de la ciudadanía democrática.
Junto con la resistencia democrática, pacífica y solidaria de gran parte de la ciudadanía europea, así como la estadounidense, que amenaza su mayoría parlamentaria, hay otro factor fundamental que impide esta deriva neocolonial. Se trata del ascenso del Sur Global, con China y sus aliados BRICS, muy heterogéneos políticamente, pero que van conformando un polo autónomo de Occidente, particularmente por su potencialidad económica.
Para Europa, la cuestión es que la bifurcación estratégica se produce entre un camino autoritario y neocolonial, con la recolocación de las élites europeas en la nueva jerarquía imperial, o una apuesta democratizadora, autónoma y social. Pero no son capaces de lo segundo, de empezar por una resistencia contundente y firme al trumpismo. Por tanto, comienza su recomposición, incluido su sistema partidario e institucional, con una fuerte tensión, por una parte, con las ultraderechas y, por otra parte, por la legitimidad cívica.
Por otro lado, hay un vacío respecto de las capacidades de las izquierdas sociales y políticas y, sobre todo, por la reestructuración y unidad de su representación partidaria. Hay cierta incertidumbre respecto de un proceso de formación de nuevas élites representativas, especialmente de las articulaciones progresistas y de izquierdas renovadas, cuyo parto es difícil y doloroso. Es toda una encrucijada transitoria, como decía Gramsci, con dinámicas contrapuestas y peligrosas, donde pueden aparecer vacíos, monstruos y oportunidades transformadoras.
En definitiva, existe una inconsistencia de la indignación de las élites europeas ante el trumpismo, que esconde su incapacidad para articular el modelo social y democrático europeo en beneficio de las mayorías sociales. Tienen el deseo de acomodo a la nueva jerarquía imperial occidental, temerosos del Sur Global y lejos de la multipolaridad cooperativa, democratizadora y pacífica. La alternativa de las fuerzas progresistas es la resistencia, no como pasividad sino como firmeza activa y afirmación autónoma, democrática y transformadora de progreso.


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