Opinión
Retrato de Ayuso con perrete

Por David Torres
Escritor
Entre suicidarse o marcharse para siempre del país, González Amador prefiere de momento pasar el verano en Madrid, una excelente decisión que de algún modo reúne ambas opciones. Bueno, a ver, tampoco es que lo haya preferido él, sino que tiene que ir a declarar porque Miguel Ángel Rodríguez lo ha metido en otro barullo judicial en calidad de "vecino enfadado". Es que cuando Rodríguez se pone a tirar p’alante y a mandar gente a los juzgados lo mejor es quitarse de en medio por si vas incluido en el lote. "Ciudadano anónimo", "vecino enfadado", "novio de Ayuso" o "comisionista millonario" son algunos de los epítetos homéricos con que le han fastidiado la vida a este buen señor que, antes de intimar con la presidenta, no era nadie y al que ahora ni siquiera le permiten ser don nadie.
Mientras el entorno de Sánchez (desde su esposa a Cerdán y desde su hermano a Ábalos), va siendo vapuleado judicialmente a velocidad de vértigo, el entorno de Ayuso (González Amador, mayormente) disfruta de una larga pausa legal con la que ir preparando la defensa del proceso abierto por presunto fraude fiscal y falsedad documental. Sin mencionar sus sospechosos vínculos con la Quirón, incluido un supuesto soborno de medio millón de euros. Como la mejor defensa es un buen ataque, Rodríguez ya ha propuesto que, para empezar, deberían dinamitar la Agencia Tributaria, una sugerencia que podría haberle costado años de cárcel de no ser porque, primero, lo dijo sin rapear, y segundo, porque lo dijo Miguel Ángel Rodríguez, qué pasa.
Ante este inexplicable contraataque judicial -como si los magistrados implicados no supieran cómo acabó en su día el fiscal general del Estado-, Ayuso concedió una entrevista en el programa de Ana Rosa Quintana para denunciar la intolerable campaña de espionaje a la que están siendo sometidos ella y su pareja. Llamó a Sánchez "caradura", "sinvergüenza" y reiteró que le gusta mucho la fruta: un debate político del más alto nivel. Al menos, del más alto que puede mantener Ayuso, una mujer habituada a la zafiedad, al bulo sin envolver, al insulto a la madre y al navajazo trapero. Desde los despachos de la Comunidad aseguran que sus enemigos la retratan de forma grotesca para acabar con ella, pero la verdad es que Ayuso se retrata ella sola como si fuese Rembrandt pintando mamarrachos a dos manos. Probablemente, de ahí su éxito arrollador entre los millones de forofos del museo del Prado.
El último intento de fotomatón -una biografía perpetrada por David Fernández y recién publicada en Libros del KO- se basa en casi doscientas entrevistas entre amigos, enemigos y compañeros de partido. Un libro que tiene mucho mérito, porque la biografía de Ayuso ganaría mucho escrita con goma de borrar. Ella misma ha borrado, por ejemplo, su historia como community manager del perrete de Esperanza Aguirre, mientras que todos sus antiguos colegas aseguran que no sólo llevaba la cuenta de Pecas, sino que fue idea suya darle de alta en Twitter. Al final, igual que con Rodríguez, no hay manera de saber cuál era cuál.
Desde Twitter, Ayuso se dedicaba a gruñir y ladrar metafóricamente ("guau, guau" concluía cada mensaje), una novedosa forma de expresión que ha llevado a la Asamblea de Madrid, a los mítines políticos y a las entrevistas de televisión. Por desgracia, Pecas ya no puede aclarar ni esto ni ninguna otra cosa, aunque siempre se podría contactar con Milei y su agencia de comunicación perruna con el más allá. Milei, ya se sabe, es más de morder que de ladrar. En caso de duda, lo que diga Rodríguez, que para eso maneja el cotarro vía pinganillo. La canícula en Madrid da ganas de suicidarse o de largarse bien lejos, excepto en caso de vivir en un ático de dos plantas valorado en más de tres millones de euros, que entonces dan más ganas de quedarse y degustar fruta a dos carrillos. Guau, guau.

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