Opinión
Una revuelta estudiantil entre las ruinas del macronismo

Por Miguel Urbán
En Francia vuelven a arder las calles. Esta vez la chispa ha prendido en los institutos. Lo que comenzó hace apenas unas semanas en algunos centros de las periferias de París se ha extendido por buena parte del país y amenaza con desbordar los muros de las escuelas. Profesores, familias y sectores sindicales se han ido sumando a unas protestas que han colocado en el centro del debate político el deterioro de la educación pública y, más allá de ella, el malestar acumulado después de casi una década de neoliberalismo macronista.
La dimensión represiva da una medida del conflicto. A comienzos de esta semana se contabilizaban ya más de 6.000 detenciones, en su mayoría de menores, cientos de institutos afectados y numerosos heridos. La pérdida de una mano de un estudiante de 15 años, obligó incluso al Gobierno a suspender temporalmente el uso de determinadas granadas policiales. Mientras tanto, las protestas continúan y este jueves seguían cerrados total o parcialmente cientos de centros educativos. El sociólogo Christian Laval habla directamente de una "guerra contra la juventud", advirtiendo de que no se trata de excesos policiales aislados, sino de una decisión política que, más que sofocar la protesta, está consiguiendo precisamente lo contrario.
Porque esta revuelta no surgió contra una ley concreta ni contra una única reforma educativa, sino como fruto de décadas de políticas neoliberales. Quizá por eso una de las consignas que mejor sintetiza las protestas sea tan sencilla: dinero para los institutos, no para la guerra. Porque mientras faltan profesores y se deterioran los servicios públicos, el último presupuesto de la era Macron vuelve a blindar el gasto militar. El Gobierno de Sébastien Lecornu pretende reducir el déficit mediante recortes, congelaciones de gasto y ajustes en pensiones, sanidad y prestaciones, mientras el presupuesto militar permanece entre las grandes excepciones a la tijera presupuestaria.
Una auténtica austeridad armada que supone una modificación profunda de las prioridades del Estado: adelgazar derechos, prestaciones y servicios públicos mientras se fortalece el aparato militar y securitario. Preparar a Francia para las guerras del futuro mientras una parte de su juventud siente que esa preparación se está financiando precisamente a costa de su propio futuro. Pero no afecta de la misma manera a toda la juventud. Como escribe Laval, se está produciendo una "gran división escolar", una creciente separación entre los centros donde estudian las clases acomodadas y los institutos populares, especialmente los de las periferias urbanas, donde se concentra una parte importante de la población de origen migrante. No es casual que esta revuelta haya nacido precisamente en los institutos populares de las periferias antes de extenderse a otros centros. Porque la cuestión de la segregación educativa es también una cuestión de clase.
Junto a los recortes sociales, durante la década macronista se ha ido consolidando una forma cada vez más autoritaria de administrar el conflicto social. Lo vimos con los chalecos amarillos, con las movilizaciones contra la reforma de las pensiones, con las revueltas de las banlieues y lo estamos comprobando ahora en las protestas estudiantiles. En ese sentido, la austeridad armada necesita también un Estado cada vez más autoritario, capaz de acabar con las resistencias que sus políticas producen.
La violencia contra los estudiantes pretende conjurar el peligro de que la revuelta juvenil funcione como catalizador de un malestar que atraviesa sectores mucho más amplios de la sociedad francesa, favoreciendo una suerte de confluencia de luchas. De hecho, para este sábado se han anunciado movilizaciones de los chalecos amarillos. No sabemos si revivirá el movimiento que puso contra las cuerdas a Macron en 2018, pero que su fantasma vuelva a recorrer Francia en medio de la protesta estudiantil dice bastante de un clima político marcado por un "crepúsculo del macronismo", cada vez más desbordado por los acontecimientos.
No podemos olvidar que la emergencia del macronismo fue la respuesta del bloque de poder francés a la descomposición de los dos grandes partidos —socialistas y conservadores— que habían organizado durante décadas la alternancia política de la V República. Su figura bonapartista y la construcción de En Marche, una suerte de partido-empresa levantado a su imagen y semejanza, pretendían reagrupar al extremo centro y construir un nuevo dique a su derecha y a su izquierda. Un outsider procedente del mundo financiero que prometía romper con la vieja política precisamente para garantizar la profundización del orden neoliberal.
El resultado de sus diez años de gobierno no deja de ser una paradoja. Si bien Macron llegó para salvar a la V República de su crisis, puede terminar convirtiéndose en el presidente que haya acelerado su descomposición. El macronismo, con su política de dique al lepenismo, ha desplazado hacia la derecha el centro de gravedad de la política francesa, gobernando mediante un creciente autoritarismo y normalizando una gestión policial del conflicto social que hoy reprime a estudiantes menores de edad. Una situación que el propio Laval ha definido como una especie de "prefascismo irresponsable", en donde el macronismo ha acelerado las condiciones para la victoria de la ultraderecha.
De hecho, aunque Le Pen ha construido gran parte de su éxito electoral erigiéndose en representante del malestar popular, lleva tiempo trazando las alianzas necesarias para dirigir una recomposición del bloque dominante francés en la que una parte de las élites económicas y de la derecha tradicional deje de considerar al lepenismo un adversario y comience a verlo como el mejor socio posible para su programa de demolición del Estado social francés. En este sentido, la propia Le Pen prometió a los mercados seguir la senda de la austeridad armada del macronismo, con un ahorro de 140.000 millones de euros hasta 2032, una disciplina presupuestaria incluso más severa que la planteada actualmente por el Gobierno.
Macron pretendía cerrar su ciclo político saneando las cuentas públicas a costa de recortes sociales y convirtiendo a Francia en la potencia militar europea. Pero puede terminar su mandato dejando tras de sí una sociedad políticamente incendiada, unos servicios públicos exhaustos, una V República en crisis y una batalla presidencial con una posible segunda vuelta inédita entre Le Pen y Jean-Luc Mélenchon. Unas elecciones que parecían tener una ganadora indiscutible, pero en las que las calles han vuelto a introducir una variable que ningún escenario electoral puede controlar completamente.
Porque todavía no sabemos hasta dónde llegará la revuelta estudiantil. Tampoco si los chalecos amarillos conseguirán regresar con la fuerza del pasado ni si diferentes sectores sociales serán capaces de confluir en una marea de luchas contra la austeridad armada. Mucho menos si esa efervescencia podrá traducirse políticamente y alterar la relación de fuerzas de cara a las próximas elecciones presidenciales, en las que la extrema derecha parte con una ventaja considerable.
Pero sí sabemos que la batalla que hoy se libra en los institutos franceses no es solamente por más profesores, mejores aulas o contra los recortes. Puede convertirse en una de las primeras contiendas por decidir qué Francia nacerá de las ruinas del macronismo. Porque la pregunta ya no es solo quién sucederá a Macron en el Elíseo, sino qué V República quedará después de él. Y eso convierte las presidenciales de 2027 en algo más que una elección entre candidatos: en una auténtica elección de régimen.
Macron llegó al poder presentándose como el último dique frente a la extrema derecha y como el hombre capaz de renovar una V República agotada. Una década después, puede abandonar el Elíseo dejando a Le Pen más cerca que nunca de la presidencia y un régimen todavía más autoritario preparado para ser heredado. La incógnita es si las luchas que hoy vuelven a recorrer Francia serán capaces de interrumpir ese desenlace anunciado. Porque, frente a un horizonte que muchos presentan como inevitable, las movilizaciones vuelven a recordar que la historia francesa también se escribe fuera de las urnas y que la crisis del macronismo todavía puede tener más de una salida.

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