Opinión
A la rica cerveza de Ayuso

Por David Torres
Escritor
Desde que redujo el concepto de libertad al hecho de tomarse unas cañas en una terraza, Ayuso hizo del alcoholismo todo un emblema político. Para ella, la libertad consiste en ponerse pedo y poco más, lo cual explica bastante bien los bandazos del Gobierno de la Comunidad de Madrid en los últimos años. Esta reducción ya venía de lejos, al menos desde 2007, cuando Jose Mari Aznar cuestionaba las directrices de la Dirección General de Tráfico aconsejando no beber al volante. En el vídeo, Jose Mari daba la impresión de ir bastante cocido, aunque no tanto como cuando hablaba con acento tejano, plantaba los zapatos sobre la mesa al lado de Bush Jr. o se hacía fotos en las Azores presumiendo de triunvirato bélico.
Jose Mari conducía el país igual que el coche, soplando a tope, y todos recordamos cómo acabó la cosa. Por desgracia, no es el único entusiasta del botellón en un partido que concibe la libertad exclusivamente a base de borracheras. Sólo en el carril automovilístico, el volumen de infracciones del PP compite sin mayores problemas con el hígado de Bukowski. Pilar Araque, concejala de Integración Social y de la Mujer en Alcorcón, atropelló a una anciana de 78 años y tuvo que dimitir tras conocerse que había dado 0,70 mg/l. de alcohol en sangre. A Ramón Levy, diputado provincial del PP en Huelva, le retiraron el carné de conducir durante ocho meses tras ser detenido en un control de carretera y juzgado por triplicar la tasa de alcoholemia. Algo parecido sucedió con Luis Miguel Rodríguez, concejal en Puerto de la Cruz, quien antes de realizar la prueba fue detenido por desobediencia. Nacho Uriarte, presidente de Nuevas Generaciones, chocó contra otro vehículo en un semáforo y, al descubrirse lo mamado que iba, tuvo que dimitir como vocal de Seguridad Vial del Congreso.
Mención de honor merece Miguel Ángel Rodríguez, quien en 2013 se empeñó en aparcar por las bravas contra tres vehículos estacionados en la acera y por completo indefensos. Llevaba encima cuatro veces la tasa permitida de alcohol en sangre, aunque no ha contabilizado más percances automovilísticos por su afición a empinar el codo. Desde entonces Rodríguez ha cambiado las cuatro ruedas por las cuatro patas y se limita a conducir a Ayuso como un coche de choque, una peligrosa atracción de feria dirigida contra la realidad, contra los avances sociales y contra el sentido común, que, como todo el mundo sabe, es el menos común de los sentidos.
La simbiosis entre Ayuso y Rodríguez resulta químicamente perfecta, una especie de transustanciación donde es muy difícil saber dónde acaba el uno y dónde empieza la otra. Decía Cesare Zavattini, el gran escritor italiano, responsable de algunas de las mejores películas de Vittorio De Sica, que no hay forma humana de separar el trabajo de guionista del trabajo de director. "En un café con leche -respondía Zavattini a la pregunta de un periodista-, ¿podría usted decir dónde empieza el café y dónde termina la leche?". Con Ayuso y Rodríguez es igual, sólo que el café es más bien un carajillo cargado de coñac hasta los topes. Un carajillo sin café, no sé si me explico.
El pasado viernes, Ayuso publicó una foto de un botellín de Mahou personalizado con su nombre y lo enlazó -merced a esa gracia inimitable marca de la casa- al último escándalo judicial relacionado con el caso Zapatero. "Joyas para declarar", escribía Ayuso completamente sobria en referencia a la nueva tasación del valor de las joyas encontradas en la caja fuerte del expresidente. La empresa cervecera debe de estar encantada, o quizá no tanto, con esta publicidad intempestiva, "Mahou es Madrid desde 1890", aunque realmente se elabora en Guadalajara, provincia de Madrid, como Lugo y Tarragona. Habría sido más exacto decir "Ayuso es Madrid desde 7.291 cadáveres", pero eso no va a decirlo ni borracha.
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