Opinión
¡Qué risa la precariedad!

Por Pablo Crespo
Periodista musical
Hay un momento del mes en el que dejas de mirar la cuenta del banco. No porque no te importe, sino porque ya sabes lo que hay. Cobras 1.400 euros en Madrid y suena, sobre el papel, a algo razonable. No es un mal sueldo, te dicen. Es lo que hay, te repiten. Y tú quieres creértelo, porque la alternativa es aceptar que algo no cuadra. Pero luego viene la realidad. El alquiler se lleva más de la mitad, si tienes suerte. Así que compartes piso. No por elección, sino por necesidad. Y no durante un tiempo, sino sin fecha de salida.
Y lo peor no es compartir. Es cómo vives. Pisos con humedades que trepan por las paredes. Grifos que nunca terminan de dar agua caliente. Cocinas ancladas en otra década. Ventanas que no aíslan nada: ni el frío, ni el calor, ni el ruido. Puertas tan finas que no te hacen sentir seguro. Y pagas por eso. Pagas mucho.
Y, aun así, durante años, conviertes todo esto en un espectáculo. Cada día llegas al trabajo con una nueva historia. Una nueva "desgracia". Que si otra noche sin agua caliente, que si una mancha más en la pared, que si el frío dentro de casa como si fuera la calle. Lo cuentas con humor. Exagerando un poco. Buscando la risa. Y la risa llega. Los jefes se ríen. Las compañeras, entre preocupadas y divertidas, empiezan las mañanas preguntando: "¿Y hoy qué te ha pasado?"
Se había convertido en una rutina. En una especie de ritual. Tú traes la historia y ellos la reacción. Y durante un rato, todo parece más ligero. Pero no lo es. Porque mientras ellos se ríen, estás describiendo tu vida. Y sin darte cuenta, te has convertido en eso: en el que trae desgracias para amenizar la mañana. En el bufón.
No porque quieras. Sino porque era la única forma que habías encontrado de hacer soportable lo que no debería serlo. Hasta que un día deja de tener gracia. Te enteras de que compañeros que habían entrado después que tú, con menos formación, cobran más. Y ahí todo encaja de golpe. El sueldo que no alcanza. La casa que no es un hogar. El cansancio constante. La sensación de no avanzar.
No son casualidades. No es mala suerte. Es una cadena de injusticias que tú has aprendido a disfrazar de anécdotas. Y en ese momento entiendes algo que incomoda: no solo estás viviendo en precariedad, estás colaborando en normalizarla. Estás convirtiéndola en entretenimiento. En algo que se puede contar, reír y dejar pasar. Incluso cuando quienes se ríen son también quienes sostienen parte de esa situación.
Ahí dejas de reírte. Ahí dejas de contarlo como un chiste. Y ahí tomas una decisión: marcharte. No porque sea fácil, ni porque tengas todo resuelto. Sino porque quedarte significa seguir ocupando ese papel. Seguir aceptando un sueldo injusto, una vivienda indigna y, además, el aplauso cómplice de quien lo ve como algo anecdótico.
Trabajas, cumples, estás cansado. Pero vuelves a casa y esa casa tampoco es refugio. La precariedad no se queda en la cuenta bancaria. Está en las paredes, en la ducha, en las ventanas, en la puerta. Y también en la forma en la que te explicas a ti mismo lo que te pasa. En ese humor que te protege… pero también te silencia.
Y quizá lo más peligroso de todo no es vivir así. Es acostumbrarte. Es hacer de ello una rutina. Es convertirlo en algo gracioso. Porque cuando la precariedad se convierte en un chiste, deja de incomodar. Y cuando deja de incomodar, deja de cuestionarse. Y entonces gana.
Esto no va de una mala racha. No va de saber gestionarse mejor. No va de esfuerzo individual. Va de sueldos que no permiten vivir. De viviendas que no deberían alquilarse. Y de entornos que, en lugar de señalarlo, lo convierten en anécdota.
No, no tiene gracia. Y cuanto antes dejemos de reírnos, antes empezaremos a llamarlo por su nombre.
Esto no es mala suerte. Es precariedad.
Y es inaceptable.

Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.