Opinión
La Roja me sonroja

Por Anibal Malvar
Periodista
Mi infancia no son recuerdos de un patio de Sevilla, como la de Machado. Mi infancia son recuerdos de patadas a un balón. Había otros juguetes, aunque no tantos como ahora, pero el balón era una bellísima luna alrededor de la que gravitaban muchas más cosas del niño: la amistad y la camaradería, el sentido de pertenencia a un grupo, el aprendizaje del éxito y el fracaso, la evasión de un paisaje escolar de sucias sotanas sádicas. Yo qué sé. Solo era un niño.
Todas estas cursiladas tópicas y nostálgicas hacen más doloroso el hecho de que hoy el fútbol me dé asco. Ya casi no vi el pasado Mundial de Catar, cuando un mundial es para un futbolero lo que para un meapilas simboliza la visita del papa.
En Catar no veía fútbol. Sabía que bajo los faraónicos estadios erigidos a contrarreloj se pudrían cientos, miles de esclavos explotados hasta la muerte. The Guardian estimó, tras profusa investigación en sus países de origen, que los cadáveres de unos 6.500 trabajadores migrantes de las obras fueron repatriados. En sus actas de defunción consta que casi todos palmaron por accidentales fallos cardiacos. Quizá es que todos fumaran mucho ya en su juventud. Pero con jornadas laborales de entre 12 y 16 horas diarias a 50 grados a la sombra, lo mismo se pueden inferir otras autopsias.
Con estos datos, ya digo que incluso a los más futboleros nos costaba ver allí fútbol. En el campeonato participaron 832 jugadores de 32 selecciones. Como los datos de The Guardian son inconclusos (varios países como Kenia y Filipinas se negaron a facilitar el número de cadáveres repatriados), podemos aventurar que por cada jugador que pateaba balones sobre el césped había 10 muertos practicando la eternidad bajo los campos. Millonarios jugando y disfrutando encima de cadáveres obreros. La historia repetida de la mal llamada humanidad.
En este mundial, que se juega ahora en sedes repartidas entre EEUU, México y Canadá, no hay mucha constancia de muertes masivas en la construcción de estadios y tal. Pero sí se sabe que el siniestro equipo anti inmigración estadounidense, el ICE, acosó a trabajadores migrantes con deportación y violencia si continuaban con sus reivindicaciones laborales y huelgas en canchas, hostelería y otras actividades satélites al gran evento.
En México, la progresista Claudia Sheinbaum impidió que inspecciones independientes, solicitadas por la Federación Sindical Internacional de la Construcción, velaran por los derechos de los obreros que remodelaron el Estadio Azteca. Y todo en este plan.
Donald Trump se ha permitido, incluso, interferir en el desarrollo estrictamente deportivo del evento. El organizador de este mundial, Gianni Infantino, presidente de la FIFA, le entregó el pasado diciembre el Premio de la Paz de la Federación Internacional futbolera por sus denuedos “excepcionales y extraordinarios en pro de la concordia”, particularmente “en Palestina y Ucrania”. Macabra broma. La FIFA perdió la oportunidad hace cuatro años de distinguir al emir catarí Tamim bin Hamad Al Thani por su defensa de los derechos de la mujer, y de los gays, trans y lesbianas. Grave descuido.
Amparado en tan notable distinción, Trump está alterando también la limpieza estrictamente deportiva del torneo (si tal limpieza existiere). A pesar de contar con pasaporte diplomático, el árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan fue detenido, encarcelado y deportado nada más entrar en EEUU, acusado sin pruebas de pertenencia a organización terrorista. El equipo iraní tiene prohibido pernoctar en EEUU, con lo cual antes y después de cada partido debe viajar a un hotel mexicano. Deportistas, periodistas y dirigentes iraquíes, palestinos, senegaleses, uzbekistianos y de otros lugares sospechosos para la mente enferma de nazismo de Donald Trump han sufrido detenciones y vejaciones. El Mundial no es un acontecimiento deportivo. Es una declaración global de vasallaje a un emperador loco, inhumano, posiblemente pederasta (Epstein) y corrupto.
Jugadores y entrenadores de todas las selecciones guardan silencio cómplice y palanganero. Más que deportistas, son empleados muy bien remunerados de grandes corporaciones afectas al neofascismo. ¿Qué pasaría si mañana las autoridades norteamericanas obligaran a Lamine Yamal y Nico Williams a cambiarse y ducharse en vestuarios segregados para negros? Porque estamos a un paso de que suceda con total naturalidad.
No veo mucha diferencia entre este mundial y el celebrado hace cuatro años en Catar, o el de Argentina de 1978 bajo la dictadura asesina de Videla, el de Italia de 1934 para masajear al fascista Mussolini o los Juegos Olímpicos del 36 que blanquearon la imagen de Adolf Hitler.
Particularmente, aunque soy ferviente antipatriota, el silencio de La Roja me sonroja. No sé de qué tienen miedo futbolistas de nuestra selección, como los citados Yamal y Williams, o mi paisano vigués Borja Iglesias, tres activos vindicadores de libertades raciales y sexuales, para no denunciar estas evidentes discriminaciones y crímenes que está perpetrando, sobre todo, EEUU. Quién volviera a ser niño para no enterarse y disfrutar otra vez del fútbol. Quién pudiera olvidar que este deporte ya no consiste solo en dar patadas a un balón, sino a las conciencias y libertades.
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