Opinión
Sainete en Waterloo

Por David Torres
Escritor
Sería redundante citar una vez más aquel aforismo de Marx de que la historia ocurre dos veces: la primera como tragedia y la segunda como farsa. Columnistas, analistas políticos y plumíferos en general tenemos el chiste tan gastado que al principio no hace gracia y al final da más bien lástima. Sin embargo, resulta imposible escapar al embrujo de citarlo una vez más en relación a Waterloo, donde Napoleón perdió la batalla definitiva y donde, dos siglos y pico después, Feijóo puede perder los papeles sólo que en sordina, a la chita callando. En medio, además, para rematar la degradación, está la canción homónima de Abba, que habla de una mujer que se rinde sin condiciones ante un hombre del que se ha enamorado.
Feijóo y Puigdemont no es que sean amantes ni tampoco tienen pinta de ir a serlo, pero cualquier día de éstos pueden acabar en un revolcón apoteósico. Es lo bueno de ser de derechas: que uno no le hace ascos a nada. Ahí está Feijóo, sin ir más lejos, que aseguró en numerosas ocasiones que no tenía intención de pactar con Abascal y a estas alturas ya no hay quien los distinga. Pese a la tirria mutua, se han abrazado tantas veces y tan fuerte que acabaron por darse la espalda. Siendo un hombre que empezó su carrera política veraneando con narcotraficantes, tampoco hay nada raro en que la termine hibernando con neonazis.
Abascal y Feijóo se abrazan, sí, pero sin ningún amor, sin simpatía ni cariño, más bien con repugnancia, igual que esos matrimonios que llevan medio siglo juntos, aborreciéndose minuciosamente en la misma cama. Una cama enorme, por cierto, una serie de lechos electorales que ocupa casi toda la península y de los que Abascal se marcha muy digno, pegando un portazo, y a los que vuelve después por la gatera para que no se rompa España. Cumplen los preceptos nupciales por imperativo categórico, por orden del médico y, más que nada, por costumbre. Se juntan, se pelean y vuelven a juntarse, como las estrellas del rock, las letras de Pimpinela y los chavales del colegio.
Sucede, claro está, que la derecha española es tan amplia y variada que ocupa todo el centro y parte de la izquierda. Así, no menos extraños e intempestivos que los abrazos repelentes de Feijóo y Abascal, son los achuchones bucólicos entre Sánchez el guapo y sus múltiples socios de gobierno. Esta variedad de poliamor político se ha traducido en una bonanza económica que produce unos titulares fastuosos, aunque es una pena que dichos titulares casi no alcancen para comer, no te digo para comprar un piso. Podrá ser pequeña y estrechita, podrá estar a hostias consigo misma todo el día, pero la izquierda española tampoco le hace ascos a nada. Lo mismo se traga una masacre en Melilla que la orfandad del pueblo saharaui que seis o siete años de Ley Mordaza.
En fin, que Junts ha invitado a Feijóo a reunirse con Puigdemont en Waterloo para hablar de la moción de censura y todavía no sabemos si la invitación va de coña o va en serio. Cosas más raras se han visto, por ejemplo, a Jose Mari Aznar acercando presos etarras a tal velocidad y en tales cantidades que cualquier día iba a acercar dos a su casa. Tampoco sabemos si Feijóo hará de Napoleón y Puigdemont de Wellington, o si ambos se disfrazarán de Abba para ganar el Festival de Eurovisión. En To Be or Not to Be decían que Napoleón había dado nombre a un coñac, Bismarck a unos arenques y Hitler a un queso. Por ahora, Puigdemont suena a crecepelo y Feijóo a protector solar, como siempre. Pero por derrocar a Sánchez, Feijóo sería capaz incluso de pactar con Sánchez.

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