Opinión
Sangre, sudor y lágrimas

Investigador científico, Incipit-CSIC
En su primer discurso como primer ministro de Gran Bretaña, Winston Churchill pronunció su frase más famosa: “No tengo nada que ofrecer más que sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. Era el 13 de mayo de 1940. Plena Segunda Guerra Mundial. Los alemanes estaban a un mes de ocupar París y a tres de comenzar su campaña de bombardeos sistemáticos sobre el Reino Unido. Nunca en la historia se había enfrentado el país a un riesgo existencial mayor.
Las palabras de Churchill fueron premonitorias, porque lo que vino fue sangre a raudales, esfuerzos durísimos y un mar de lágrimas. Pero los sacrificios que se vio obligado a asumir el pueblo británico (y los sujetos colonizados del Imperio, no lo olvidemos) sirvieron para salvar la nación y la democracia y derrotar al fascismo.
La arenga de Churchill, pese a su tono apocalíptico (o quizá por ello), resultó clave también para unir al pueblo británico. Le insufló ánimos ante el avance arrollador de las fuerzas fascistas en el mundo.
Extrañamente, la derecha española se presenta hoy a las elecciones con un discurso apocalíptico similar, pero sin apocalipsis. Quizá no ofrezca sangre, pero sí trabajo duro (jornadas más largas, peor remuneradas, menos vacaciones, menos derechos laborales), sudor (de las clases medias y trabajadoras) y lágrimas (por todos los servicios públicos, beneficios sociales y derechos civiles que desaparecerán).
Parece absurdo ofrecer sufrimiento como baza electoral en las circunstancias presentes, pero es que el discurso de sacrificio de nuestra derecha no entronca con el de Churchill, sino con el de ideologías extremistas del pasado y del presente. La idea del sacrificio y el martirio son pilares ideológicos de la ultraderecha desde hace un siglo. Frente a la sangre y las lágrimas que ofrecía el primer ministro británico para luchar contra amenazas reales (la guerra y la dictadura totalitaria), los ultras ofrecen un martirio de motivación exclusivamente ideológica: la regeneración de una nación supuestamente hundida en la decadencia.
En los años 20 del siglo pasado se percibía que la causa del declive era principalmente la democracia liberal. En los años 20 del siglo XXI lo provocan supuestamente el comunismo, el socialcomunismo, el wokismo o el sanchismo, que son en realidad distintos nombres para referirse a la socialdemocracia de toda la vida. El enemigo de la extrema derecha sigue siendo el mismo que hace un siglo, pero ahora no queda bien confesar abiertamente que lo que hay que desmantelar es el sistema democrático liberal.
En el caso de España, resulta difícil entender cómo puede tener éxito un discurso que promete dolor sin otra crisis que no sea la estructural que afecta al capitalismo en todo el mundo. Cuesta comprender cómo la extensión de la jornada laboral, la reducción de las bajas por enfermedad, la prolongación de la edad de jubilación o el recorte en gastos sociales puede ayudar a solventar la verdadera crisis que sufre España, que es la de la vivienda (así lo ve el 55,7% de la población encuestada por el CIS). Pero es que la crisis contra la que lucha hoy la derecha es ideológica. Y sus representantes políticos lo dejan claro en cada mitin.
En las elecciones de mayo de 1945, justo después de la derrota del fascismo en Europa, los conservadores británicos esperaban un triunfo arrollador gracias al aura de Churchill. El batacazo fue tremendo. Mientras el Partido Laborista se hizo con 393 escaños, la derecha solo logró 197. Los progresistas habían prometido seguridad social y empleo; el partido de Churchill, más gasto militar, menos impuestos y la defensa de los empresarios.
Los británicos en 1945 sabían lo que era una crisis de verdad. Sabían perfectamente -por experiencia propia- cuándo merecía la pena verter sangre, trabajar duro y llorar. Y cuándo no. Esperemos que en noviembre de 2026 los españoles lo sepan también.
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