Opinión
El secreto del anciano vicario
Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
Siempre que entro en la sede de un partido político de izquierdas me siento en una iglesia. Tienen su propio imaginario y sus propios símbolos, sus libros sagrados y sus profecías, su cielo y su infierno, sus sistemas morales y sus dogmas; son templos extraños que exigen fe desde sus cimientos de barro hacia adentro, en lugar de cascadas rebosantes de esperanza con las que inundar al pueblo, y en sus paredes cuelgan imágenes de santos y mártires, de profetas y mesías como Lenin o el Che o Fidel Castro o Rosa Luxemburgo o Rafaella Carrà o Pablo Iglesias (Posse) o Garibaldi o Trotsky. Son lugares de culto y de emancipación, verdaderos ambulatorios con insulina política donde hacer refugio hasta que al fin se abran esas grandes alamedas que auguran sus hermeneutas y modernos escolásticos.
Sin embargo, faltan representantes de aquellos mesías muertos; faltan vicarios que mantengan viva la llama y hablen en presente, no desde el futuro ya fallecido de unos libros que huelen a catacumba; faltan ídolos modernos, que vivan y coleen y mantengan encendida una fe que aspira a convertirse en algo material y palpable, como las costras de la cruz que Jesús se dejó toquetear por Santo Tomás. Se necesitan héroes vivos que hablen desde el tino y el lenguaje del presente, y una parte de la izquierda, quizá la más socialdemócrata, está tan desesperada por encontrarlos que enciende la trituradora de carne cada cuatro años con la esperanza de conseguir un nuevo profeta que lanzar a los medios para embelesar a la misma masa que debe transmutar la promesa en realidad; pero se le nota a esta izquierda que necesita algo más sólido, duro como una roca, como Pedro, San Pedro, que se volvió por orden de Jesús piedra, la Piedra de la Iglesia, y convirtió su trono en un recipiente para futuros vicarios que evitarían que el espíritu del presente se convirtiera en horrible pasado.
Solo con este argumento me explico la fascinación de la izquierda laica y moderna con el papa y su visita a España: porque está necesitada de ídolos duros, como piedras, que resistan a las inclemencias de la actualidad y no lleven medio siglo muertos. Mientras la derecha se ha encargado de invertir dinero y poder en construir sus tótems en los últimos años, ahí están depravados como Elon Musk o Donald Trump prácticamente indemnes pese a aparecer sus nombres en las libretas del mayor depredador sexual del capitalismo reciente, la izquierda se ha quedado huérfana de grandes mesías contemporáneos. Por eso ha encontrado en Su Santidad actual, igual que encontró con Francisco I, una rima asonante con el progresismo que justifique la contradicción de considerarse anticlerical mientras se le cae la baba cuando acude a sus misas multitudinarias en España; ahí está Yolanda Díaz, ya la habréis visto este fin de semana, escuchando a León XIV en la madrileña Cibeles.
No me parece mal que esto se haga, aunque sí me resulte llamativo que los analistas de esta izquierda no se hayan dado cuenta de que el representante de Cristo es perfectamente consciente de que despierta tales sentimientos en la socialdemocracia; ve sus daddy issues e incluso es probable que los use para aumentar el poder blando del Vaticano, para apuntalar sus doctrinas también con cierta ayuda zurda: en secreto, el anciano vicario conoce mejor que nadie la orfandad de la izquierda y sus ansias de un Santo Padre.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.