Opinión
Semana de santa igualdad

Por Ana Redondo García
Ministra de Igualdad
Mayo de 1559, en Valladolid, la Inquisición celebró un auto de fe contra un grupo acusado de profesar ideas protestantes y en el que los procesados fueron ejecutados en la hoguera y sus bienes confiscados. Décadas después, en noviembre de 1610, el auto de fe celebrado en Logroño culminó con la ejecución de seis personas, cuatro mujeres y dos hombres, procedentes de Zugarramurdi y Urdax, acusadas de brujería.
Episodios como estos, entonces normalizados, hoy nos resultan atroces. Forman parte de un pasado que reconocemos como incompatible con los principios más básicos de justicia, dignidad y respeto a los derechos y libertades de las personas
En 2026 la Cofradía de la Purísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo de Sagunto por tercera vez ha votado discriminar a las mujeres por el solo hecho de serlo en las actividades procesionales y en la vida de la hermandad. Un anacronismo y reducto de machismo irreconciliables con la sociedad democrática saguntina y española.
La inmensa mayoría de las cofradías en nuestro país han entendido a lo largo de estos 50 años de España en libertad, que la incorporación de las mujeres no era una amenaza para la tradición, ni para la vida de la hermandad, sino una condición necesaria para que ésta pudiera seguir teniendo sentido en una sociedad en la que, desde 1978, los principios democráticos y el respeto a los derechos humanos son valores esenciales de la convivencia pacífica. Este proceso no se produjo por inercia. Fue el resultado de decisiones eclesiásticas, institucionales y sociales que, impulsadas generalmente por mujeres, hicieron posible que la Semana Santa fuera incorporando progresivamente la igualdad efectiva entre mujeres y hombres como parte de su propia tradición, corrigiéndose de esta manera una desigualdad que ya no tenía justificación. Fue, en definitiva, una adaptación necesaria para que la tradición no quedara al margen de los valores de igualdad y libertad que rigen en una sociedad democrática.
En este punto, conviene distinguir entre tradición y costumbre. La tradición es un elemento dinámico del patrimonio cultural que evoluciona y se adapta a los valores sociales y al marco normativo de cada momento histórico, mientras la costumbre, por el contrario, puede implicar la mera repetición de prácticas heredadas sin un examen crítico de su compatibilidad con dichos valores compartidos. Desde esta perspectiva, aquellas prácticas discriminatorias por razón de sexo no pueden considerarse parte esencial de la tradición, sino manifestaciones que deben ser revisadas a la luz del principio de igualdad. La incorporación de las mujeres a las cofradías no supone una ruptura, sino una actualización necesaria y coherente con el orden democrático. En 1986, cinco hermanas de los Javieres de Sevilla salieron el Martes Santo a modo de prueba, con conocimiento del entonces arzobispo, Carlos Amigo Vallejo. Un año después, a la vista del resultado, las mujeres desfilaron por primera vez de manera oficial como nazarenas en la Cofradía de la Vera Cruz de Sevilla.
El decreto del arzobispado de Sevilla, firmado por Carlos Amigo, resultó decisivo y supuso un avance sin precedentes que obligó a las cofradías a permitir la participación de las mujeres en las procesiones. También en Valladolid, ciudad con una de las Semanas Santas más arraigas y reconocidas de España, las mujeres marchan en igualdad de condiciones desde hace años e incluso la cofradía de la Santa Vera Cruz, cuyos orígenes se remontan a finales del siglo XV, está presidida hoy, por una mujer.
Del mismo modo, la Hermandad de la Santa Fe de Alzira (Valencia) en 2013 incorporó a mujeres costaleras para portar La Verónica. Y en 2023, en Sanlúcar de Barrameda (Cádiz), las mujeres costaleras dejaron de ser novedad para convertirse en una imagen habitual.
Por eso sorprende que en Cartagena en 2025 la Agrupación de Granaderos vetase el desfile de una madre y su hija en uno de sus tercios. La respuesta institucional no pudo ser otra. Tanto el Defensor del Pueblo como el Ministerio de Igualdad advirtieron a la entidad y al Ayuntamiento de que impedir la participación de las mujeres no responde a una tradición, sino que constituye una forma de discriminación prohibida por la ley.
La Sentencia 132/2024 del Tribunal Constitucional amparó el derecho de una mujer frente a la exclusión de una cofradía por motivos de igualdad y no discriminación. Además, subrayó un elemento clave: cuando una cofradía ocupa una posición relevante en el ámbito social o cultural, su capacidad de autoorganización encuentra límites en los derechos fundamentales. Y es que la tradición no está por encima de los derechos en una sociedad democrática. Cuando una práctica excluye o discrimina, deja de ser una cuestión cultural para convertirse en una cuestión de derechos fundamentales donde el Estado debe actuar.
Por eso, el caso de la Cofradía de la Purísima Sangre de Sagunto, que trata de mantener la exclusión de las mujeres en sus procesiones, resulta un anacronismo incompatible con el marco constitucional y legal. Esta decisión discriminatoria vulnera principios básicos de nuestro ordenamiento (artículos 14 y 9.2 de la Constitución, Ley Orgánica 3/2007; Ley 15/2022; todas estas disposiciones prohíben expresamente la discriminación por razón de sexo).
Dicho esto, cuando la igualdad depende del lugar en el que viven las mujeres, deja de ser igualdad. Y lo que emerge entonces es una realidad difícil de sostener: mujeres cofrades de primera y de segunda. Mujeres que pueden participar plenamente y otras a las que se les permite estar, pero para reproducir estereotipos (limpiando los pasos, colocando las flores, planchando los trajes, acompañando…); que comparten símbolos, pero no derechos; que pueden estar presentes en la vida de hermandad, pero no ocupar el mismo espacio público.
En este sentido, resulta paradójico que frente a la situación que sufren las mujeres de Sagunto desde otras cofradías se las haya invitado a participar en sus procesiones, en un gesto que conecta con el sentido más auténtico de esta tradición fraternal que es la Semana Santa.
En ningún caso se trata de confrontar tradición y modernidad, sino de recordar que toda tradición que aspire a perdurar debe adaptarse a los valores colectivos de la sociedad que representa. Y la igualdad es hoy un valor plenamente consagrado en nuestro ordenamiento y en nuestra vida cotidiana.
Como señala el papa Francisco en su encíclica Fratelli Tutti, sigamos trabajando por reconocer la misma dignidad e idénticos derechos a todas las personas con independencia de su sexo.
No dejemos que se reproduzcan en el seno de la Iglesia ni en la vida de las cofradías espacios de desigualdad y discriminación tan alejados del mensaje de Cristo.

Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.