Opinión
'Los Simpson' han muerto. El declive de la hegemonía cultural norteamericana

Por Miguel Urbán
Durante los últimos meses se ha especulado con el final de la icónica serie de animación Los Simpson, una de las producciones televisivas más influyentes de todos los tiempos, referente del humor, la sátira social y la cultura pop norteamericana. La serie animada, creada en 1989, revolucionó la televisión con su mezcla de humor ácido, parodias de la sociedad y referencias culturales que marcaron generaciones, convirtiéndose en uno de los productos más populares de la industria cultural estadounidense.
Hace algo más de un siglo, el presidente de los Estados Unidos, Teddy Roosevelt, afirmó: “La americanización del mundo es nuestro destino”. Y la verdad es que el siglo XX ha sido el de la americanización del mundo. Desde la utilización de los pantalones vaqueros, la hegemonía de la lengua inglesa en escenarios internacionales, el dominio de Hollywood y la cultura pop, hasta la difusión de fenómenos culturales como el rap y el rock. Un auténtico soft power que ha sido fundamental para consolidar la hegemonía norteamericana en el mundo. Porque el imperio norteamericano comprendió desde muy temprano que no hay dominación sin cultura, entendiendo la cultura no solo como un mero hacer arte, sino como una cosmovisión: una visión del mundo sobre la que, durante décadas, el imperio norteamericano ha construido una hegemonía total.
La cultura norteamericana no solo se convirtió en el canon con el que se medía cualquier artefacto creativo, sino que construyó nuestra visión del mundo. Somos capaces de reconocer una calle de Nueva York o Los Ángeles sin haber estado nunca en la ciudad; puedes encontrar un calco de las hamburgueserías norteamericanas en cualquiera de nuestras ciudades; y nuestro modelo de vida refleja muchos de los estereotipos presentes en las series estadounidenses. El conocido como American Way of Life, que disemina su relato hegemónico a través de la vida cotidiana, conjugando los sueños individualistas con una particular visión de comunidad, en donde alguien es mejor cuanto más consume. Incluso una serie satírica con aires contraculturales como Los Simpson es una buena muestra de la cultura televisiva basada en la distribución del “modelo de vida americano”.
Un American Way of Life que construye una narración de la clase obrera en clave de humor. Siempre son historias de humor, siempre nos reímos de la clase obrera. Otra vez, Los Simpson aparecen como un icono de este modelo narrativo, en donde, desde la sátira del modelo de vida americano, se construye una imagen cómica de la clase obrera, elemento fundamental del relato norteamericano que distribuye la industria cultural. Porque no podríamos entender la consagración de la cultura norteamericana como icono de la modernidad o como modelo de imitación imprescindible sin la gran maquinaria de la industria cultural: Hollywood, los sellos musicales, las series televisivas y, ahora, las plataformas de entretenimiento en línea como Netflix o HBO, que han determinado no solo la moda, la música o el cine que consumimos, sino también los hábitos y comportamientos sociales.
Conforme avanza el siglo XXI, la decadencia de los Estados Unidos como centro hegemónico del sistema mundial es cada vez menos una hipótesis y aparece más como una realidad. Y en este lento derrumbe de la unipolaridad imperial, el declive de la cultura norteamericana emerge como otro rasgo más del cambio de época que se está produciendo. No solo escuchamos menos música, leemos menos libros y cómics, contemplamos menos arte o vemos menos cine, teatro y danza hechos en EEUU, sino que su influencia y su trascendencia son mucho menores. Además, está despertando un movimiento de rechazo hacia los valores estadounidenses predominantes, otra muestra más de la crisis de su modelo de hegemonía cultural. Esto no significa que no sigamos consumiendo cultura de EEUU en cantidades industriales, pero hemos dejado de ver el mundo únicamente a través de sus ojos.
El actual gobierno de Donald Trump se presenta como el gran recuperador del perdido poder estadounidense —“volver a hacer grande América otra vez”—, pero realmente aparece más como un acelerador de su decadencia. En donde el America First supone en la práctica una desconexión de los Estados Unidos de las instituciones por él mismo construidas durante la posguerra, en un claro final de época. En este contexto, el supuesto final de Los Simpson aparece como una muestra más del preludio de la decadencia de la hegemonía cultural norteamericana.
Pero nunca debe subestimarse la capacidad de regeneración del imperio norteamericano y cómo ha sabido jugar con sus propios declives para construir nuevas formas de dominación. Una buena alegoría de esta capacidad de regeneración y reinvención de la cultura norteamericana es el supuesto final de Los Simpson: cuando parecía haber emitido su último capítulo, consiguió captar una atención y audiencia pérdidas, convirtiendo el once cumpleaños de Bart Simpson en un acontecimiento mundial. Luego volvieron a anunciar cuatro temporadas más. La duda es: ¿cuántas temporadas más le quedan a la hegemonía cultural norteamericana?
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