Opinión
Para qué sirven los villanos con una soga y una copa de champán

Por Miquel Ramos
Periodista
El ministro de Seguridad Nacional israelí, Itamar Ben-Gvir, se paseaba el pasado lunes por los pasillos de la Knéset con una exultante alegría, blandiendo una copa de champán y abrazándose a sus compañeros de partido. Grita emocionado. Lleva un pin en la solapa que representa una soga, una desvergonzada exhibición de su propuesta que por fin el pasado lunes se materializó. El parlamento israelí aprobó la llamada Ley de Pena de Muerte para Terroristas que él mismo había impulsado. Se trata de una nueva medida legal que permite a los tribunales militares israelíes ejecutar a los palestinos. Sí, solo a los palestinos, a aquellos que, dice el texto, maten a un ciudadano israelí “con el objetivo de negar la existencia del Estado de Israel”. Es decir, un colono que matase a decenas de palestinos estaría exento, porque no cuestiona la existencia de Israel. Porque de eso va el régimen de apartheid, de someter a una parte de la población -los nativos- a una legislación especial, a un estatus diferente, a una persecución constante.
La ley permite, además, las ejecuciones secretas por ahorcamiento, con lo que se ensancha la capacidad del Estado para eliminar a quien considere sin dar demasiadas explicaciones, bajo la acusación de terrorismo. Esto suena horrible, pero es algo que Israel venía ya llevando a cabo desde su creación como Estado, con el aval y la complicidad de sus aliados en Occidente. La violencia de los soldados y de los colonos contra los palestinos rara vez tiene consecuencias, pues es parte del proceso de limpieza étnica en marcha. Y estos meses, con el genocidio en Gaza de fondo, hemos visto la escalada violenta de las bandas de colonos en Cisjordania actuar con total impunidad. No necesitaban ninguna ley extraordinaria que los amparase. Nunca la han necesitado. Todo el aparato judicial y político está al servicio del proyecto de expansión y limpieza étnica.
La aprobación de la pena de muerte en Israel ha causado cierto revuelo, y ha provocado que los ministros de Asuntos Exteriores de Alemania, Francia, Italia y Reino Unido, diversas ONGs y hasta la ONU hayan manifestado su preocupación. Pero es solo eso, preocupación. No pasará nada más, como nada más ha pasado tras el genocidio en Gaza ni está pasando ahora con los ataques a Irán y la invasión del Líbano. Nada de lo que haga Israel parece tener consecuencias. Los mismos que manifiestan esta preocupación, mantienen intactos sus acuerdos, sus relaciones, sus intereses geopolíticos con Israel. Es todo un gran teatro, donde Ben Gvir permite acaparar todas las críticas, como si el problema fuese él y sus colegas neofascistas.
La descarga de la responsabilidad en el gobierno de Netanyahu y sus socios es una de las principales estrategias de los defensores de Israel para esquivar las críticas. El problema es solo un gobierno malo, una mala racha, dicen. Sin embargo, las encuestas muestran a una sociedad cada vez más fanatizada y convencida de que lo suyo es una misión divina. Netanyahu, como Ben Gvir, son producto de esa fanatización, no son accidentes ni anécdotas.
Su radicalización y la cada vez mayor ostentación de ello son síntomas de su precipitación hacia el vacío. Porque estas empresas llevadas a cabo estos últimos años por Israel, lejos de asegurar su poder en la zona, lo han convertido en un proyecto cada vez más inviable, invivible, en uno de los lugares menos seguros del mundo para los judíos, lo opuesto a lo que esgrimieron para justificar la colonización y la creación de su Estado tras el Holocausto.
La Asociación por los Derechos Civiles de Israel manifestó respecto a esta ley, que ejemplificaba “la pasión por la violencia y la brutalidad del Gobierno”, y que atentaba “contra los fundamentos democráticos de Israel”. Las críticas internas se agradecen, pero en algunos casos, podrían dar a entender que antes de este gobierno había una democracia mejor, había un apartheid y una ocupación más amable, más aceptable. El problema no es este gobierno, es el proyecto en sí mismo y su concreción a lo largo de todos estos años de existencia, a costa de la usurpación de derechos de la población nativa palestina. Un proyecto colonial y una ideología racista como es el sionismo nunca podrá ser democrático.
Algunos defensores de Israel salen hoy a criticar esta medida, tratando de hacernos creer que eso indica su independencia y su espíritu crítico, tan solo cuatro días después de hacer tremendas piruetas para justificar el genocidio en Gaza. Pero he aquí la trampa. Pensar que es ahora, justo ahora, bajo este gobierno y con medidas como estas, cuando el proyecto sionista pierde legitimidad. Para eso sirven los villanos como Ben Gvir y otros que hoy están de moda en todo el mundo. Nos permiten olvidar que todo se puede llevar a cabo sin ellos, con una sonrisa, con otras excusas, sin champán.
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