Opinión
Cómo sobrevive Vox a sus contradicciones sin renunciar al proyecto posfascista

Por Miquel Ramos
Periodista
Han pasado ya ocho años desde que Vox irrumpió en las instituciones españolas, precisamente en Andalucía en 2018, donde las elecciones autonómicas están de nuevo al caer y el partido de Abascal trata de mantenerse en su posición en torno al 20% de los votos. Durante todos estos años, los ultraderechistas han ido explorando la mejor manera de ganarse el puesto a la derecha del PP, testando los diferentes amarres que pueden llegar a afianzarle el papel que otras extremas derechas ya han conseguido en otros países. Para esto, a los ultras nunca se les exigió coherencia, ya que sus temas prioritarios pueden ir bailando. Es lo que está sucediendo con asuntos de los que Vox hizo bandera estos últimos años y que hoy son relegados a un segundo plano para reforzar el tema que, parece, les está dando mejores resultados: la cruzada contra la inmigración.
Así lo explicaba el periodista de El País, Miguel González, en un artículo reciente, en el que exponía cómo asuntos como el aborto, la violencia machista o los derechos LGTBIQ+ han dejado de ser el principal punto de articulación discursiva del partido para abrazar el relato global anti migratorio que, aunque siempre estuvo ahí, han entendido que sirve en gran parte para explicar todo lo demás. Es lo que sucede, por ejemplo, con el problema de la vivienda, y con la apuesta de Vox de promocionar a un perfil como Hernández Quero, supuestamente más social, con la misión de apelar al voto obrero reforzando el chovinismo del bienestar. Esta es la estrategia ultra para hacernos creer que el problema es que no hay para todos y que los migrantes nos quitan la casa, el trabajo y los servicios públicos, no que se esté vendiendo el país a los fondos buitre y al capital privado.
Decía que el discurso contra la inmigración sirve para todo, y lo vemos también con la ecuación que nos plantean sobre violencia machista e incluso derechos LGTBIQ+. Los portadores de esa violencia son, según ellos, los migrantes. Y principalmente, los árabes y los africanos. Esta racialización de problemas estructurales permite abordar un problema que difícilmente pueden negar, aunque lo intentan, añadiendo un factor externo al poner el foco en los migrantes, una fórmula que lleva años ya testándose en otros países y que entienden que funciona. Ahora, lo intentan también con la vivienda y con todo lo demás, reforzando el discurso de la ‘prioridad nacional’ que el PP ha aceptado sin rechistar para gobernar allá donde necesite a los ultraderechistas.
La reciente caída de Orbán en Hungría tras 16 años en el poder ha supuesto un mazazo para la internacional ultraderechista, y particularmente para Vox, que ha sido uno de los mayores compañeros de viaje. Sin embargo, la semilla que plantó el líder húngaro no se muere sin él. Ni en su país ni en el resto del planeta donde su influencia y la permeabilidad de sus estrategias han permitido no solo su financiación gracias al mecenazgo húngaro sino también su comunión con los incesantes foros que organizó Orbán para abrir caminos en la batalla cultural y política al resto de formaciones que transitan por la misma senda.
Orbán mantuvo hasta el final un insistente discurso xenófobo, pero también una apuesta por lo que llaman ‘valores tradicionales’, y que alude a una cruzada contra los derechos de las mujeres y de las personas LGTBIQ+, y todo lo que encaje en su espantajo llamado ‘woke’. Vox ha picoteado también de este maní desde siempre, incluso ha sido mimado por las organizaciones fundamentalistas que abanderan estas reivindicaciones, principalmente Hazte Oír. Las progresivas cesiones y ambigüedades de Vox en estas materias, tras entender que hay un electorado joven que no es tan fácil de reconducir hacia posturas regresivas, han provocado cierta fractura entre ambas entidades. Hazte Oír está tratando de volver a meter a Vox de nuevo en estas batallas de cara a las elecciones andaluzas, llegando a pasear un bus con la cara del líder de Vox y la leyenda “Abascal, el aborto mata; tu inacción también”.
Pero este desencuentro tiene trazas también de una reciente pugna alrededor de la marca juvenil Revuelta, que ha sumido a la formación en una grave crisis sobre las explicaciones acerca del dinero recaudado supuestamente para los afectados por la DANA y la relación de esta entidad con el partido. Uno de los principales líderes de Revuelta es a la vez miembro de Hazte Oír, que no se ha plegado a las exigencias del partido sobre el control de ésta. Las pugnas por el espacio ultra y el control de sus satélites (y el dinero que estos mueven) es otra de las guerras abiertas que entorpecen la sintonía entre todos ellos, y llevan incluso a lavar los trapos sucios en público, con filtraciones interesadas a la prensa y reproches que salpican a las personas y a las relaciones hasta ahora de confianza.
Decía el politólogo Cas Mudde en un artículo reciente que, ni la derrota de Orbán ni los desvaríos de Donald Trump comprometen tanto como creemos a los ultras europeos. A pesar de que Vox sigue siendo uno de los partidos más serviles a los intereses de los Estados Unidos y de Israel, y que ha sido uno de los máximos aliados de Orbán, estos asuntos les quedan relativamente lejos a sus votantes. Por eso, la insistencia en el asunto migratorio es también una apuesta por hablar de lo más inmediato, de lo local y de lo que más rédito puede darle a corto plazo.
Entender que el programa ultra no es inamovible ni coherente es fundamental para diagnosticar la situación. Las estrategias políticas y las batallas culturales están cada vez más interconectadas a nivel global, y en cada contexto se encajan según convenga. Tampoco las pugnas internas, las deserciones, traiciones y acusaciones pasan una enorme factura a estos partidos, ya que sus votantes compran más un proyecto reaccionario que atienda sus miedos y sus odios que otra cosa. Lo hemos visto en las recientes elecciones en Aragón y en Extremadura, donde los líos internos de Vox no han pasado una gran factura a sus resultados.
Vox lucha hoy por afianzar su marca a pesar de todo, navegando todas las contradicciones y todos los obstáculos que se le plantean. No busquen coherencias ni posiciones rígidas en todo lo que hay y lo que está por venir. Si algo ha demostrado la extrema derecha es que es capaz de mutar y adaptarse a lo que convenga en cada momento, sin abandonar el proyecto posfascista que subyace de fondo. Hoy, su mayor aval es que sus políticas ya se aplican sin necesidad de gobernar, siendo aceptadas por el PP e inundando los debates políticos en medios y redes. La batalla, saben, es por el sentido común, uno de los lemas de campaña de Vox, y eso requiere paciencia.
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