Opinión
La sociedad de los bonsáis

Escritora
He tenido que pensar mucho en cómo iniciar este nuevo curso de opiniones en Público. Los temas se me agolpan en las tripas. Leo las noticias con el deseo de saber y, a la vez, de no hacerlo. Me gustaría tener ese superpoder de los bebés, que creen que con taparse los ojos las cosas desaparecen y, a la vez, me veo a mí misma sufriendo el Método Ludovico de La naranja mecánica.
Así que, como Alex DeLarge, vamos a jugar: el juego se titula "piensa siempre lo peor". Maricarmen no saludaba, ¿y qué? Maricarmen no ahorró, ¿y qué? Maricarmen era una mala vecina, quejica, manirrota, una vieja bruja que odiaba a los niños, ¿y qué? Si fuese una buena persona, una dechada de virtudes, Jesucrista misma resucitada, ¿habría cambiado la opinión de los vigilantes de la moral, que casualmente nunca tienen tiempo para revisar la suya propia? Se lo explico de otra forma: para dejar morir a una anciana de 87 años en un hogar en el que habitó 70 de ellos no es necesario que haya sido una buena persona, solamente hace falta que la nuestra sea una buena sociedad.
Maricarmen, que sepamos (por lo menos nadie se lo ha inventado todavía), no mató a nadie. ¿Saben quién sí lo hizo? Christa Pike. A los 18 años ella y su entonces novio, Tadaryl Shipp, golpearon, torturaron y asesinaron a Colleen Slemmer, una joven de 19 años a la que conocieron en un campamento para adolescentes con problemas. Fue condenada a la pena capital recién aterrizada en la edad adulta y, tras pasar casi tres décadas en el corredor de la muerte, la ejecución tuvo lugar el pasado miércoles 30 de septiembre. O se intentó, porque la mujer sobrevivió a las dos inyecciones letales que le administraron. Después de la tortura sufrida, con público y patrocinio del Estado, seguramente le queden secuelas irreversibles. Eso es lo que han dicho fuentes del personal sanitario que intenta mantenerla con vida para después volverla a matar. Nunca la palabra re-matar había tenido tanto sentido.
Podemos inferir, con mucho más fundamento que en el caso de Maricarmen, que Christa Pike era una mala persona. ¿Significa que se lo merecía? "El Estado de Tennessee nos ha demostrado otra vez que es incapaz de llevar a cabo una ejecución de manera consistente con la dignidad humana básica", afirmó su abogado. "Ya la ejecuto yo humanamente, tranquilidad", me imagino que habría dicho Alex DeLarge.
Podríamos haber aprovechado la ley de eutanasia para Maricarmen. No se escandalicen: ¿qué creen que pasa cuando se le arrebata el hogar a alguien? Porque todo el mundo ha hablado de la casa, o del piso, incluso de la inversión, pero muy pocos del hogar. No interesa: quitarle un techo a alguien es mucho más sencillo que arrebatarle un hogar, su hogar, porque los hogares no se poseen ni se escrituran, se habitan.
La primera acepción de la RAE para el término "desahuciar" dice: "quitar a alguien toda esperanza de conseguir lo que desea". Así es como se empuja suavemente a la gente a la muerte sin necesidad de inyección. Como a Olga, de 52 años, en L'Hospitalet. Su abogado había intentado paralizar el desahucio con informes médicos de urgencias psiquiátricas porque ella amenazaba con suicidarse. El juez las desestimó y ella cumplió su palabra hace apenas un mes, dejando tras de sí dos hijas, una menor de edad. O a dos hermanas de 64 y 54, anónimas (las sinonmbre duelen menos), en Barcelona en 2024. También se arrojaron por la ventana horas antes de que las echaran por un impago de 9.000 euros. Sale a 4.500 euros la muerte, algo más caras que las dos inyecciones de pentobarbital, pero tampoco mucho. Los cadáveres los encontró la vecina del primero cuando salió a su terraza. O Alicia, de 65, que también se lanzó desde su balcón del quinto piso de un edificio en Chamberí cuando la comisión judicial y la Policía Municipal tocaban a su puerta, allá por 2018. O un hombre de 56, también anónimo, en Basauri en 2013, que dejó una nota en la que escribió: "no puedo más". O Amaia, de 53, en Barakaldo en 2012, que también eligió la ventana minutos antes de que la echaran otros. Esta les dolerá menos porque había sido concejala socialista de 1983 a 1986, y ya sabemos que los políticos son todos malos y los socialistas, peores.
Hay muchas más, pero nadie quiere leer esta lista, menos aún la gente que afirma que "solo os fijáis en Maricarmen, ¿y el resto qué?", ni tampoco las personas que pudiendo hacer, no hacen. No dicen "se lo merecían", pero su indiferencia es peor. En su lugar, balbucean "las leyes están para cumplirlas", añaden "por decisión judicial", sentencian "yo no tengo la culpa", y echan más pentobarbital aderezado con su falta de humanidad. Duermen bien por las noches porque están convencidas de que sus manos no han tocado la inyección. "¡Es que quería vivir por 500 euros en la mejor zona de Madrid!". ¡No me digas! ¡Y yo! Y ellas. Pero como solo los ricos pueden, o los turistas, o los especuladores, pues que se joda la vieja.
Cuando no quiero leer las noticias, me refugio en los libros. Estos días me he acordado mucho de uno que se titula Recordos daquel pasado, de Francisco Pico Pena. Se lo editó su nieta, Nuria, harta de ver cómo el hombre escribía en los márgenes de las facturas, las cartas del banco, las servilletas. Recopiló su memoria hecha papel, la de un abuelo que fue carpintero y trabajó en el campo, y solo pudo ir a la escuela de los 6 a los 14 años. Uno de los pasajes dice así (la traducción es mía): "casos siempre se dieron de todo tipo, pero raro me parece que una persona de clase baja llegase a algo a la sombra de una de clase alta, que lo más que siempre hizo por él sería tratarlo con cariño y con esmero como se trata a un bonsái, que se fertiliza y se riega, pero al que también se le podan las raíces y ramas par que no desenvuelva más allá de lo que le permite su dueño".
¿Es la nuestra una buena sociedad o una sociedad de bonsáis?

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