Opinión
Soy el único trabajador de España

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
En las coqueterías colectivas que son los funerales hay una frase que se repite más que ninguna otra para referirse al muerto: “era una persona muy buena y muy trabajadora”. Se pronuncia por inercia, por estima misericordiosa con la familia, como apunte piadoso; es una forma de reducir la existencia a los dos únicos actos que importan aquí y que por algún motivo deberían también en las aduanas de San Pedro: el trabajo y su ética, o sea, el capital y el orden, si lo desgranamos y nos quedamos con sus núcleos. La frasecita dichosa es solo una reducción sin sofrito ni vino, es la forma de explicarle al público fúnebre que esa persona que a punto está de largarse al pudridero ha vivido a la orden de los degenerados cornetas neoliberales; es la manera de insertar al muerto en la lista de los buenos, de los trascendentes, de los que merecen heredar el reino de los cielos por haber pertenecido a esa tribu pulcra y sufridora que vive aparte de los vagos y lacónicos: la de los que se esfuerzan, la de los que pelean, las de los que sudan y no son unos supuestos mantenidos. La frase quizá no se dice tanto por el muerto sino por los que están vivos, quienes al pronunciarla buscan convertir el féretro en una fogata segurísima a la que refugiarse del frío y de los bárbaros salvajes que no trabajan y son mayoría; los vagos y los gandules, los haraganes y los menesterosos que se cuelgan de los que sí son útiles y viven prendidos de sus chichas como sanguijuelas del esfuerzo ajeno. Los que sí trabajan de verdad serían entonces los raros, los menos, la excepción; o sea los elegidos, los designados, los que se han ganado el derecho a pisotear al resto y acabar con su existencia cual jardinero sádico que rocía insecticida sobre los pulgones.
¿Cuántas veces os habéis encontrado con un iluminado que para justificar su rentismo inmobiliario esgrime que él ha trabajado toda su vida y por eso tiene derecho a alquilar sus pisos saltándose todo orden ético y legal, como si el resto pagáramos el alquiler con los cuartos que nos llueven por tener la cara fina y el culo gordísimo?, ¿en cuántas ocasiones habéis escuchado a un autodesignado conservador, que en verdad es solo un folclórico alienado, asegurar que hay que destruir cualquier red de ayudas sociales porque sus beneficiarios supuestamente no trabajan, a diferencia de él, que al parecer es de los cuatro o cinco en todo el planeta que sí lo hace?, ¿a cuántos pijazos de manual, de manoletina de fieltro y Range Rover regalado con el carné a los dieciocho, habéis oído justificar su ociosidad paquidérmica en que su padre ha trabajado toda la vida, convirtiéndolo en un rara avis laborioso con la capacidad sobrenatural además de empacar su sudor y dejárselo en herencia al memazo del niño? Quienes mascullan todo el día el “ejque yo he trabajao com’un cabrón y vozotros lo tenéis to regalao” se ven como excepciones en su propia fantasía onanística, cuando la realidad es que vivimos en un mundo donde todos, sin más salvedad que las remoras altas de la pirámide social, nos matamos para llegar a fin de mes: el tío Gratis murió hace años y con él se extinguió el planeta de los gandules.
Este fin de semana, en el inicio de campaña del Partido Popular, me sorprendió oír a Alberto Núñez Feijóo centrar su discurso en esta fantasía neoliberal que reduce el país a un reino de jetas mantenidos por media docena de excepcionales trabajadores; es decir, no es que me llamara la atención porque le creyera con un aparato moral sólido e incapaz de comprar tal mercancía averiada, sino porque jamás hubiera pensado que le fuera a funcionar. Sin embargo, ahí estaba, en compañía del papagayo de granja Xavier Albiol, advirtiendo a los jetas de que ya viene el PP y por eso deben tener miedo. Como si los jetas fueran una mayoría, ¿sabéis?, y debieran temer a esa élite escasa de trabajadores entre las que Feijóo, por algún motivo ególatra y desconocido, se incluye. Da mucha serenidad saber que el futurible presidente del Gobierno ha extraído su visión social de un libro de fantasía autoerótica.
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