Opinión
Cuando 'Stranger Things' se convirtió en la mejor serie 'queer' del año sin que nadie lo esperase

Por Paco Tomás
Periodista y escritor
-Actualizado a
Mientras muchos hombres homosexuales creían haber descubierto la serie gay del año viendo Heated Rivalry, la quinta y última temporada de la ya mítica Stranger Things se convertía, inesperadamente, en la mejor serie queer del año que finalizaba y, posiblemente, del que acababa de empezar.
Mientras que Heated Rivalry cumple con el protocolo de eso que conocemos como "el gay de Netflix" (un hombre homosexual joven, atractivo, que cuida su físico como si esa fuera su única razón para existir, sin pluma, y que se siente atraído por otro hombre exactamente igual que él), se colaba, en la propia plataforma que ha encumbrado al gay liberal como role model, una historia reivindicativa, sin sexo ni culos en las duchas, que, bajo los parámetros del género fantástico, estaba hablándonos directamente a las personas LGTBIQ+ de cualquier edad.
Porque desde la primera temporada, Stranger Things narra la historia de Will Byers, un niño homosexual enamorado de su amigo Mike pero que, como nos ha pasado a todos, descubre que ese deseo -cero sexualizado- será un secreto que deberá guardar para protegerse de la hostilidad y el rechazo de la sociedad. Cuando un niño entra en un armario de silencio y miedo, se torna aún más vulnerable. En la serie, el malvado Vecna elige a sus siervos entre las personas que son más frágiles y fáciles de someter. Porque el miedo a que tus pensamientos y deseos queden expuestos ante la mirada inquisidora del resto hace que te protejas tras una armadura de homofobia interiorizada que, a la larga, acabará contigo.
Estar en el armario es habitar una dimensión alternativa. Una especie de Upside Down donde cada percepción de ser descubierto es un demogorgon acechando. Y de las consecuencias de eso también nos habla Stranger Things cuando Vecna le cuenta a Will que él mismo creó los túneles mientras dormía. Porque es la homofobia interiorizada de Will la que canaliza por poderes de Vecna, creando una especie de complicidad tóxica con aquello, o aquellos, que te hacen daño. De ahí que Will huya despavorido cuando encuentra a Robin y a Vickie besándose en el hospital. Porque acaba de verse reflejado en un espejo en el que su homofobia interiorizada le impedía reconocerse.
Revisitar todo Stranger Things después de los capítulos finales es comprender que no hay armario bueno, que la visibilidad nos hace fuertes, que la familia elegida sigue siendo nuestro pilar fundamental -aunque la biológica haya mejorado con los años y el activismo-, que no hay ejército bueno, que los fundamentalismos se aprovecharán de nuestros miedos e inseguridades para imponer su estado del terror sobre un campo minado de mentiras, y que la única manera de combatir a ese planeta desolador que avanza hacia Hawkins -les dejo que busquen las similitudes con el avance de la extrema derecha en el mundo- es uniéndonos todas aquellas personas que el dedo de Vecna -quién dice Vecna dice Trump, Milei, Ayuso, Kast, Orbán o Abascal- señala como enemigos. Somos la esperanza del mundo. ¿Hay algo más empoderador?
Tan diáfano es lo que cuento que el heteropatriarcado ha reaccionado con celeridad. El capítulo 7 de la quinta temporada de Stranger Things, ese en el que Will rompe su silencio, es el que ha recibido la valoración más baja. Al igual que la temporada final. ¿Casualidad? No. Nada molesta más al heteropatriarcado que las personas queer abandonemos los márgenes para colocarnos en el centro de la historia. Y nada les irrita más que sentir que les han colado una historia queer cuando ya habían ejercido la presunción de heterosexualidad para todos los protagonistas.
Para ellos, que Will sea un hechicero les parece oportuno. Pero que Will sea un hechicero homosexual, clave para la resolución de la historia, les parece inclusión forzada e innecesaria. Homofobia exteriorizada. Así es como el heteropatriarcado también nos corta las alas: asumiendo, en la ficción, su deseo y orientación como el único válido y hegemónico. Y si no es así, baja puntuación. Que en los tiempos del algoritmo, los likes y la viralidad es otra forma, otra más, de invisibilizarnos.
Estoy harto del espectador que se autoexcluye de series, películas o novelas de temática o personajes LGTBIQ+ porque siente que no son para él. Nosotros, que aprendimos a leer entre líneas para encontrar un rayo de luz en la tiniebla, éramos capaces de empatizar con las emociones y sentimientos de los personajes no LGTBIQ+. Pero el espectador cishetero, no. Él no puede, no sabe o no quiere. Por eso ha molestado tanto la salida del armario del personaje de Will. Porque nos han tolerado como atrezzo, como música de fondo, pero nunca como protagonistas, en primer plano de la trama. Que el héroe sea el niño marica quiebra el imaginario del machirulo. Y no les gusta.
Si hay un personaje gay bien integrado en una trama, ese es el de Will Byers en Stranger Things. Y los que hemos sido niños maricas asustados de lo que sentíamos lo sabemos bien. Disciernes que eres diferente, aunque, a esa edad, no quieras serlo. Quieres ser grupo, quieres ser igual que la mayoría porque la diferencia te señala y te hiere. Will observa a Mike y a Eleven, a Lucas y a Max, sin poder hacer lo mismo. Y su mirada es lo único que nos da pistas. Su mirada y la de otro personaje queer: Robin Buckley.
Afirmo que Stranger Things es la serie queer del 2026 porque devuelve, a las personas LGTBIQ+, el sentimiento de comunidad por encima del identitarismo que nos fragmentó. Lo notamos cuando Robin Buckley, la chica lesbiana que lleva la radio local de Hawkins, percibe que Will está enamorado de Mike. Se ve claramente en una secuencia del episodio 4 de la última temporada. Y es que Robin es la única que puede darse cuenta. Eso es comunidad. Esa conversación entre Will y Robin, es comunidad. "Buscaba respuestas en otras personas, pero yo tenía todas las respuestas. Solo necesitaba dejar de tener tanto miedo a mi verdadera identidad", le dice Robin. Su mirada cuando Will cuenta que es gay, es lo más reconfortante que he visto en ficción en los últimos años. Y eso también es comunidad. Que tanta falta nos hace.
No olvidemos que la serie comienza en 1983 y acaba en 1987. Refleja un contexto histórico en el que hablar de homosexualidad era realmente un drama, donde la infancia queer ni se imaginaba -como si la orientación nos llegara con la mayoría de edad, como el derecho al voto- y los entornos familiares se volvían hostiles ante la homosexualidad, estigmatizada por la pandemia del vih/sida. Stranger Things cambia todo ese imaginario con un abrazo colectivo. Un abrazo que es espacio seguro, familia elegida y comunidad. Ojalá todas las personas LGTBIQ+ de mi generación, y de las anteriores y posteriores, hubiesen tenido la fortuna de un entorno afectivo que les abrazase y les dijera: "no nos vas a perder nunca". Porque nuestra historia, entonces, hubiese sido otra.
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