Opinión
Superchería en el despacho oval

Por Juan Tortosa
Periodista
No conozco cóctel más explosivo que el que mezcla política y religión. Por eso me parece que la pantomima que el otro día tuvo lugar en el despacho oval no pudo ser más peligrosa, a pesar de lo ridículo de su puesta en escena. No por grotesca resulta menos preocupante. Ese deslenguado que, a las primeras de cambio, llama "perdedor" a todo el que osa plantarle cara, ese fanfarrón incontinente que todavía preside el país mejor armado del mundo, parece no tenerlas todas consigo tras haber abierto la caja de los truenos atacando Irán. ¿Habría necesitado Donald Trump recurrir a un show como el que montó el otro día en la Casa Blanca, rodeado de lunáticos religiosos adorándolo y bendiciéndolo, si estuviera seguro de haber acertado al ordenar el bombardeo de Teherán?
Como sostiene Rafael Poch, "matar a Jameneí, junto con parte de su familia, ha sido un desastroso éxito táctico, igual que cargarse al papa de Roma para resolver un problema italiano, sin tener en cuenta la realidad mundial del catolicismo, demostraría una ceguera estratégica total". Quizás sea esa la razón por la que el presidente estadounidense decidió rodearse una vez más de la caterva de iluminados que, transidos, rogaron al cielo sabiduría para "estos tiempos difíciles". Tiempos difíciles que el propio Trump se ha encargado de propiciar, claro.
La distópica tropa de pastores evangélicos que le rodeaban le pusieron las manos como si se tratara del mismísimo mesías reencarnado y le rezaron a su dios. "Oramos por tu gracia y tu protección sobre él", imploraban, mientras Trump permanecía sentado y abstraído y el Golfo Pérsico continuaba ardiendo por culpa de su última cruzada contra el régimen de Irán. Invocaban a su dios para que bendijera bombas y misiles contra los infieles mientras estos van respondiendo con la misma moneda, provocando el caos en muchos de sus países vecinos y rezando a su vez a su deidad particular. Definitivamente, estamos todos locos.
La plegaria de los evangelistas no tuvo desperdicio: "Padre, solo te pedimos que continúes dando a nuestro presidente la fuerza necesaria para liderar nuestro gran país mientras volvemos a ser una nación bajo Dios, indivisible, con libertad y justicia para todos". Justicia para todos que en realidad es justicia para unos pocos, pero les da igual. Esos pastores y pastoras le perdonan al "gran líder" todos sus "pecados" –adulterios, mentiras, fraudes– a cambio de sus políticas ultraderechistas: antiaborto, antiinmigrantes, anti todo lo que no huela a biblia patriótica. Ellos le auparon en tres campañas electorales y ahí siguen, preservando celosamente su lucrativa inversión.
A lo largo de la historia, mezclar religión y política, aparte de regar de sangre los campos de batalla, siempre fue una manera de desviar la atención sobre las verdaderas intenciones del invasor: riquezas y poder. Queremos quedarnos con lo que los otros tienen, en este caso el petróleo, pero el pretexto al que recurrimos para matarnos los unos a los otros es hacerlo en nombre de dioses que no existen. ¿Cuántas guerras santas hemos visto? ¿Cuántos inocentes han muerto masacrados en nombre de un dios que, curiosamente, siempre está de parte del más fuerte? Trump sobrevive a un atentado en julio de 2024, una bala le roza la oreja derecha y se autoproclama "el elegido del Señor", faltaría más. Como hace poco ocurrió con el Nobel de la Paz, ahora está convencido de merecer el paraíso porque "ha hecho mucho bien". Ahí queda eso. Lo peor es que se lo cree, lo reivindica, y allá del que se atreva a llevarle la contraria.
Desde ese mítico despacho que de vez en cuando profana convirtiéndolo en el más patético de los platós de televisión, Trump y sus acólitos continúan con su particular cruzada ignorando que Dios, si existe, probablemente se esté riendo, o más bien llorando, ante tanta hipocresía. Ponerse en manos de un dios, sea el que sea, es cobardía. Puro delirio. Y en este caso además, es ridículo porque, como sostiene Poch, "Irán no se va a desmoronar. Irán no es Irak, ni Siria, ni Libia. Incluso si su régimen cayera, como consecuencia acumulada del duro castigo sufrido por su sociedad en las últimas cuatro décadas el país, con su civilización milenaria, permanecerá". En esa hipótesis igual ni consiguen instalar un régimen títere.
León XIV, el primer estadounidense al frente de la Iglesia católica, lamentó hace algunos meses, dado que no es la primera vez que Trump monta este tipo de numeritos en su despacho, que se utilice la religión para justificar la violencia o las políticas nacionalistas: "Desafortunadamente -dijo el jefe del Vaticano- se ha vuelto común arrastrar el lenguaje de la fe a batallas políticas, bendecir el nacionalismo y justificar la violencia en nombre de la religión". Mucho me temo que, tras estas declaraciones, el mismísimo papa de Roma puede que esté a menos de cinco minutos de que Trump le insulte llamándole "perdedor".
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