Opinión
El supremacismo macho avanza en silencio
Periodista y escritora
De la misma manera que hemos asumido la idea del supremacismo blanco, deberíamos enfrentar definitivamente la del supremacismo masculino, omnipresente en nuestras sociedades. Nos cuesta, nos cuesta mucho, y no es casual. El supremacismo macho es una ideología que sostiene —implícitamente, todavía no se expone, todo se andará— que el hombre es genéticamente superior a la mujer. Es la base de toda misoginia, expresa o interiorizada. Concibe los roles de género de manera jerárquica y naturalizada. Hay quien se queda en la percepción de que, sencillamente, las mujeres deben estar subordinadas al dominio masculino. Sin embargo, tal barbaridad es sólo el principio, la tierra abonada sobre la que germina esta misoginia que avanza no sólo entre los movimientos de extrema derecha.
El supremacismo macho es el papa ovacionado en el Congreso de los diputados y diputadas, también por los grupos supuestamente de izquierdas. El supremacismo macho es la paulatina desaparición de las mujeres en los puestos de mando de los medios de comunicación. El supremacismo macho es un presidente socialista declarando públicamente que el feminismo molesta a sus "amigos de 40 y 50" años. El supremacismo macho es el Poder Judicial en pleno. No un juez u otro, sino las bases mismas sobre las que se asienta. Podría seguir hasta la náusea.
Si hay una característica de esta ideología que debería alarmarnos es hasta que punto va avanzando en silencio. Nadie habla del supremacismo macho. Se habla de "machismo" y, si acaso, de la existencia de "hombres violentos". Deberíamos mirarlo como el sistema que rige nuestra sociedad. Y, por supuesto, rechazarlo y combatirlo como se hace, por ejemplo, con el supremacismo blanco.
Sin embargo, es muy difícil luchar contra algo que no existe. Es decir, contra algo que no se nombra, de cuya existencia no tenemos constancia. Ni siquiera cuando, hace menos de una década, el movimiento feminista vivió un empuje fabuloso, difícilmente imaginable en su popularidad, nos atrevimos a ponerle nombre a la ideología que lo permea todo y sin cuya erradicación resulta imposible, de hecho, cualquier cambio.
Así que toca preguntarnos por qué no hablamos del supremacismo blanco y a quién le tocaría hacerlo. Evidentemente, para empezar, a los medios de comunicación. Después, también, a los partidos políticos y las instituciones. Pero si la idea no se enuncia, no entrará en lo que llamamos "agenda informativa", y por lo tanto ni siquiera se suscitará un debate público sobre el tema.
Ahora vemos claramente cómo el movimiento feminista está considerado, cada vez más, una amenaza directa al orden establecido, una amenaza que busca, según ellos, usurpar el estatus del hombre. ¿Qué estatus? El de superioridad respecto de nosotras, evidentemente. De ahí que, poco a poco, vayamos constatando cómo el "poder" regresa a las manos y las voces de los varones más reaccionarios. Y cuando digo "reaccionarios" no me refiero a lo que tradicionalmente se consideraba la "derecha", sino algo más complejo cuya base es el antifeminismo.
Esto acaba de empezar. Es la respuesta a la gran revolución testimonial de las mujeres, que por primera vez en la Historia hemos hecho oír nuestras voces, hemos mostrado nuestra mirada sobre una sociedad que nos violenta, nos empobrece, nos juzga y nos somete. Necesitaremos encontrar canales donde sacar al supremacismo macho del cómodo silencio en el que sigue engordando y creciendo. Me temo que no serán los medios de comunicación tradicionales quienes nos los presten.
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