Opinión
El taichí de Ortega Cano

Por David Torres
Escritor
Da bastante rabia y bastante lástima que nuestros grandes artistas no sean valorados en su momento, no digamos ya que sean blanco de la incomprensión y las burlas del público. Ha sido siempre así, desde que Góngora descoyuntó el castellano en endecasílabos hasta que Picasso descoyuntó la realidad en cubitos. La misma gente -ignorante como ella sola- que se reía de las perífrasis y los hipérbaton de las Soledades, se cachondeaba tres siglos después de los caballos y los toros descuartizados en el Guernica. Puesto que la incultura no conoce límites, estos días Ortega Cano ha sufrido un desprecio similar con su soberbio ballet taurino en la iglesia de San Antón de Madrid. La peña es que no tiene ni puta idea de toros.
A decir verdad, no estoy seguro de que lo que hizo el otro día Ortega Cano fuese un espectáculo taurino, un ballet cubista o un tutorial de fisioterapia. Después de abrir cuatro veces la Puerta Grande de Las Ventas, el cartagenero se retiró de los ruedos para dedicarse a las carreras de coches y a las tertulias de la prensa rosa, por lo que nadie podía esperarse que se presentase en la iglesia de San Antón a autocrucificarse nueve días antes de la Semana Santa. Lo hizo además con banda sonora incluida, la cantante Glenda Gaby, que tuvo que apartarse un poco para dejarle sitio, y un grupo de músicos que tocaban "En Aranjuez con tu amor", una de las tantas versiones del inmortal adagio del Concierto de Aranjuez, del maestro Rodrigo. Hubiese sido más adecuado que tocaran "Precaución, amigo conductor", de Perlita de Huelva.
A propósito del adagio del Concierto de Aranjuez, dice Miles Davis en Miles -la autobiografía escrita junto a Quincy Troupe- que a Rodrigo no le gustó ni un pelo el arreglo que hicieron Gil Evans y él en Sketches of Spain, pero que ya le gustaría en cuanto empezaran a lloverle los cheques. Después Miles cuenta que una mujer le había regalado el disco a un matador retirado que se dedicaba a la cría de reses bravas y que no podía creer que un trompetista negro norteamericano fuese a entender nada de música española. Según aquella mujer, el viejo torero oyó en silencio Sketches of Spain, se levantó, se puso el traje de luces, tomó los trastos de torear por primera vez en décadas, salió al campo, lidió uno de sus toros y lo mató. Algo parecido sucede al espectador desprevenido que ve la faena de Ortega Cano, aunque a quien dan ganas de matar es a Ortega Cano.
Hay que señalar que la actuación tuvo lugar durante un acto benéfico celebrado con el fin de recaudar fondos para la Fundación Mensajeros de la Paz. Fue una lástima que no se retransmitiera urbi et orbi en riguroso directo, porque quizá los misiles israelíes y los aviones estadounidenses hubiesen dejado un momento de bombardear Irán para centrarse en exclusiva en el bombardeo de la iglesia de San Antón de Madrid. Ocurre que, cuando un artista rompe las fronteras de su arte, hay que dejar pasar un tiempo prudencial a la hora de catalogarlo. Quiero decir que todavía es demasiado pronto para comprender qué diablos estaba haciendo exactamente Ortega Cano en el instante en que le pilló el arrebato y empezó a flexionar y a dar volteretas e hipérbaton. Después de ver el video quince veces, no estoy seguro de si estaba inventando la danza gongorina o si sólo pretendía follarse al capote.
No sería la primera vez ni la última que una actuación magistral choca ante la ignorancia abisal de la audiencia. En El maestro Juan Martínez que estaba allí, la más hilarante y original crónica de la Revolución Soviética, Chaves Nogales narra el momento en el que el bailaor tuvo que improvisar ante un comité bolchevique para evitar que lo trasladaran a un campo de trabajo. El traductor dijo que era bailarín y el comisario de turno ya lo estaba apuntando al azadón por servir a un arte burgués y decadente, pero entonces Juan Martínez explicó que el flamenco venía del pueblo y pidió que le dejaran hacer una demostración allí mismo. Fue una prefiguración del taichí de Ortega Cano. Sin guitarra, sin palmeros, acompañándose únicamente del castañeo de los dedos, Juan Martínez se marcó una farruca estupenda que dejó al tribunal boquiabierto. Finalmente, el comisario se quitó la gorra y sentenció: "Martínez, contorsionista. Al circo".
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