Opinión
Tamayo, los buitres y la banalidad del mal

Por Miquel Ramos
Periodista
El comunicador y periodista catalán Carles Tamayo acaba de publicar en RTVE un reportaje sobre el negocio de la vivienda que está dando bastante que hablar estos últimos días. Bajo el título ‘Se nos ha ido de las manos’, el documental muestra cómo funciona el negocio inmobiliario hablando con algunos inversores, que explican como compran edificios (los llaman ‘bienes raíces’) consiguiendo esas viviendas a un precio inferior al de mercado, para luego hacer sus propios ‘reajustes’ en el precio de alquiler para, ahora sí, ponerlas a un precio de mercado. Un precio que ellos no han pagado y que cargan sobre el inquilino, el único que no se escapa de la vorágine de la economía de mercado que defienden los especuladores. Tamayo lo lleva a la práctica creando su propio fondo buitre y colándose en las entrañas del negocio a través de las ferias y convenciones del sector, interactuando con los inversores y mostrándonos la trastienda de la orgía especulativa que existe tras el incuestionable drama de la vivienda.
El estilo comunicativo de Tamayo hace perfectamente asequible para todos los públicos un tema que no debería ser tan complejo de entender tratándose de un derecho tan evidente como constitucional, pero que está salpicado por bulos y relatos sesgados de quienes pretenden que todo siga como está, es decir, sometido casi en su totalidad a los vaivenes del mercado. Demuestra con sencillez y rigor las costuras del sistema en la gestión de un derecho convertido en uno de los principales negocios de nuestros tiempos, y, sobre todo, pone cara a sus víctimas, a los inquilinos, a esa clase trabajadora prisionera de la codicia de unos pocos y de la indolencia y complicidad institucional en esta materia.
Ancianos nonagenarios que habitan una planta baja desde hace décadas en Barcelona, que se verán en la calle si el plan sigue su curso. Familias precarias que no tienen a donde ir, y que se resignan con un ‘es lo que hay’ cuando el periodista les da la noticia sobre la venta de su edificio a un fondo de inversión. Cada testimonio es un puñetazo en el estómago para cualquiera que tenga un mínimo de empatía.
Muchos de ellos vieron ayer cómo un decreto que podría haberles concedido un cierto respiro era defenestrada por las derechas en el Congreso de los Diputados. PP, VOX, Junts y UPN tumbaron la propuesta que defendían el gobierno y sus socios de congelar los precios de los alquileres. Aunque no era la medida que acabaría con la indignante orgía especulativa que se está llevando a cabo con la vivienda, sí que ofrecía, al menos por un tiempo, una tregua para muchas personas en situación de vulnerabilidad. El problema, en realidad, y tal y como lo muestra Tamayo en su reportaje, va mucho más allá.
Lo más significativo del debate, sin duda, fue ver a los mismos que hace tan solo unos días defendían eso que llaman ‘prioridad nacional’, postrarse ante los fondos de inversión extranjeros que desahucian y joden la vida de los españoles, como bien apuntó el ministro de Consumo, Pablo Bustinduy señalando al ultraderechista Hernández Quero desde el estrado.
El lenguaje de los negocios está lleno de eufemismos que tapan cualquier rastro humano en el asunto. Bienes Raíces son los edificios y las viviendas con las que se especula, y en los que cuando se negocian, los inquilinos son tan solo números que llenan las tablas de cálculo sobre lo que pagan y lo que pagarán una vez adquirido. Cuando el periodista pregunta a los inversores si conoce a esa gente o si ha pensado en sus dificultades si les suben un 200% el precio de alquiler, la respuesta es una clara evasiva, como un ‘a mi qué me cuentas’, o ‘es el mercado, amigo’. Esa carretera que transitan los especuladores, y que han asfaltado durante años los gestores políticos, está desprovista tanto de empatía como de responsabilidad social, como es en realidad toda la red de carreteras que conforma el circuito del capitalismo.
Esto se resume perfectamente en un breve plano que pasa relativamente desapercibido: Tamayo aparece sentado en un tren con el libro ‘Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal’ de Hannah Arendt. Esta es la clave de todo lo que acontece en este reportaje, pero también, y por extensión, todo lo atravesado por el capitalismo: las listas de espera, la falta de servicios y las instalaciones ruinosas en una sanidad pública depauperada por decisión política en beneficio de la privada; las escuelas e institutos públicos en barracones y los que no tienen calefacción en invierno ni aire acondicionado en verano; las inexistentes plazas en las escuelas infantiles, las residencias de ancianos insalubres y penetradas por las contratas que ofrecen servicios de mierda, y tantas otras miserias que las administraciones podrían mejorar y no lo hacen, promoviendo una vez más el negocio y el lucro de unos cuantos con el bienestar y los derechos de la mayoría.
Aunque el reportaje de Tamayo va sobre vivienda, el análisis de situación debe hacerse con gran angular, entendiendo que, como el resto de los asuntos que conforman una vida digna, están sometidos cada vez más a un mercado amoral e irresponsable al que las administraciones premian cada vez más. Es absolutamente indignante ver las ventajas fiscales que obtienen los fondos de inversión y los rentistas, más todavía cuando el gobierno actual que presume de progresista es incapaz de dar pasos firmes para garantizar este derecho.
Aunque se echa de menos en este documental a los sindicatos de vivienda y a los colectivos que luchan contra los desahucios y la especulación, no deja de ser un valioso producto de interés público para entender cómo funciona parte de este negocio. No es que se nos haya ido de las manos, es que nunca deberíamos haber permitido que nuestras vidas se conviertan en mercancías. Pero qué iluso, digo, pensando lo que esgrimió el jerarca nazi juzgado en Jerusalén y sobre el que Arendt definió la banalidad del mal. No era ningún monstruo, tan solo cumplía órdenes, como cualquier pieza humana del engranaje capitalista cuya acción provoca dolor y sufrimiento para beneficio de unos pocos. Si no lo haces tú, lo hará otro. La burocratización del horror. El mal se vuelve banal cuando se lleva a cabo como procedimiento administrativo.
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