Opinión
Que te cuide tu padre

Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
-Actualizado a
Me encanta la Historia. Pero soy una picaflor, un poco a lo la donna e mobile qual piuma al vento. Una temporada me da por la Batalla de Borodinó y me leo todo lo que cae en mis manos y tres meses después ya me olvidé de los rusos y Napoleón porque estoy obsesionada con todo el lío de Amarna, la sucesión de Akenatón y si al fin se ha desvelado si la efímera mujer faraón que ostentó la doble corona del Alto y del Bajo Egipto antes que Tutankamon fue Nefertiti o alguna de sus seis hijas. Y ahora me ha dado por los Habsburgo, esa dinastía tan conocida por el desmedido tamaño de su mandíbula como por su formidable querencia por el incesto -muy católico, muy de bula papal pero incesto al fin y al cabo-, casi a la altura de la nunca aburrida XVIII dinastía del Antiguo Egipto.
Así que ando toda deprimida leyendo las vidas de esas chiquillas de la casa de Habsburgo que fueron casadas a los doce o trece años con sus tíos carnales, algunos de ellos varias veces viudos, para acabar muriendo -al igual que sus antecesoras- a los veintipocos años después de pasarse toda su adolescencia embarazadas, sufriendo abortos y pariendo y enterrando hijos. Ni todos los brocados, sedas, coronas, joyas y encajes del mundo pueden ocultar la miseria de su existencia. No al menos ante los ojos modernos de quienes hoy en día nos enfrentamos a las biografías de estas desdichadas niñas, simples peones en el juego dinástico, poco más que incubadoras vivientes y sufrientes.
La cruda realidad, la terrible epifanía llega cuando te das cuenta de que esta ha sido -y aún es- la vida de las mujeres. Que a lo largo de todas las épocas y culturas las mujeres, las adolescentes y las niñas han sido -y en muchos lugares siguen siendo- utilizadas como moneda de cambio por sus familias, una mercancía con la que intercambiar tierras, negocios, posición, favores u honor. Atadas a desconocidos, obligadas a parir, servir, respetar, obedecer y callar. Un mundo, un destino del que a muchas nos ha salvado ese feminismo que algunos protestan que ha llegado demasiado lejos.
Y es que por primera vez en la Historia un grupo de mujeres de algunos lugares concretos tienen al fin la posibilidad de elegir libremente su sino -dentro de los condicionantes de clase, origen y color de piel- y, para sorpresa de nadie, están eligiendo estudiar, leer, formarse, trabajar, ser felices, vivir tranquilas, no tener descendencia y permanecer solteras. Más de dos millones y medio de mujeres españolas entre la treintena y la cuarentena están solteras en la actualidad, la gran mayoría de ellas por libre y afortunada elección propia. Una revolución sociológica -y filosófica- que está poniendo patas arriba a un patriarcado en pleno rearme ideológico. O más bien una revolución que ha hecho que el patriarcado se ponga de nuevo a patalear y dar zarpazos. Pues que ambas cosas coincidan en tiempo y lugar no es algo accidental, sino que es el resultado directo del éxito del movimiento feminista, del éxito de las mujeres.
Porque la reacción ultra y el resurgimiento del fascismo son en parte la respuesta furibunda a los avances y a los triunfos colectivos de las mujeres. Nos estamos escapando de su control. El mundo que estamos moldeando ya no les resulta cómodo ni fácil pues les obliga a hacer cosas, a esforzarse, a cuidar y a responsabilizarse. No es que estén perdiendo sus privilegios, es que les estamos diciendo que tienen que ponerse las pilas o les dejaremos atrás sin preocuparnos siquiera en mirar si siguen nuestros pasos, porque nos está empezando a dar igual.
No es este un fenómeno nuevo: cada revolución feminista, cada victoria social, política y simbólica de la lucha colectiva de las mujeres ha sido contestada con un rearme patriarcal y reaccionario. Desde Olimpia de Gouges hasta nuestros días, ni la afilada cuchilla de la guillotina, ni la cárcel, ni los campos de concentración, ni los paredones, ni los psiquiátricos, ni el aceite de ricino, ni las burlas, ni las leyes, ni la narrativa más violenta de los paladines modernos de la masculinidad tradicional de Tik Tok, han logrado frenarnos. Cada intentona reaccionaria, cada conato por disciplinarnos y meternos de nuevo en vereda, por volver a encerranos en las casas, en las cocinas, en el paritorio o en misa, ha sido respondido con una nueva ola feminista más radical y consciente que ha ahondado, mejorado, matizado y profundizado las conquistas y victorias anteriores. Un tira y afloja agotador y enervante pero también trágico.
Es por eso que siempre debemos recordar y celebrar que nos alzamos sobre los hombros de auténticas gigantes, de pioneras y heroínas valientes y, muchas veces, anónimas y olvidadas. Porque gracias al esfuerzo y la lucha de nuestras antecesoras nosotras seguimos avanzando. Ellas nos han facilitado y allanado el camino. Y sobre sus logros, disputas, dudas y errores -y también derrotas- hemos podido cimentar y enmendar los nuestros. Y hemos tomado nota, aprendiendo de nuestras abuelas, madres y hermanas mayores que no basta con participar de la vida pública si no tenemos el control total sobre nuestros cuerpos y nuestra sexualidad pero también sobre nuestras carteras.
Pertenezco a una generación que cayó rendida ante la propaganda de la superwoman. Se nos dijo que las mujeres podíamos tenerlo todo: carrera, pareja e hijos. Y ahí que fuimos, directas a la trampa. Y con independencia de la felicidad conyugal, la satisfacción personal o las maternidades deseadas y disfrutadas, lo cierto es que todas nos dimos de bruces con la cruda realidad: que lejos de los cuidados mutuos y el reparto de responsabilidades, las mujeres de mi generación no nos distiguíamos tanto como creíamos de las de las señoras de la anterior pues, al igual que estas, nos vimos obligadas a asumir casi toda la carga mental, emocional y física de los cuidados y de la tareas de la casa mientras sumábamos a todo esto el peso y la responsabilidad del trabajo remunerado.
Pero mientras poníamos lavadoras a las diez de la noche tras un día entero en el trabajo y después de dar de cenar y acostar a los niños, mientras pedíamos reducción de jornada y horas libres para las consultas de pediatría y las reuniones de tutoría y nos veíamos relegadas en los ascensos y promociones laborales, nuestras hermanas pequeñas e hijas tomaban nota. Y aprendían a encontrar otras formas, otras maneras de cuidarse, de generar lazos y de crear familias y vínculos afectivos al margen de la normatividad tradicional y patriarcal. Es decir, aprendían a vivir sus vidas al margen de las vidas de los hombres. Se eligieron a ellas y su bienestar por encima de las construcciones y las fantasías moldeadas en torno a las necesidades y los caprichos de los señores. Y llegó el acabose. El Fin de la Civilización Occidental. El Asesinato de Todos los Principios Morales. El Apocalipsis señoro. Otra vez en sus pantallas. Literalmente.
Y entonces llegaron las burlas y el intento de infundir miedo y provocar vergüenza, y se retomaron las narrativas más carcas y reaccionarias sobre la soltería y la libertad sexual femenina a la par que el algoritmo nos metía por los ojos a las tradwifes de maquillaje inmaculado, cocinas de ensueño, ocho hijos perfectos e indistinguibles entre sí y esposos millonarios que les regalaban mandiles para huevos. Y claro, las chicas no picaron. Y ellos se enfadaron aún más. Y cuando las burlas, el miedo y la vergüenza dejan de hacer efecto, llega la violencia: la política, la verbal, la simbólica y la física.
Y es por eso que las redes sociales se han convertido en un vertedero de propaganda misógina, mientras hombres y mujeres parecen transitar por caminos paralelos e irreconciliables. Ellos nos gritan que qué hacemos por las mujeres de Irán y Afganistán mientras nos corean "tu cuerpo, mi decisión" y votan a abusadores sexuales, negacionistas de violencia de género, legislan contra nuestros derechos reproductivos y empiezan a pedir que se nos retire el derecho al voto. Nada que no hiciera sentir orgullosos a los ayatolás y los tabilanes que tanto dicen detestar, demostrando así que lo que a la machosfera occidental le molesta de estos últimos es su religión y no su misoginia criminal.
En vez de escuchar las voces de las mujeres han decido iniciar una nueva guerra contra ellas. Y sus rivales más temibles, a la vista de sus burlas, insultos y amenazas sobre el futuro que les espera a las mujeres que han decidido vivir sus vidas sin ellos, son el satisfayer y los gatos. Y la están perdiendo.

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