Opinión
Tertulianos: ¿gladiadores del siglo XXI?

Por Marta Nebot
Periodista
Hace poco me visualicé como una gladiadora del siglo XXI, peleando en la arena del circo mediático. Sí, es probable que se me esté yendo la olla.
Los tertulianos salimos ahí con todo: lo que somos y lo que no, lo que sabemos y lo que ignoramos, lo que creemos y respetamos y lo que descreemos y despreciamos. Son nuestras armas y nuestros escudos. La información, las lecturas, las películas, las experiencias, la vida son parte de nuestro acervo, de nuestras herramientas para estas luchas de la guerra cultural que nos ha tocado.
Algunos cumplimos más reglas que otros. Algunos apreciamos más esas reglas que las victorias momentáneas. Algunos ponemos todo; no solo palabras. Algunos no podemos controlar nuestra impulsividad, aunque luego nos arrepintamos. Las batallas pueden ser con juego más o menos sucio, más o menos broncas, más o menos ingeniosas, más o menos apasionadas, más o menos aburridísimas.
Son, cada vez más, a muerte y con mucha prisa. No se trata de exponer argumentos; se trata de machacar al contrario, de desacreditarlo hasta la médula, de echarlo para siempre de la arena, de matarlo como tertuliano. Y así es más difícil entrar en las enjundias que explican, en los intríngulis de las organizaciones humanas que siempre son más complejas que las dicotomías. Nos perdemos los detalles por quedarnos solo en los bandos.
Esta semana, mientras peleábamos, una vez más, por el último auto del juez Peinado, me quedé colgada ensoñando unos segundos que me parecieron eternos. Salí del circo como si fuera un dron escapado y lo mirara desde muy arriba.
Mientras ahí abajo se peleaba sobre si el cortapega que ha hecho Peinado de un artículo publicado en una revista jurídica en su último escrito es admisible, sobre si puede argumentar que tiene “indicios sólidos, razonables y fundados” contra Begoña Gómez cuando solo la acusa de ser la mujer de Pedro Sánchez; mientras la última hora interrumpía este sempiterno debate con las últimas filtraciones del juicio del fiscal general del Estado por revelación de secretos y, después de ese paréntesis, se volvía a la cuestión central desde hace más de dos años, un tertuliano-gladiador del otro lado, uno respetable que respeta las normas y el juego, volvía a decir que no sabe si lo que ha hecho Begoña Gómez es delito o no, pero que, en cualquier caso, “no es estético”; que necesitamos regular el papel de la primera dama, se llame como se llame en España.
Una vez terminada la partida, ya en el camino de vuelta a casa, en ese momento en el que se te suele ocurrir lo que no se te ocurrió cuando te valía, en mi cabeza volví al ruedo de un salto. Y, a puerta gayola, sin escudo ni espada, grité a todo el circo: “Clamemos por el Estatuto del Cónyuge. Clamemos porque sea aplicable a todos los presidentes, nacionales y autonómicos. Y preguntémonos por qué nadie dice que la mujer del presidente no se ha enriquecido diga lo que diga este juez o el jurado que le toque y el cónyuge de Ayuso se llevó dos kilos en comisiones con la empresa sanitaria que más factura a la comunidad que ella preside. Nadie dice que es antiestético que González Amador trabaje y nadie se plantea que deje de hacerlo mientras Begoña Gómez ya lleva dos años de castigo, inhabilitada de facto”.
¿Será que yo veo machismo por todas partes? ¿Será que me llevé demasiados golpes dialécticos? ¿Será que todo se ve más claro y simple fuera del circo mediático?
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