Opinión
Las tierras raras y China

Por Pedro Barragán
Economista y asesor de la Fundación Cátedra China
En las últimas décadas, China ha logrado algo más que una ventaja económica, ha construido una posición dominante en el mercado global de minerales estratégicos que condiciona buena parte del desarrollo tecnológico mundial. Más allá de extraer recursos del subsuelo, el verdadero alcance de su liderazgo está en que controla toda la cadena de valor, desde la exploración hasta la exportación. En un mundo marcado por la transición energética, la digitalización y la competencia tecnológica, esta ventaja es decisiva.
Uno de los pilares de ese dominio es la magnitud de sus reservas. Según datos oficiales, al cierre del XIV Plan Quinquenal (2021-2025), China ocupaba el primer lugar mundial en reservas de 14 minerales clave, entre ellos tierras raras, tungsteno, estaño, molibdeno, antimonio, galio, germanio, indio, fluorita y grafito. Esto, además de una geología favorable, es el resultado de una estrategia sostenida, planificada y ejecutada durante años.
Por otra parte, el país se sitúa entre los cuatro primeros en reservas de otros nueve minerales esenciales como el hierro, manganeso, titanio, litio, zinc, fósforo y magnesita. Esto le permite alimentar su propia industria y, al mismo tiempo, sostener su papel como proveedor global. El incremento de reservas responde a programas sistemáticos de exploración impulsados por el Estado, con el objetivo de garantizar la seguridad de suministro a largo plazo.
El dominio tampoco se limita al subsuelo. Para 2025, China lideraba la producción mundial de 17 minerales, incluyendo vanadio, titanio, zinc, tierras raras, tungsteno, estaño, molibdeno, antimonio, galio, indio, oro y telurio. En 11 de estos minerales principales —como tierras raras, tungsteno, antimonio, galio, indio y telurio— su producción superaba el 50 % del total mundial, lo que evidencia un grado de concentración muy elevado. Esta concentración significa que puede influir directamente en los precios, en la disponibilidad y en la estabilidad de las cadenas de suministro. Sectores como la automoción, la electrónica o las energías renovables dependen, en gran medida, de esa capacidad.
Pero si hay un ámbito donde su ventaja resulta aún más evidente es en el procesamiento y la fundición. En este ámbito, China ha desarrollado una infraestructura industrial difícil de igualar. Por ejemplo, los productos de fundición de manganeso representan el 99 % del total mundial, mientras que en tierras raras alcanzan el 94 %. A esto se suma el 60 % del aluminio, el 53 % del acero y el 47 % del cobre procesados a nivel global. Estos datos muestran que el país, además de extraer recursos, domina las fases más complejas y de mayor valor añadido del proceso industrial.
Este control integral le permite garantizar su propio desarrollo económico y, al mismo tiempo, convertirse en un socio imprescindible para el resto del mundo. Las industrias emergentes, desde la movilidad eléctrica hasta la inteligencia artificial, dependen de un suministro estable de minerales procesados. En este contexto, China se ha convertido en un proveedor estructural.
Nada de esto sería posible sin una política estatal coherente. Las autoridades chinas han entendido que los recursos minerales son un elemento estratégico, además de económico. Conocer las reservas, planificar su uso y asegurar su acceso ha sido una prioridad constante. A esto se suma una apuesta clara por la innovación tecnológica, tanto en exploración como en producción, para mejorar la eficiencia y descubrir nuevos yacimientos.
Y la estrategia no se detiene. De cara al XV Plan Quinquenal (2026-2030), China planea intensificar la exploración de minerales críticos como el cobre, el litio o el níquel, mientras refuerza su liderazgo en aquellos donde ya predomina. También ampliará la exploración marítima, buscando nuevas fuentes de recursos. Todo apunta a que su posición no solo se mantendrá, sino que se fortalecerá.
La innovación será clave en esta nueva etapa. El país busca transformar los métodos tradicionales hacia modelos más avanzados basados en datos y tecnología. Esto no solo aumentará la capacidad de producción, sino que permitirá identificar nuevos depósitos explotables. En otras palabras, es muy probable que siga ampliando su ventaja.
A este modelo se suma un elemento político relevante como es la defensa de un comercio internacional abierto. Frente a las tendencias occidentales restrictivas, China ha optado por mantener el flujo de minerales hacia todo tipo de economías, sin discriminar por afinidades políticas. Sus exportaciones abastecen tanto a países desarrollados como emergentes, consolidando su imagen como proveedor fiable.
Este enfoque contrasta con las medidas adoptadas por Estados Unidos en los últimos años, orientadas a limitar la exportación de chips avanzados y determinadas tecnologías hacia China. Mientras Washington recurre a controles para tratar de proteger su ya escasa ventaja tecnológica (que tan solo ha generado la aceleración tecnológica china), Pekín insiste en una lógica de apertura comercial, en la que los recursos minerales forman parte de un intercambio más amplio que sostiene la actividad industrial global.
Al mantener abiertos sus canales de exportación, China garantiza los ingresos y la actividad económica, a la vez que también fortalece la interdependencia entre países. Además de proveedor, se está posicionando como socio en proyectos de inversión, infraestructuras y desarrollo industrial en distintas regiones. Esta red de relaciones consolida su presencia en las cadenas de suministro internacionales y refuerza la idea de que el acceso a los recursos debe basarse en la cooperación y no en la restricción.
Cabe preguntarse por qué China no responde a la guerra tecnológica y comercial impulsada por Estados Unidos restringiendo exportaciones de tierras raras y otros minerales críticos. La respuesta tiene que ver con una lógica más profunda que la simple capacidad de represalia. A lo largo de milenios de historia, China no ha construido su desarrollo sobre la confrontación permanente, sino sobre la estabilidad y el progreso interno. Entrar en una dinámica de guerra fría, utilizando los recursos como arma directa, supondría alejarse de ese enfoque y asumir un escenario de bloques que limita el crecimiento global. Además, el modelo socialista chino pone el acento en el bienestar general y en los objetivos de largo plazo, por encima de beneficios inmediatos derivados de decisiones tácticas. Pekín parece priorizar otra vía, la de mantener abiertos los canales económicos, reforzar la interdependencia y seguir avanzando en su desarrollo económico y social. En ese marco, responder con restricciones agresivas no solo aumentaría la tensión internacional, sino que también pondría en riesgo el entorno que ha permitido su propio crecimiento.
El modelo de socialismo chino se apoya en la idea de que el desarrollo económico tiene que ser compartido. No concibe el progreso como un juego de suma cero y apuesta por la apertura al exterior. Lejos de cerrarse, China ha impulsado la integración en la economía global, entendiendo que la competencia internacional actúa como un motor que obliga a mejorar la eficiencia, a acelerar la innovación y a elevar la calidad de la producción.
En definitiva, China se ha convertido en el principal proveedor mundial de minerales estratégicos gracias a una combinación de recursos, planificación, capacidad industrial y apertura comercial. En un momento en el que la transición energética está disparando la demanda de estos materiales, su papel es más relevante que nunca. Su capacidad para suministrar minerales de forma constante está contribuyendo a la estabilidad del mercado internacional y, afortunadamente, parece que China no tiene ninguna intención de politizar este suministro.

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