Opinión
Antes de titanio tuvimos hierro

Por Andrea Momoitio
Periodista y escritora
Imagina que tienes una galería de la mina debajo de tu casa, pero que nadie sabe de quién es. Esto es exactamente lo que le está pasando a un vecindario bilbaíno. Sus viviendas están sobre un gran pasadizo, que comunicaba los depósitos de hierro de la mina San Luis con el cargadero del muelle de Marzana. Es un misterio en Bilbao y, seguramente, un gran quebradero de cabeza para la comunidad. Un misterio que dice mucho más de la poca importancia que le damos a nuestro pasado que de la historia de la propia mina. ¿Cómo es posible que nadie sepa de quién es esta galería, con ramificaciones que se extienden entre noventa y ciento cuarenta metros?
En mayo de 2022, la Asociación Vecinal de Bilbao La Vieja, junto al colectivo Bilbo Zaharreko Memoria Taldea, llevó al Pleno del Ayuntamiento una petición: que se hicieran cargo de la galería. Les pedían que estudien la seguridad, que arreglen lo que haya que arreglar y que se abra, al menos parcialmente, al público. La propuesta reunió más de 785 firmas y defendía algo sencillo: dar sentido y futuro a un espacio que ya existe, para divulgar el pasado minero y portuario del barrio y evitar que la memoria se pierda. De momento, la rejilla que hay en el suelo y que permite adentrarse unos metros en la galería, la han tenido que comprar los vecinos y las vecinas que están trabajando por recuperar la memoria de la zona. Que la única intervención material haya salido del bolsillo del vecindario dice mucho del lugar que ocupa esta memoria en la agenda institucional.
Visitar la Mina San Luis permite entender esa contradicción de manera casi física. La visita, autorizada por el Ayuntamiento aunque la mina no sea de titularidad municipal, no tiene nada de épico: hay barro, humedad, oscuridad. Ahí está la historia industrial de Bilbao. Ahora, la ciudad parece obnubilada por la imagen del Guggenheim. Bilbao como marca se ha construido alrededor de una nueva arquitectura de vanguardia y de prestigio internacional. Desde los años noventa, la regeneración urbana ha encontrado en la arquitectura de firma su principal símbolo. Pero, ¿qué hacemos con nuestro patrimonio cuando no encaja en el relato triunfal de la ciudad-marca? La historia de Bilbao, la historia de trabajo, de migración y de conflicto social, está escrita también en galerías húmedas y oscuras. Una ciudad que presume de futuro no debería tener miedo de abrir las puertas de su pasado: la galería de la mina de San Luis. No como atracción turística, sino como ejercicio de memoria colectiva.
A esta galería se accede por una discreta puerta metálica. Si no lo sabes, nadie, nunca, jamás diría que detrás de esa puerta vas a encontrar vestigios del pasado minero de Bilbao. Al lado justo hay un mural enorme, sí, pero ¿esa puerta? ¿Cómo esa pequeña puerta va a tener detrás eso que tiene? En realidad, mucha gente ni siquiera sabe que Bilbao es también una ciudad de hierro. Los barrios de Bilbao La Vieja, San Francisco y Zabala, popularmente conocidos como los Barrios Altos, están atravesados por el pasado minero de la ciudad. Es una zona de mina, sin duda, pero ahora ya no lo parece. El horno de calcinación de la Mina San Luis, restaurado en 2004 y plantado como un tótem, es uno de los pocos vestigios visibles de ese pasado minero. A partir del cierre progresivo de las minas, muchos de estos espacios fueron sellados, demolidos o directamente enterrados. Así, de la mano de la desidia, una parte muy importante del pasado de la ciudad desaparece de la memoria colectiva. La minería fue clave en la configuración física y social de Bilbao y de otros municipios como Ortuella, mi pueblo.
La galería formó parte de un entramado minero mucho más amplio de lo que hoy somos capaces de imaginar hasta 1995. Abierta tras obtener la concesión el comerciante inglés Luis Lewison, la explotación general y la apertura de la galería estuvieron a cargo de Luis Núñez Arteche. La galería comunicó durante décadas el muelle de Marzana con la zona de la plaza Saralegi, ramificándose bajo Bilbao La Vieja y Miribilla. Hoy esa conexión está cegada tras la urbanización de la plaza. "La estructura de la mina es impresionante", escribe Juanjo Marcos. Las galerías tienen casi tres metros de altura; y entre dos y tres metros de ancho. Aún se conservan "elementos que narran su historia industrial: las vías por las que circulaban las vagonetas, restos de estos antiguos vehículos y un arroyuelo que desemboca en la ría sobre los vestigios del antiguo cargadero, visible durante la marea baja". Nadie conocía mejor esta galería que Emiliano Valdizán, el último minero de la Mina San Luis. Falleció en marzo de 2025, pero, en parte gracias a él, la memoria del barrio sigue viva. Podéis escucharle todavía en EMILIANO VALDIZÁN: el último minero de Bilbao, un documental de Arturo Izarzelaia Izagirre. La galería, que fue cambiando de uso con los años, se inundó en 1983 y, de momento, nadie ha limpiado el barro.
La galería de la Mina San Luis plantea una pregunta incómoda: ¿Qué hacemos con aquello que no encaja del todo en el relato del éxito? ¿Qué hacemos con el patrimonio que no sirve para presumir de ciudad desde una foto aérea? ¿Qué hacemos con lo que está bajo tierra? Aquí, antes de titanio tuvimos hierro.
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