Opinión
Todos los fuegos

Por Magda Simó
Periodista y escritora
-Actualizado a
Son las imágenes desaturadas, casi monocromas, de la cámara de seguridad de un gimnasio. En un lateral, una chica hace sentadillas con dos pesas en los hombros. Dos hombres pasan tras ella. Uno se para y le toca el culo, a mano llena. Ella se gira, seguramente pensando, como pensamos siempre, si habrá sido un roce casual, si habrá sido un error de percepción, si estamos malpensando, siempre prevenidas, siempre alerta. Exageradas. Histéricas. En ese milisegundo, decide que tal vez se esté equivocando y sigue haciendo sentadillas. Pero la vuelve a tocar. No se equivocaba, claro, porque la realidad es que casi nunca es un error. La mujer deja las pesas en el suelo, se vuelve y le tumba de dos puñetazos. El otro se dispone a defender a su amigo y se lleva tres. El vídeo no tiene sonido, pero en mi mente se recrea la risa de la asquerosa camaradería del agresor que se siente impune, la mofa de macho alfa prepotente, la gracia que les causa la intimidación y luego, el impacto sordo del puño contra la carne, el chasquido del hueso roto y la onda expansiva del dolor extendiéndose por los tejidos, sonando como un tambor. Y el estupor, un ensordecedor silencio de incredulidad en sus mentes, que no entienden nada de lo que acaba de pasar. Hay otro vídeo muy parecido en un ascensor, con el mismo resultado: un hombre en el suelo, en una esquina, agarrándose los genitales, y una chica recomponiéndose la ropa y apretando el botón para salir.
Seguramente, en un juicio la balanza se decantaría hacia ellos y se hablaría de lesiones y de desproporcionalidad entre la agresión y la respuesta. Al igual que ocurrió en el juicio a Mari Carmen, la madre que prendió fuego al violador de su hija en 2005, en el que la pena que se le impuso, tanto de privación de libertad como de indemnización económica, fue mayor para ella de lo que había sido para él, a pesar de los atenuantes de salud mental y de enajenación mental transitoria. Al Pincelito, un padre de familia de 62 años, le estaba saliendo bastante barato haber violado a una niña de 13, pero le salió bastante más caro burlarse de su madre cuando se la encontró en la calle durante un permiso penitenciario. En 'Fuego', el acertadísimo ensayo de la periodista Gema Peñalosa (Libros del KO, 2022), se repasa este caso de principio a fin: el escaso apoyo que encontraron la víctima y su familia por parte de sus vecinos cuando se produjo la violación, el acoso escolar a la víctima en su instituto, la revictimización durante el juicio y el maltrato y abandono institucional.
En Estados Unidos, no se legisló la agresión sexual intramarital hasta que en 1993 Lorena Bobbitt le cortó el pene a su marido con un cuchillo de cocina tras haberla violado borracho por enésima vez. Cabe destacar, porque no es anecdótico, que los médicos se lo recosieron con carácter de urgencia en una larguísima intervención quirúrgica, recuperó la funcionalidad del miembro e incluso rodó algunas películas porno. Mientras, Lorena, que fue absuelta, creó una fundación para víctimas de abuso. Siempre es cuestión de prioridades.
La indefensión también se aprende, porque seguramente, en una justicia y una legislación que procede de un sistema patriarcal y machista y que se está poniendo al día a marchas forzadas, seguía estando incorrectamente valorado el tremendo y decisivo impacto que una agresión sexual tiene sobre la vida de una mujer y de ahí se derivaban las penas bajas para los violadores, que salían a la calle cuando en muchos casos sus víctimas aún no podían hacerlo sin sufrir pánico.
Como explica Virginie Despentes en 'Teoría King Kong' y también trata Nerea Barjola en su magnífico 'Microfísica sexista del poder', socialmente se nos ha retenido en un espacio de indefensión, con un rol de víctimas pasivas que en ocasiones incluso nos ha recortado nuestros derechos individuales por miedo y prevención. Desde niñas, se nos ha enseñado que la violencia no era nuestro territorio ni nuestra naturaleza. Y es cierto que la testosterona suele relacionarse con el comportamiento agresivo y que los índices de criminalidad se decantan drásticamente a favor de los hombres, pero aquí no estamos hablando de agresión, ni de violencia gratuita, sino de defensa propia y legítima. El incremento de clases de boxeo, entrenamiento de fuerza y artes marciales para mujeres da fe de que cada vez más mujeres quieren ser fuertes y no delicadas, ni mucho menos tan vulnerables frente a la habitual superioridad física de un hombre.
Desde el sentido común, la racionalidad y la concordia que nos hemos dado entre todos, está claro que la justicia debe impartirse en los tribunales y que tomársela por la propia mano no suele ser una buena idea. Pero hay algo visceral y adrenalínico que se despierta en mí, en nosotras, cuando estas historias de autodefensa femenina y de respuesta violenta nos llegan a los oídos, que nos hace imposible culparlas de todos los fuegos, del fuego, cuando sentimos que el sistema entero nos desatiende y nos falla. Qué saben ellos del miedo y de la rabia. Ojalá pudiéramos todas reventarles la cara y seguir haciendo sentadillas.
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