Opinión
Toni Cantó: apunta un cero

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Lo primero que se me vino a la cabeza al enterarme de que Toni Cantó había conseguido un espléndido 0% técnico de audiencia en su debut en À Punt, la radiotelevisión pública valenciana, es aquella secuencia de El gran Lebowski en la que Walter Sobchak está charlando con sus amigos mientras juegan a los bolos y ve de reojo cómo uno de sus rivales ha pisado la raya al lanzar la bola: "¡Apunta un cero!" Hay una discusión bastante subida de tono en la que Sobchak (un espléndido John Goodman) acaba sacando una automática y apuntando a la cabeza del infractor al tiempo que explica: "Esto no es Vietnam. En los bolos hay reglas".
Estoy hablando de un desparrame hilarante donde los hermanos Coen mezclaron en una coctelera un fumeta bonachón, un irascible veterano de Vietnam, un tipo que apenas abre el pico, una alfombra robada, un pederasta, una pintora obsesionada por ser madre, un grupo de nihilistas, un director de cine porno, un montón de cosas más, y les salió, en mi opinión, la mejor comedia de los últimos treinta años. Como actor, Toni Cantó no ha llegado jamás, ni de lejos, a las cotas excelsas en las que se mueven Jeff Bridges, John Goodman, Juliane Moore o Steve Buscemi en El gran Lebowski, pero como presentador de televisión y político de recambio va camino de ganar un Emmy, un Oscar, un Grammy e incluso un Nobel de la Paz en cuanto se enteren en Oslo.

Cuando rodaba aquella teleserie de Siete vidas -donde bordaba el papel de pringado al que dejaban tonto a collejas-, Toni no podía saber que el título era profético, que en los próximos años iba a transbordar de una vida a la siguiente destrozando televisiones y partidos políticos, como si fuese el iceberg del Titanic buscando más trasatlánticos. Primero fue Ciudadanos, luego UPyD, otra vez Ciudadanos, y al final Ayuso le regaló un chiringuito que Toni no tardó en hundir también hasta el fondo. La verdad es que, aparte del chiste, darle una Oficina del Español en Madrid a Toni Cantó parecía el modo ideal de nombrar idiomas cooficiales el chino y el rumano.
En el PP no quisieron adoptarlo por si gafaba el partido -algo que nunca le agradeceríamos bastante-, mientras en Vox pensaron que con Girauta ya tenían cubierto el cupo de girasoles. A falta de otro proyecto político al que hacer polvo, Toni extendió su efecto ponzoñoso en 7NN, mediante un programa humorístico donde la única gracia consistió en que tuvieron que echar el cierre de la cadena facha unos cuantos meses después de contratarlo. Era un riesgo evidente volverlo a poner frente a una cámara, pero los directivos de À Punt son gente que no conoce el miedo: si habían tenido los huevazos de ponerse a retransmitir corridas de toros pasadas de fecha durante las manifestaciones contra la gestión de la Generalitat un año después de la dana, tampoco iban a cortarse por entregarle los trastos de matar a Toni en horario de máxima audiencia.
Sabían que no iba a defraudarlos y, en efecto, en el estreno Toni consiguió que en toda la Comunidad Valenciana la inmensa mayoría de espectadores huyera en masa hacia otras cadenas, apagara la televisión, se pusiera a leer un libro o se fuese a la cama. No se entiende que el público no respondiera a un programa sobre feminismo con Lucía Etxebarria y Juan Soto Ivars como principales contertulios. Quizá nadie advirtió el irreverente tono cómico del debate o quizá Toni tendría que haber invitado también a Alessandro Lecquio para impartir clases prácticas y a Plácido Domingo cantando un aria sobre denuncias falsas.
El fabuloso potaje mental por el que chapotea Toni Cantó no es muy distinto del que alberga la cabezota de Walter Sobchak, quien se convierte al judaísmo por culpa de su ex y luego afirma sin rodeos: “Dirás lo que quieras del nacionalsocialismo, pero al menos era una ideología”. Un inquietante ejemplo más de lo lejos que llegan las coñas proféticas de El gran Lebowski. Después de apuntarse un cero, Á Punt ha decidido recortar cerca de una hora de programa, una medida que busca bien empezar a puntuar la audiencia en números negativos o que les quemen directamente los estudios en un avance de las Fallas.
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