Opinión
Trabajar es una mierda

Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
Dicen que trabajar dignifica. Yo no lo veo. Ya se puede poner el Xokas a asfaltar todas las carreteras de este país que seguirá siendo el mismo ser repugnante y repelente que es ahora. De hecho estoy segura de que el tío piensa que ponerse a comer yakisoba en calzoncillos en su sofá durante horas es trabajar. Así que supongo que hasta eso de trabajar no es más que una cuestión de perspectiva. ¿Podemos, entonces, considerar trabajar a cualquier cosa? ¿O trabajar implica tener que crear valor? ¿O simplemente es hacer algo por lo que te pagan? Y si es así ¿es trabajo solo aquello que está remunerado? ¿Y si nos ganamos el pan pero no lo hacemos con el sudor de nuestra frente también es trabajar o es vicio? Y es que con este tema no me caben más que dudas. Lo único que tengo claro al respecto, y lo tengo clarísimo desde que era bastante pequeña he de confesar, es que trabajar es una mierda.
Y es que siempre he defendido que lo que realmente importa es todo lo que no tiene que ver con el trabajo: el amor, el descanso, el conocimiento, el placer, la amistad, la infancia, los perros, la siesta, pisar charcos, practicar yoga, cultivar tomates, leer, bailar, comer sandía o besarse en la orilla del mar hasta que se irriten los labios. Ni más ni menos lo que viene siendo la vida. Porque incluso aquellas personas que tenemos la enorme fortuna de poder trabajar en algo que nos gusta o que no nos exprime el alma, preferimos vivir la vida a trabajar. Pero nos han hecho creer que solo a través del trabajo, del sacrificio y la renuncia podemos ser vistos como seres respetables, esforzados y dignos. Y que todo lo demás es pura holgazanería, vacua ociosidad, flojera y molicie. Que no hay mayor pecado que ser un vago al que no le gusta trabajar. Y por eso nos da bastante vergüenza admitir que preferimos sentarnos a leer una novela de Agatha Christie que ponernos a remachar unos tornillos en una cadena de montaje o repasar la hoja de cálculo de Excel con las ventas de la semana, incluso aunque este trabajo nos resulte gratificante o sencillo. Pero este prurito por parecer que siempre estamos al pie del cañón, no vaya a ser que se piense mal de nosotros, solo nos pasa a los que somos pobres. Y es aquí donde reside la gran trampa del trabajo.
Porque los ricos de toda la vida nunca han trabajado. Esa gente presumía de manicuras impecables, de poseer una piel pálida de porcelana mientras vestía ropajes delicados, complicados e incluso incómodos de llevar. Cosas que son completamente incompatibles con doblar el lomo. Eso sí, cazaban, bebían, jugaban al ajedrez, se convertían en exploradores, naturalistas, poetas... pasaban el tiempo, se entretenían. Hasta incluso guerreaban cuando estaban muy aburridos o necesitaban hacerse más ricos -aunque la sangre que teñía la tierra de los campos de batalla era en su mayoría de siervos y soldados de fortuna, lo que viene siendo currantes, vamos-. Que bien es verdad que gracias a todo este ocio -y al dinero- pudieron inventar la filosofía, la novela, el amor cortés, la danza o el deporte, por ejemplo. Todas estas cosas inútiles desde el punto de vista productivo. Pero no por ello menos bellas e imprescindibles para la buena vida. La vida que realmente merece la pena y que hasta hace muy poco tiempo estaba reservada para una pequeña y exquisita minoría.
Así que menos mal que los obreros y obreras del mundo un día dijeron que estaban hasta el moño de dignificarse mañana, tarde y noche, trabajando a destajo, desde la infancia y hasta que el cuerpo aguantase. En el campo, en las minas, en la construcción y en las fábricas. Sin descanso semanal ni vacaciones pagadas, ni bajas por enfermedad, ni seguro de desempleo ni jubilación. Y por un salario de miseria. Pero de miseria que les dignificaba, eso sí, aunque con él a duras penas se pudieran permita pagar un pedazo de pan que llevarse a la boca hambrienta y un cuchitril insalubre donde malvivir. Es de agradecer, por tanto, que se cansaran de exhibir tanto decoro para que a su costa se hicieran ricos unos pocos mientras ellos se dejaban la vida, e inventaran el movimiento obrero, las huelgas, los sindicatos, las revoluciones y hasta el concepto de socialización de los medios de producción. En lo que fue todo un alarde de indignidad y bellaquería que cambió muchas cosas para mejor para la mayoría de nosotros, y que todavía no nos han perdonado los que nunca habían tenido la necesidad de trabajar porque para eso lo hacían otros por ellos.
Por eso esta neoteología de la productividad con la que nos bombardean a todas horas desde que nos hemos tragado el cuento de Disney de que en realidad ya somos todos clase media y no plebe, y sobre la que hemos construido el edificio de eso que llamamos sociedad capitalista, y que nos exige mostrarnos siempre ocupados en cosas con apariencia de utilidad, no ha caído del cielo; es el comienzo de la reconquista del ocio, la vida y de todo lo que es bello y merece la pena, pero solo para una minoría selecta y exquisita de elegidos. Y como buena superstición, los ritos y la exhibición de fe -incluida la fe de vida laboral- son más importantes que la propia creencia o que la utilidad de esta ciega abnegación a la causa. Lo importante es exhibir sacrificio, presumir de esfuerzo, de compromiso con la empresa, con tu jefe, con tu propia marca...
Como buenos y obedientes sacerdotes, cada día brindamos como ofrenda nuestro tiempo, nuestra salud, nuestras familias y nuestras relaciones al dios del trabajo remunerado. Todo gira en torno a este: nuestras ciudades, el transporte. Incluso nuestros horarios, incluidos los horarios escolares. Todo se construye y se ordena con el principal propósito de asegurarse de que vayamos a trabajar. Que hemos llegado a inventarnos incluso las clases extraescolares para poder tener a nuestros hijos a buen recaudo -con la excusa de la necesidad de practicar deporte o aprender idiomas, actividades que bien se pueden practicar en un tiempo libre de ocio en común y compartido y sobre todo empleado en el disfrute y en el aprendizaje por mero gusto- mientras ganamos ese dinero que en buena medida se nos va en el plazo de la hipoteca o en la renta con la que nos desangra el rentista de turno.
Las escasas lecciones positivas que logramos sacar de la pandemia las hemos tirado por el retrete. Lejos quedan ya las admoniciones que nos aconsejaban -sabiamente- que teníamos que anteponer la salud a todo lo demás, que lo importante era protegerse y proteger a los compañeros y, lo secundario, la cuenta de beneficios. Ya casi nos hemos olvidado de la ardiente defensa que se hizo del teletrabajo, ahora demonizado pues en realidad colabora en desnudar la cruda realidad: que nos pasamos horas y más horas en el trabajo simplemente aparentando que trabajamos, por pura superstición patronal, y que lo de los atascos, el cochismo y el metro abarrotado, los madrugones, el estrés y el agotamiento físico y mental son una imposición para tenernos amansados, ocupados y cabreados los unos con los otros.
Ahora quieren hacernos creer que las bajas por enfermedad, la negociación colectiva, los subsidios de desempleo, las bajas por maternidad y paternidad, la edad de jubilación, los derechos laborales, que no son otra cosa que la exigencia de buena calidad de vida, son un capricho, un regalo que ya no nos merecemos y que nos quieren quitar. No sería la primera vez, al fin y al cabo quienes claman contra todo esto son los mismos que no hace tanto gritaban en el Congreso eso de que se jodan los parados mientras saqueaban el Estado de Bienestar. Pero esta vez vienen a calzón quitado, avisando de antemano y atados a la extrema derecha -de la que ya no se diferencian ni en formas ni en el fondo-. Como tienen a la maquinaria mediática y judicial trabajando para ellos, ya ni se preocupan en disimular. Solo los podemos parar los millones de personas que sabemos que trabajar es una mierda y que, por tanto, exigimos seguir haciéndolo en la mejor de las condiciones posibles porque lo verdaderamente importante sigue siendo vivir.


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