Opinión
La trampa de la salud mental
Por Pablo Batalla
Periodista
En esta época plena de horrores y retrocesos, en la que todo mal reaccionario empieza a encontrar asiento, una de las pocas conquistas, de los pocos avances de los que podemos enorgullecernos mucho como sociedad es nuestra creciente sensibilidad hacia la salud mental y sus problemas. Estos van dejando de ser estigmas o tabúes, y las generaciones más jóvenes suelen hablar de ellos con una naturalidad que aún le resulta pasmosa a la generación del que escribe. Los que tenemos treintaimuchos todavía crecimos con ese tabú; todavía nos cuesta no contarle solo a la almohada que vamos al psicólogo, no digamos al psiquiatra. Los zoomers son transparentes al respecto e incluso convierten la neurodivergencia en parte de su identidad pública; se presentan en sociedad como personas autistas o esquizofrénicas o bipolares o con TDAH sin ningún problema, con la misma naturalidad con que se han normalizado las orientaciones sexuales diversas. Y es bueno que así sea, pero, en una época barroca como esta, adepta a los trampantojos, las apariencias vacías y el individualismo asocial, también encierra peligros y trampas.
En primer lugar, no debería haber sensibilidad hacia la salud mental que valiese sin que se tradujera en gasto contante y sonante en los presupuestos públicos: obras son amores y no buenas intenciones. Nos preocupa la salud mental, pero el tiempo medio de espera para un psicólogo en la sanidad pública, según ha calculado Eurofund, ronda los seis meses; y según datos de Vitaance, un 94,7 por ciento de los trabajadores opina que su empresa no invierte lo suficiente en su bienestar. De hecho, si uno piensa mal, la preocupación de los últimos años por la salud mental puede ser un mecanismo de compensación de esa negligencia que no se tiene intención de solucionar. Convertir los problemas psicológicos y psiquiátricos en algo de lo que sentirse incluso orgullosos, en algo en torno a lo cual construirse la identidad, también es una forma de lograr que esté justificado no hacer nada al respecto; no destinar recursos a resolverlos.
Recursos que tendrían que ser cuantiosos: el número de personas que padecen problemas de salud mental —1200 millones— se ha doblado en tres décadas, según un estudio de The Lancet. Vivimos en un tiempo y un sistema ansiógenos, psicodevastadores. El turbocapitalismo, su refinada explotación, la precariedad a que nos aboca, nos vuela la cabeza. Y si el psiquiatra Guillermo Rendueles decía eso de "lo que usted necesita no es una pastilla, sino un comité de empresa", advirtiendo de la psiquiatrización de los problemas sociales, tal vez ahora estemos caminando todavía más allá, y ese desquiciado turbocapitalismo haya encontrado la manera de que no necesitemos siquiera la pastilla; de decirnos que lo que necesitamos no es Concerta o Fluoxetina o Quetipina, sino ponerle la otra mejilla al psicobicho, abrazarlo, hacerlo parte de uno, convertirlo en una bandera, en una descripción de bío de red social, no solo no avergonzarse, sino jactarse de él.
Freud insistía en que los psicólogos tenían que cobrar siempre por sus consultas, e incluso por las que no hicieran porque el paciente se ausentase de una cita; y que no debía admitirse como paciente a quien no pudiera pagar. No por avaricia, sino con el razonamiento de que la gratuidad da al paciente una ventaja, un beneficio, que puede cronificarle el trastorno mental. Tumbarse uno en un diván y tener a alguien escuchándolo hablar una hora entera podía ser un placer al que el cerebro se agarrase y que no quisiera perder. El día que Freud hizo una excepción con un hombre llamado Serguéi Pankéyev —mencionado como El Hombre de los Lobos en sus escritos, por unos sueños que tenía de un árbol lleno de lobos blancos—, cometió un craso error: hay bastante unanimidad en considerar, en los análisis del caso que se hicieron después, que esa gratuidad creó una relación de dependencia que tuvo efectos nefastos sobre Pankéyev, e impidió su cura.
Hoy podemos estar caminando temerariamente por esa senda: la de convertir los trastornos psy en vías para ser escuchados, abrazados, acariciados, compadecidos, entrevistados, editados, amados, seguidos en las redes… y disculpados cuando somos egoístas, crueles o malvados, de maneras que cronifiquen el egoísmo, la crueldad y la maldad. No soy yo, es mi salud mental. Hay un psychowashing igual que hay un purple-, un green- y un pinkwashing, y hay que combatirlo. Los trastornos de salud mental deben ser visualizados y comprendidos, y sus pacientes dignificados y no estigmatizados. Pero, por encima de todo, deben curarse y querer curarse.
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