Opinión
Trump dormido o durmiendo
Por David Torres
Escritor
En los últimos tiempos han trincado varias veces al presidente de los Estados Unidos durmiendo en medio de diversos actos oficiales, una conducta que ha despertado las sospechas del público estadounidense y hecho saltar las alarmas en la Casa Blanca. Los estadounidenses son muy raros y se inquietan al ver un viejecito durmiendo, cuando quizá deberían haberse inquietado al verlo ordenando el asalto al Capitolio o acariciando niñas en la isla de Epstein. A lo mejor es que, mientras duerme, Trump está soñando con los próximos países que va a bombardear o con el siguiente mandatario que mandará secuestrar: eso asusta a cualquiera. A Camilo José Cela le ocurrió algo parecido durante una sesión constitucional del Senado; le pillaron dando una cabezada y alguien le preguntó si estaba dormido. "No, qué va, no estoy dormido: estoy durmiendo”. “Pero viene a ser lo mismo". "No, señoría, no es lo mismo. Como tampoco es lo mismo estar jodido que estar jodiendo".
Esa sutil diferencia entre participio y gerundio marca la distancia entre el pueblo estadounidense y sus líderes: unos están dormidos y otros durmiendo, unos jodidos y otros jodiendo. Pese a ellos, diversos portavoces del gobierno se han apresurado a señalar que Trump jamás duerme en público, sino que esos momentos en que cierra los párpados y empieza a resollar corresponden a "parpadeos prolongados". A veces se prolongan durante veinte minutos, acompañados de ronquidos y borborigmos varios, aunque no tanto como los parpadeos de su electorado, que no ha abierto los ojos en un lustro. Los expertos dicen que, cuando echa las cortinas, el presidente en realidad está escuchando atentamente, tomándoselo con calma y concentrándose mucho.
Trump -que se reía de su antecesor, Joe Biden, cuando caía en uno de estos parpadeos prolongados, y lo llamaba "Sleepy Joe"- había olvidado lo aburrido que puede llegar a ser presidente de los Estados Unidos. Todo el día soportando un coñazo tras otro: que si hay que reabrir el estrecho de Ormuz, que si hay que ayudar a Netanyahu con sus genocidios, que si vamos a enviar setenta mil migrantes a Ceuta a ver si jodemos a Pedro Sánchez. El último de estos coñazos tuvo lugar durante el anuncio de los recortes en el calendario de vacunación infantil, algo que le da sueño a cualquiera.
La verdad es que debería quitarlo, porque los casos confirmados de sarampión a mediados de año en Estados Unidos ya rebasan ampliamente todos los registrados durante 2025. Mientras tanto, los epidemiólogos aseguran que ese aumento espectacular tiene mucho que ver con el hecho de que la cobertura de vacunación de la triple vírica en guarderías ha caído a un 92%. Por otra parte, la sanidad pública estadounidense está detectando entre la población infantil un alarmante repunte de otras enfermedades que, como la varicela o la tosferina, se consideraban prácticamente erradicadas. Esto no preocupa mucho a Trump, menos aún al secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., probablemente porque para la gilipollez no hay vacunas.
Durante su presentación, Kennedy dedicó buena parte del tiempo a alertar sobre la incidencia de las vacunas en los casos de autismo, un bulo desmentido por toda la comunidad científica desde hace décadas. Mientras Trump dormía a pierna suelta, el secretario de Salud temblaba sin parar, víctima de la disfonía espasmódica, una escena que parecía una secuencia descartada de Hot Shots, la madre de todos los desmadres, aquella entrañable tontería que era una parodia de Rambo y donde Lloyd Bridges interpretaba a un presidente de los Estados Unidos cuyo cuerpo estaba reconstruido con piezas artificiales de repuesto y que era capaz de pasarse un pañuelo por el cráneo a través de las orejas. Tal y como andan los Estados Unidos, mejor les iría con Lloyd Bridges despierto que con Donald Trump durmiendo, porque en cualquier momento, entre cabezada y cabezada, va a fichar de asesores científicos a Miguel Bosé y a Marcos Llorente.
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