Opinión
Trump el Pacificador

Por David Torres
Escritor
Varios de los momentos estelares de la carrera de Donald Trump tuvieron lugar durante sus actuaciones en la WWF, un espectáculo tan amañado como la política y casi igual de aparatoso. Trump subía al cuadrilátero vestido de Trump, con su traje de cinco mil dólares y su tupé de gárgola, mientras los demás luchadores lucían mallas y atuendos de colorines para resaltar sus músculos. Desde la antigua Roma, probablemente desde siglos antes, los combates de gladiadores disfrutan de un gran tirón entre la plebe, que apostaba a gritos por su campeón y su aparataje distintivo: espada y escudo, red y tridente, o bien, en el caso de Trump, una fortuna en la billetera y un gato muerto en la cabeza.
Pero no hay manera de competir contra el dinero, aunque seas Hulk Hogan, el Último Guerrero, el Enterrador o el subcomandante Marcos. Eso es lo que viene a decirte la WWF, las películas de Hollywood y la historia contemporánea: que los millonarios siempre ganan, que son inútiles las tácticas de guerrilla o la sentadilla eléctrica una vez que la plebe ha elegido ser Donald Trump (un tío Gilito dibujado en tres dimensiones) en lugar de Hulk Hogan. La preferencia tiene su lógica porque Hulk Hogan se quitaba el disfraz en cuanto salía del estadio mientras que Donald Trump seguía siendo él mismo las 24 horas del día.
Al igual que otros luchadores más bien morcillones, Trump podía haber subido al cuadrilátero en calzoncillos, fingido un vigor imponente y protagonizado una carrera de éxitos prefabricados entre las doce cuerdas. Sin embargo, optó por sacar su personaje a Wall Street y llevar la lucha libre de mentirijillas hasta la Casa Blanca. A fin de cuentas, en los ochenta el público estadounidense ya había escogido a un actor mediocre para hacer el papel del presidente; no había más que bajar un poco el listón y ofrecerle a un payaso gritón, un fantoche embustero y megalómano cuya obscenidad parece inverosímil. Lo habíamos visto antes muchas veces, en los westerns y en las películas de gángsteres, pero nadie podía sospechar que un villano insoportable en la ficción (prepotencia, chulería, mala educación, machismo, violación, vínculo directo con una red internacional de pederastas) en la realidad resultaría irresistible.
En el imaginario colectivo que ha impuesto al mundo, entre decisiones disparatadas y escupitajos al derecho internacional, Trump se ha erigido como un luchador invencible que bien podía denominarse a sí mismo “el Pacificador”, un título no del todo inmerecido si tenemos en cuenta que era el sobrenombre del revólver Colt con el que se saldaban tantos tiroteos en el Lejano Oeste. Ha vuelto a presumir de que él solito ha puesto fin a siete guerras interminables: la de Israel en Gaza, la de Congo y Ruanda, la de Tailandia y Camboya, la de Serbia y Kosovo, la de Armenia y Azerbaiyán, la de Egipto y Etiopía, y la de Israel contra Irán. Excepto una o dos que ni siquiera habían alcanzado el nivel de conflicto armado, y la de Gaza, donde es mejor hablar de genocidio, las otras guerras continúan en plena efervescencia bélica, lo que tampoco significa mucho para un mentiroso compulsivo que está a dos telediarios de reemplazar la ONU por la WWF.
Cuando los jóvenes revolucionarios del Mayo del 68 francés proclamaban aquel lema de “la imaginación al poder”, no contaban con esto. La imaginación de Trump no conoce límites y lo mismo echa mano de unos portaaviones para disparar el precio del petróleo que de un lapicero para ir repintando a su capricho el globo terráqueo. Cómo no será el colega que, a la hora de caracterizarlo como un tipo que no se detiene ante nada, su jefa de gabinete en la Casa Blanca, Susie Wiles, dijo que “tiene la personalidad de un alcohólico”. Trump, que no bebe ni una gota de alpiste, lo tomó un elogio. A veces he llegado a pensar, tras contemplar las catástrofes y las gilipolleces congénitas a la especie humana, si en realidad no seremos el reality de una civilización extraterrestre. Con Donald Trump tienen que estar pasándoselo en grande, como en un combate infinito de la WWF. Una de sus últimas ocurrencias fue pedir que añadieran su jeta al monte Rushmore, al lado de Washington, Jefferson, Roosevelt y Lincoln. Los expertos dicen que no hay sitio dónde colocarlo, pero lo mismo tira abajo el monumento y se esculpe allá en lo alto junto a Elon Musk, Mark Zuckeberg y Jeffrey Epstein.

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