Opinión
Trump y sus predecesores en la presidencia de Estados Unidos (y 3)

Por Ramón Soriano
Catedrático emérito de Filosofía del Derecho y Política de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla
Continúo y termino en esta tercera entrega mi exposición sobre los caracteres que acercan o separan a Trump de sus antecesores en la presidencia de Estados Unidos. En mis anteriores artículos trataba de los caracteres excepcionalismo, unilateralismo, imperialismo, seguridad, derecho internacional e intereses nacionales y vitales de Estados Unidos. Termino la lista con los tres siguientes:
Responsabilidad
Los presidentes proclaman que Estados Unidos tiene una especial responsabilidad por su condición de suprema potencia mundial, de la que depende la paz y el orden internacional. Ha sido tocado con la máxima fortuna y debe responder consecuentemente. La primera responsabilidad de Estados Unidos es ante Dios. La segunda, ante los ciudadanos estadounidenses y el mundo. Esta responsabilidad no le permite encerrarse en sí mismo y buscar exclusivamente su propio beneficio e interés, sino que tiene que abandonar su aislamiento e intervenir fuera de sus fronteras para asegurar la paz y extender los valores de la libertad y la democracia. El intervencionismo es un derivado de la responsabilidad y ésta una cuestión de responsabilidad moral ante Dios, el mundo y la ciudadanía estadounidense.
Puede llamar la atención del lector/a la conexión de la responsabilidad de los presidentes con Dios, acostumbrado a la laicidad, en mayor o menos grado, de las democracias europeas. Recuerden que los discursos de los presidentes siempre terminan con la coletilla “Dios bendiga a los Estados Unidos de América”. Pero la Constitución estadounidense no es laica. Dios está presente en ella. A diferencia de nuestra Constitución. Hubo un intento de Alianza Popular -embrión del actual PP- de situar a Dios en el preámbulo y primer artículo de la Constitución española, pero la enmienda fracasó.
Todos los presidentes piden la protección de Dios, pero algunos van a más y se sitúan en el marco del providencialismo. Como George Bush, que hablaba con frecuencia de su misión sagrada en el mundo, de la que veía signos externos en la situación excepcional de Estados Unidos como primera potencia mundial, el país que puede garantizar la paz mundial y el salvador de Europa de la tiranía en conflictos bélicos.
Ahora bien, la defensa de la paz mundial interesa a Estados Unidos, para asegurar y mantener su poder y liderazgo en el mundo; luego no es una cuestión moral exclusivamente, sino que atiende a los intereses propios de la gran potencia.
Trump sigue a sus antecesores en el cargo en esta cuestión. Con un toque de providencialismo, como cuando aseguró en su toma de posesión de la presidencia que Dios quiso que no muriera en el atentado de julio de 2024 en Pensilvania. “La bala de un asesino- decía- me atravesó la oreja, pero sentí entonces y creo, aún más ahora, que mi vida fue salvada por una razón. Dios me salvó para hacer a Estados Unidos grande de nuevo”. La referencia a Dios está presente en sus discursos en la misma medida que en los discursos de los presidentes.
Milicia y defensa militar
Es éste un tema muy tratado por los presidentes, porque consideran que es el instrumento para la permanencia de la hegemonía de Estados Unidos, la defensa de los intereses nacionales y la seguridad de Estados Unidos y de todo el planeta. Sin la milicia adecuada Estados Unidos desaparecería como la gran potencia que es, y con él sus altos ideales de extender por todo el mundo la democracia y la libertad. La alta responsabilidad de Estados Unidos ante el mundo le exige proveerse de un gran ejército. Y el conducto para llegar a tal fin pasa por un aumento drástico de los gastos militares. En la lista de los últimos presidentes destaca George Bush en la preocupación por el aumento de los gastos de defensa y de los miembros y la capacidad del ejército estadounidense. Impulsado por el ataque terrorista en suelo del país en septiembre de 2001 contra el Pentágono y las Torres Gemelas de Nueva York.
Por otro lado, los presidentes son más o menos renuentes a la firma de tratados y compromisos de no proliferación del armamentismo y proclives a la exportación de armas a los aliados y combatientes en conflictos bélicos, que actúan dentro de la órbita de sus intereses. Esta doble actitud de los presidentes está dando lugar a un proceso de nuclearización de algunos países situados fuera del control de Estados Unidos y como consecuencia el aumento de la inseguridad en el mundo. Dentro y fuera de Estados Unidos cada vez arrecian más las voces de quienes proclaman que la revolución militar estadounidense está haciendo al mundo mucho más inseguro de lo que ya lo era antes.
Trump destaca por ser uno de los presidentes más combativos en la necesidad de proveer a Estados Unidos de un gran ejército y se diferencia de sus colegas en la presión ejercida contra los miembros de la OTAN, para que aumenten su cuota de contribución. Les exige un inalcanzable 5% del presupuesto anual de estos Estados. La Unión Europea, cuyos miembros forman parte de la OTAN, tienen ahora la oportunidad de adquirir autonomía respecto a Estados Unidos y enfilar hacia la creación de un gran ejército propio, ante la imprevisibilidad e incertidumbre de las actuaciones de Trump, al que no le importa prescindir de ella en sus decisiones. Es el momento de que la Unión Europea se haga valer y abandone su papel de “perrito faldero” de la voluntad e intereses de Estados Unidos.
Soberanía
La soberanía es el autogobierno del Estado no interferido por poderes externos. Podemos distinguir entre un concepto débil de soberanía, que expresa que los Estados son formalmente soberanos, aunque su posición en la esfera internacional sea desigual. Y una acepción fuerte, que supone que todos los Estados tienen el mismo estatuto de derechos y obligaciones en las relaciones internacionales.
La posición de Naciones Unidas y del derecho internacional es el reconocimiento y la defensa de la soberanía de los Estados miembros de la organización, como hizo Naciones Unidas en la guerra de Irak a pesar de la presión de Estados Unidos y se ilustra en las resoluciones 1483, 1551 y 1546. Los Estados son igualmente soberanos.
Los presidentes estadounidenses aceptan la igual soberanía de los Estados, pero lo desmienten en la práctica. Los divide en dos grandes bloques: el de los Estados libres y democráticos y el de los Estados frágiles o canallas (actores o cómplices del terrorismo), concediéndoles a los primeros la plena soberanía y no a los segundos.
La actitud de los presidentes es contraria en la práctica de los hechos a un principio básico de la tradición del derecho internacional, que es considerado como un principio constituyente del orden internacional. Un principio que vale por sí mismo y es compatible con la desigualdad sociológica o real de los Estados en la comunidad internacional, donde unos Estados son dependientes y otros hegemónicos. Suprimir el principio de soberanía de los Estados, porque la sociología internacional demuestra la desigualdad de los mismos, lleva a conceder una ilimitada licencia a favor del Estado hegemónico y a la sustitución del Estado de Derecho en la esfera internacional por la ley de la fuerza.
Trump sigue y supera a sus antecesores en el cargo en el doble concepto de la soberanía. Con la diferencia de que apenas lleva unos días ejerciendo la presidencia de Estados Unidos y ya se ha convertido en cómplice de dos consumados infractores (Rusia e Israel) de la soberanía ajena (de Ucrania y Palestina) en la ejecución del máximo delito posible como es la apropiación violenta del territorio de ambos países. Y ha declarado tener la intención de apropiarse del canal de Panamá y de Groenlandia.
Concluyendo, tras mis tres entregas sobre la proximidad o el alejamiento de Trump respecto a los últimos presidentes, diría que el actual presidente estadounidense es más rompedor que ellos: más excepcional, unilateral, imperialista, contrario al derecho internacional, defensor de los intereses nacionales, impulsor de una milicia compartida con los aliados y vulnerador de la soberanía e integridad territorial de Estados miembros de Naciones Unidas. Pero no deja de ser un eslabón más en una línea continuista en la política exterior de Estados Unidos.
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