Opinión
¿Cuándo fue la última vez que bailaste hasta evaporarte?
Por Paco Tomás
Periodista y escritor
Lo que nadie esperaba era que ella volviera a hacerlo. Y lo hizo. Porque lo que ha conseguido Madonna con Confessions II ya no es simplemente uno de los mejores álbumes de una carrera que recorre 43 años. Es todo un ensayo sobre la pista de baile como dispositivo revolucionario.
Escuchar el último trabajo de Madonna es una experiencia sensorial que comunica con todas esas áreas del cerebro que almacenan nuestros recuerdos autobiográficos y que, nada más iniciar el primer corte del álbum, I feel so free, nos evoca esa entrada en el club, cuando la celebración aún está a escasos metros de ti, detrás de esas puertas que insonorizan y protegen la magia de la corrosiva autoridad de lo cotidiano. Los graves, que retumban en los altavoces como latidos de tu propio corazón, abren camino a un pensamiento: ¿cuándo fue la última vez que bailaste hasta evaporarte, hasta fundirte, en una fina niebla, con los demás?
Y no, no me refiero a saltar en un concierto, ni a levantar los brazos al ritmo de un lololo, ni a ese balanceo de muñeco que se va quedando sin pilas y que muchas veces adoptamos cuando suena música y tenemos una copa en la mano. Hablo de bailar hasta olvidarte de ti mismo, hasta crear una identidad diferente, como dice la canción, que te permita entrar a formar parte de un organismo superior. Cerrar los ojos, bailar y sentirte libre.
En este ensayo, Madonna recupera la pista de baile como el dispositivo revolucionario que siempre fue y que necesitamos reivindicar en tiempos de desmovilización e individualismo. Fijaos cómo baila Donald Trump y entenderéis contra lo que hay que luchar. La escritora y feminista Emma Goldman contaba, en su autobiografía, que un compañero anarquista la regañó por bailar animada en tiempos de lucha, dando a entender que la alegría era incompatible con el compromiso político. Su respuesta, con el tiempo, se ha ido transformando en una máxima que no deberíamos olvidar: "Si no puedo bailar, tu revolución no me interesa". Si tu propuesta de cambio castiga mi expresión vital, conmigo no cuentes.
El baile es una herramienta de liberación y expresión política que utilizamos para desafiar las reglas. Algo que las comunidades que hemos habitado los márgenes de la sociedad entendimos a la primera hostia y a la segunda mala cara. Buscamos espacios seguros que, muchas veces, estaban en un club de baile en medio de la noche. Y ahí, rodeados de personas que buscaban lo mismo que tú, rompías el miedo creando comunidad. Personas que entendían que bailar le hacía bien al alma. Ya fuera en un club nocturno de los años 20, donde las mujeres afroamericanas bailaban un ritmo que les permitía mover su cuerpo de una manera casi descontrolada, o en un ballroom en el Nueva York de los 80, donde las personas queer encontraban una verdadera familia. Las primeras bailaban charleston; las segundas, voguing. Todas dinamitando jerarquías, agitando el cuerpo reclamando un espacio y una autonomía.
"People think that dance music is superficial", dice Madonna al inicio de One step away. Es increíble que, tras siglos de humanidad, tengamos que seguir justificándonos por divertirnos, como si eso le restase trascendencia a nuestro paso por la vida. Creemos que el trabajo dice más de nosotros que nuestra manera de disfrutar y eso es falso. La propia esencia del ser humano está más cerca de nuestra capacidad de reivindicar la alegría y gozar del placer que del sometimiento remunerado que nos impone un sistema que siempre nos usa como mano de obra barata.
De ahí que la derecha lleve años intentando hurtar nuestra ilusión, nuestra alegría, nuestra capacidad de disculpar los errores, ajenos y propios, y critique que sigamos bailando con la que está cayendo. Y lo hace machacándonos con escenarios apocalípticos, con matones que nos devuelvan a los armarios y con insultos disfrazados de bromas. Olvidan que cuando uno sale a la pista de baile, la unión hace la fuerza. Que, como explica Madonna, la pista de baile deja de ser un lugar para convertirse en un umbral, en el acceso a un estado emocional superior.
Madonna sabe que, para las comunidades LGTBIQ+, la pista de baile ha sido donde muchos de nosotras hemos sanado las heridas, donde nos hemos encontrado con personas que han entendido la violencia y el trauma al que habíamos sobrevivido porque ellos mismos ya lo habían padecido. Hemos llorado bailando, nos hemos morreado, nos hemos enamorado, nos hemos abandonado, nos hemos engañado, nos hemos travestido, incluso los hay que han follado (yo nunca me atreví a tanto) en la pista de baile, en una entrega absoluta a la pulsión que nos hace humanos.
En cada capítulo de este Confessions II también hay espacio para todo lo que rodea a esa pista de baile. Para el romance repentino, para la atracción física, para los aseos, para las confidencias, para el lenguaje no verbal, para el deseo y la euforia, para la profilaxis emocional que nos permite sobrevivir a la hostilidad del exterior. De hecho, en Madrid, las mejores fiestas, las más icónicas, siempre han sucedido en gobiernos de derechas. Porque necesitábamos la pista de baile para superar tanto espanto.
El álbum también es una bofetada en la cara de todas esas que alguna vez te dijeron "ok, boomer", como si tu opinión fuera anticuada o paternalista, desde esa superioridad, a veces insolente, de la generación zeta. Esa expresión, profundamente edadista, en la que Madonna, a sus 67 años, se mea. Porque ella, que en cada aparición mediática recibe comentarios insultantes vinculados a su edad, a su manera de envejecer, cuestiona precisamente lo que se supone que debemos hacer a medida que cumplimos años. Por ejemplo, seguir reivindicando nuestro espacio en la pista de baile. No os podéis hacer una idea lo revolucionario y disruptivo que es ver a un hombre marica, o a una mujer lesbiana, de más de 60 años dándolo todo en una pista de baile. Eso sí que es queer y no esas uñas pintadas de negro.
Por todo eso, levántense y bailen. Por nuestro bien.
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