Opinión
La ultraderecha y la máquina del bulo a todo trapo

Por Miquel Ramos
Periodista
La imagen de dos ancianos en ropa interior en mitad de la calle rodeados de varios jóvenes vestidos de negro y encapuchados, circuló este fin de semana por redes sociales, entre un alud de videos y fotografías de los disturbios en Francia. Ancianos que, según decían quienes difundieron la instantánea, habían sido desnudados y humillados por los manifestantes, la mayoría de ellos de origen extranjero, musulmanes, y también izquierdistas radicales. Conocidas cuentas de extrema derecha amplificaron la historia, y el propio Santiago Abascal la compartió. Pero la escena nunca existió. Se trata de un vídeo realizado mediante inteligencia artificial del que alguien había capturado un fotograma y le había dado el contexto intencionadamente. El video, de hecho, muestra que, tras la escena de los ancianos en la calle, ambos entran en un establecimiento donde hay decenas de personas mayores en ropa interior bailando, sonriendo y levantando sus copas.
La ultraderechista Silvia Orriols, lideresa de Aliança Catalana, publicaba estos días en sus redes un video de una manifestación en París en la que se enarbolan banderas palestinas. “No es una revuelta estudiantil francesa, es el avance del Estado Islámico en territorio europeo”, titulaba su publicación. A pesar de que varios usuarios le demuestran que está usando una imagen de un acto del año pasado contra el genocidio en Gaza, y no una imagen del pasado fin de semana, su publicación sigue en línea, sin corregir ni una coma. Tampoco Abascal ha borrado su tuit de los ancianos semidesnudos, ni ha corregido nada. Ni ellos ni las miles de cuentas de la extrema derecha que han reproducido esos bulos con una consigna idéntica: izquierdistas, migrantes y musulmanes provocan violencia y quieren destruir la civilización europea.
Los llaman ‘islamoizquierdistas’, la misma fórmula que usaban los nazis para relacionar a los judíos con el marxismo: judeobolcheviques. Estos nuevos fascistas usan el mismo guion que sus padres ideológicos, solo que han cambiado al judío por el moro. Pero la plantilla es la misma, y el proceder, idéntico: culpar a las personas migrantes de todos los males y esconder los problemas estructurales del capitalismo, los que generan las miserias que han sacado a decenas de miles de personas a las calles a protestar, bajo una supuesta amenaza civilizatoria protagonizada por migrantes e izquierdistas y que se escenifica con los disturbios. La misma canción en todas partes, los mismos bulos, las mismas mentiras y la misma impunidad.
Estos dos ejemplos recientes no son únicos ni anecdóticos, sino que son una muestra de lo que es y hace la extrema derecha. Usar la mentira, la inteligencia artificial, la criminalización y deshumanización de determinados colectivos para alimentar los odios que nutren a sus seguidores. Para, como aconsejó el estratega neofascista Steve Bannon, flood de zone with shit (inundarlo todo de mierda), así dejamos de discernir entre lo real y lo falso, jugando con los sesgos de confirmación que refuerzan los prejuicios y provocando que la búsqueda de la verdad, el comprobar si algo es o no cierto, genere demasiada pereza.
Entre tanto ruido y muchos otros ejemplos de manipulación y desinformación de la extrema derecha a propósito de las protestas contra el coste de la vida en Francia que derivaron en disturbios, el pasado domingo se coló otro bulo mucho más infame. Unos días antes, una anciana fue asesinada en Burgos por dos jóvenes que entraron a robar en su casa. Alguien quiso usar el crimen para, como hacen habitualmente los ultraderechistas en sucesos similares, culpar a los moros. Varias cuentas de extrema derecha empezaron a difundir la foto y los nombres de dos jóvenes de origen árabe a los que culpaban del crimen. En los comentarios había un alud de discursos racistas, de amenazas de muerte y los relatos habituales de la extrema derecha. Sin embargo, los dos jóvenes de la foto no tenían nada que ver con el crimen. Eran dos chavales catalanes que, al despertar de la siesta del domingo, se encontraron con sus teléfonos echando humo, llenos de mensajes y llamadas de amigos y familiares que habían visto la noticia y se preguntaban qué había pasado.
La reacción de varios internautas para desmontar el bulo fue tremendamente eficaz. A lo largo de la tarde se localizó su origen y a sus principales difusores. Los jóvenes cuyas fotos habían sido utilizadas para la campaña ultra dieron la cara para desmentir la noticia, y la presión de cientos de personas contra los que reproducían la mentira obligó a varios de estos ultras a rectificar públicamente o a cerrarse la cuenta por miedo a las denuncias. Pero nada de eso les va a librar. Todo quedó registrado y certificado para las acciones legales que ya están en marcha.
Usar la imagen de dos chicos al azar, de origen árabe (aunque nacidos aquí y tan catalanes como cualquier otro) para difundir una noticia falsa tan bestia, y con las consecuencias que eso puede tener para estas personas, nos enseña el tipo de gentuza al que nos enfrentamos. La basura con la que nos toca lidiar amparada por el anonimato y reforzada por los principales líderes de la extrema derecha, que con su uso habitual de la desinformación enseñan a sus seguidores el camino a seguir. La desinformación y el discurso de odio, todo empacado con una intencionada emocionalidad, son la principal munición que emplean hoy los ultraderechistas para generar un clima de miedo y rabia que pretenden capitalizar.
Poner freno al odio y a la desinformación, desmontar los bulos y exponer a sus autores no debería recaer únicamente sobre los periodistas y los internautas. Hay una indolencia institucional que deja vía libre a estos artefactos de la ultraderecha, que tienen como objetivo destruir la convivencia y la propia democracia. Hasta que las instituciones no apunten a los responsables de albergar y promocionar las mentiras y los odios de la extrema derecha, van a dejar a su ciudadanía a los pies de los caballos. Que expongan tu foto y te acusen de matar a una anciana, lo que le sucedió a Youssef y a Ahmed no se puede normalizar. La ciudadanía queda a merced de los caprichos y las tentaciones neofascistas de los tecno-oligarcas, los principales aliados de las extremas derechas que se dedican a difundir este tipo de bulos, a promover pogromos y a cruzar todos los límites de lo aceptable en cualquier disputa política. Esto va mucho más allá de cualquier debate. Es pura supervivencia. O las instituciones hacen pagar a los dueños de las máquinas, o las máquinas acabaran por devorarlos a ellas también.



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