Opinión
Unidad: la pregunta no es quiénes se juntan

Por Sergitz Moreno
Secretario Político de Sumar Mugimendua
-Actualizado a
Son muchas las tristezas en este cambio de época. Podemos —y debemos— hablar de una Palestina que se desvanece en el ruido diplomático de falsos planes de paz; de la ola reaccionaria, trumpista y quintacolumnista que avanza en nuestro país con viento a favor, tratando de exportar a nuestros pueblos y ciudades el terror y la violencia que el ICE siembra en Mineápolis; o de la inacción del Ministerio y de los gobiernos autonómicos ante la vulneración sistemática del derecho a la vivienda. Pero hay algo que late con la misma intensidad bajo la superficie: la sensación de que el horizonte se ha encogido y, con él, nuestra propia imaginación política.
Decía Gramsci que cuando lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de nacer, emergen los monstruos. En estos tiempos grises de precariedad, discursos de odio y mentiras negacionistas, la incertidumbre ha dejado de ser un estado de ánimo y se ha convertido en una condición estructural que reordena prioridades, altera lealtades y desplaza expectativas. Primero protegerse, después transformar; primero asegurar lo poco que queda, luego —si acaso— imaginar algo distinto. Pero en este interregno —confuso, áspero, lleno de ruido— se está decidiendo también quién fija el sentido común, quién delimita lo posible y quién logra traducir el malestar social —y también los deseos de una vida mejor— en una mayoría capaz de orientar el rumbo del país.
La extrema derecha no avanza sólo por financiación, altavoces ni alianzas internacionales, sino porque ofrece un espejismo de orden en medio del desconcierto: identidad como sustitutivo de derechos, pertenencia como compensación a la precariedad, el último convertido en chivo expiatorio para el penúltimo. Y mientras tanto, el sentido común progresista —consciente del peligro y armado de una racionalidad prudente, casi antiapocalíptica— ha desplazado su energía desde la disputa del futuro hacia la mera administración del riesgo. De construir mayorías con ambición hegemónica a conformarse con minorías suficientes; de articular un proyecto de país —para la próxima década— capaz de reordenar las reglas del juego, a limitarse a impedir que esas reglas se endurezcan. La conversación pública ya no gira en torno a qué mundo queremos construir, sino a cuánto deterioro podemos evitar. Y cuando la política se formula en términos de contención permanente —cómo impedir que el bloque reaccionario consolide su ofensiva cultural, institucional y económica— la democracia se vuelve defensiva: puede contener los daños durante un tiempo, pero no organiza la esperanza.
En las últimas semanas, en medio de este clima de incertidumbre y repliegue, se ha abierto un debate necesario sobre cómo articular el espacio progresista para el ciclo que viene. No es un debate menor ni coyuntural: responde a una intuición compartida por buena parte de la ciudadanía, que percibe que limitarse a gestionar equilibrios frágiles ya no basta para frenar el retroceso ni para mejorar su vida cotidiana. Tanto el gesto de Gabriel Rufián como el relanzamiento el 21 de febrero de una alianza de izquierdas que aspira a ir más allá de sí misma, expresan esa incomodidad con la inercia y la voluntad de explorar fórmulas nuevas. En este contexto, la decisión de EH Bildu de cerrar en falso la conversación y priorizar un entendimiento electoral con la derecha nacionalista vasca clarifica posiciones: optan, una vez más, por anteponer el eje identitario a la construcción de una alternativa social amplia. Es una elección legítima, pero que dejaría sin respuesta —si la izquierda plurinacional nos resignáramos a ese marco— una demanda evidente en la ciudadanía progresista vasca: la de contar con una opción inequívocamente popular y de izquierdas que no termine orbitando en torno al entramado económico y energético que ha condicionado durante décadas la política vasca.
Por tanto, en un cambio de época, la pregunta decisiva no es quién se junta, sino hacia dónde se camina. Si otros actores han definido con claridad su dirección, la izquierda no puede limitarse a coordinar fuerzas: tiene que disputar el rumbo. La unidad no precede al proyecto; nace de él. Confundir el orden de los factores es uno de los errores más repetidos de nuestro tiempo, y es que existe un fetichismo confortable en creer que la suma puede sustituir a la propuesta, que basta con reagrupar el espacio ya movilizado para producir novedad. Pero la aritmética no genera horizonte. Cuando el debate se reduce a cómo compactar el electorado, la energía política se concentra en el perímetro conocido y se abandona la tarea decisiva: ampliar el campo, hablarle a quienes se han desenganchado porque dejaron de percibir en la política una promesa creíble de mejora. Y conviene, además, decirlo sin ingenuidad: la política no funciona por mera agregación, sino por expansión. Cuando las alianzas se construyen únicamente sobre electorados ya movilizados y no logran convocar a quienes hoy están fuera, lo que parece suma puede convertirse en pérdida: al solapar expectativas, diluir perfiles y producir desafección adicional. En otras palabras, no siempre añadir actores implica ampliar voluntades.
Por eso es imprescindible distinguir entre unidad defensiva y unidad ofensiva. La primera se construye desde el miedo y se organiza en torno a la contención: juntarnos para que no gobiernen otros. La segunda, en cambio, nace de la ambición estratégica y se articula en torno a una idea de país capaz de ordenar el tiempo que viene: no sólo impedir retrocesos, sino fijar el rumbo, marcar prioridades y ampliar lo posible. La diferencia no es retórica, es estructural. Cuando la unidad se convierte en un fin en sí mismo comienza una secuencia lógica: primero se aceptan como propios los límites que marca quien ocupa la centralidad del tablero —hoy el Partido Socialista—; después se desdibujan los perfiles propios para no tensionar la cohesión del espacio "unido a su izquierda"; finalmente, la apelación al voto útil emerge como desenlace coherente, porque si el objetivo ya no es disputar el rumbo sino evitar el mal mayor, lo racional es concentrar el apoyo en quien tiene más opciones de ganar —y la ley electoral se invocará entonces como argumento técnico para justificar esa decisión política—. No es un giro repentino, sino un desplazamiento paulatino: de la aspiración de marcar la agenda a la aceptación de jugar en la partida de otros.
La tarea, por tanto, no es sólo reorganizar el espacio progresista, sino ampliarlo. Si el electorado decisivo no está mayoritariamente repartido en otras papeletas, sino en quienes hoy miran la política con escepticismo o fatiga, entonces la prioridad no puede ser compactar lo existente, sino reconstruir confianza. Recuperar esa mayoría significa volver a vincular la democracia con resultados tangibles: vivienda accesible, tiempo para vivir, seguridad material frente a la precariedad laboral, servicios públicos que funcionen. Significa hablarle a quien no llega a fin de mes, a quien no puede emanciparse, a quien siente que el sistema promete más de lo que entrega.
Lo que está en juego no es el futuro de las organizaciones, sino el de la gente que habita este país compartido. Por eso la cuestión no es quién lidera ni qué sigla ocupa más espacio, sino cómo las fuerzas progresistas vuelven a ser útiles para ampliar derechos, redistribuir poder y demostrar que la democracia no es sólo un dique frente al miedo, sino la mejor herramienta posible para vivir mejor. Ganar, en definitiva, no es resistir mejor que el adversario, sino ensanchar el horizonte y recuperar el hambre de futuro. Un futuro que no sea la prórroga defensiva de un presente precario, sino un proyecto en el que más gente quiera —y pueda— reconocerse y participar en él.
Yolanda Díaz recordaba recientemente una vieja intuición de Deleuze: el poder nos quiere tristes. Quiere ciudadanas y ciudadanos cansados, resignados, convencidos de que la política es apenas gestión de daños y que aspirar a algo más es ingenuidad. Frente a ello, quienes tenemos el firme optimismo militante de que la vida puede cambiar para mejor, debemos asumir una tarea aún más exigente que la mera resistencia: producir confianza y ambición colectiva. No una euforia vacía, sino la convicción material de que podemos ser más útiles. En estos tiempos atravesados por el miedo, la verdadera audacia consiste en disputar el ánimo social, en negarnos a aceptar que el horizonte esté clausurado. Y para ello, la unidad será condición necesaria, sí, pero lo que realmente marcará nuestro destino será la capacidad de ofrecer un proyecto que despierte energía, que convoque inteligencia y que vuelva a hacer deseable la participación. Sabemos que la historia no está escrita, que dependerá de quién se atreva a imaginarla y, en último término, de quién tenga el valor de organizarla.
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