Opinión
Vacaciones en la emergencia climática
Escritora y doctora en estudios culturales
Un grupo de turistas se queja amargamente de que su crucero por el Danubio –cuyo caudal de agua se encuentra en mínimos históricos– ha acabado convirtiéndose en una larga trayectoria en autobús. Leo la noticia y me imagino a esos señores airados gritando: ¡Paren la emergencia climática, que quiero continuar mis vacaciones!, mientras frunzo el ceño y tuerzo, a lo Valle-Inclán, la boca. El año pasado, cientos de pasajeros expresaban su ira en redes porque el Ministerio de Transportes había ordenado detener aquellos trenes cuya circulación era materialmente imposible o suponía un riesgo alto para la salud, pues las vías se encontraban muy cercanas a unos devastadores incendios. Cada verano, escuchamos historias parecidas de planes paradisíacos cancelados, viajeros estacionales llegando a playas asfixiantes debido a otra ola de calor; de tráfico cortado por alguna catástrofe de ésas que van acumulándose con motivo del incremento imparable de los gases de efecto invernadero, exactamente tal cual viene avisando la ciencia desde hace, al menos, medio siglo. Por mucho que una pueda sentir compasión por esos seres desamparados frente a los contratiempos, lo interesante del patrón que se repite es que no suele generar una reflexión colectiva sobre el caos ecológico fabricado por la mano humana, ni una mudanza de costumbres en una época, la estival, en la que aumenta el peligro.
Opera en el imaginario social, en el mejor de los casos, una suerte de cambio climático que siempre afecta a otros, mientras a mí me correspondería seguir volando o navegando según el pack previamente reservado. Meses de trabajo a destajo bien merecen un descanso –eso es incuestionable, y lo garantiza la conquista laboral de las vacaciones pagadas–, pero seguir alimentando la maquinaria del turismo masivo supone un error desde cualquier argumentario coherente. No sólo se trata de una de las industrias más contaminantes, destructora de los espacios originales y creadora de no-lugares homogéneos y alienantes; también sabemos que desplaza a los vecinos y contribuye sobremanera a la ya desbocada crisis habitacional. Pero es que, además, por los desplazamientos que implica y la sobrecarga de los servicios públicos diseñados para la población autóctona –no para oleadas de gentío–, el turismo es una industria vulnerable, sostenida sobre la ilusión de un planeta estable que ha dejado de existir. ¿Culpar a los gobiernos, a las empresas del sector? Quizá contenga un componente terapéutico que permita descargar la rabia; sin embargo, el problema estructural (ése siempre afectado por la ceguera común) es la emergencia climática. En otras palabras: tu crucero no sale porque no ha llovido.
La sequía en Europa ha obligado a apagar reactores nucleares en Francia, Rumanía y Hungría, a falta de ríos caudalosos que puedan refrigerarlos. Esto ha desencadenado cortes del suministro eléctrico que, en el caso de Hungría, afectan al alumbrado público y a los trenes de mercancías. Se les ha pedido a los ciudadanos, además, que consuman menos electricidad, en el contexto de unas temperaturas infernales que muchos querrían soportar con el aire acondicionado encendido. También el Rin anda escaso de agua, y por él circulan materiales indispensables para la economía y alimentación alemanas, así que es previsible que el abastecimiento se reduzca, considerando que la meteorología no augura alivios a corto plazo. Los incendios televisados (recordemos Madrid, Ávila, Francia, Atenas…) representan el síntoma indiscutible de una Europa cada vez más seca, incluso allá donde las borrascas son casi un símbolo patrio, como en Gran Bretaña. ¿Adónde habrán ido el verde de los campos y el frescor estival? ¿Entenderá el turista la imposibilidad climática de que todo siga como siempre? ¿O habrá que recordarle las 10.000 muertes atribuibles al calor de junio en Europa, las 3.000 españolas de este 2026?
Vamos saltando de crisis en crisis; intentando apagar un fuego cuando ya ha surgido el siguiente; respondiendo sobre la marcha a una situación de excepcionalidad histórica que, no obstante, se ha mudado ya a nuestra cotidianeidad, nacional y global. Y, en este nuevo marco de gravedad extrema y carencia de previsión, no sólo se multiplican el negacionismo climático y el poder de las formaciones políticas que lo enarbolan, sino que la gran mayoría ciudadana ejerce otro daño tal vez más preocupante: el de la huida hacia adelante; esto es, la connivencia con una inercia destructiva. Me pregunto si un día despertaremos, o seguiremos llorando por el crucero perdido, el vuelo demorado o la ruta que desvían las llamas de Sexta Generación. Al menos, si se elige proseguir con las dinámicas habituales, que sea con la plena conciencia que el turismo puede transformarse, en cualquier momento, en un deporte de riesgo.
Comentarios de nuestros socias/os
¿Quieres comentar?Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.