Opinión
Vasallos de trumpilandia

Por David Torres
Escritor
-Actualizado a
Hace mucho tiempo que Europa no pinta gran cosa en el pifostio ése de las relaciones internacionales, pero no estaría mal reconocerlo. En uno de los muchos momentos magistrales de El topo, la novela de John le Carré, George Smiley revela a un aterrado ministro de Asuntos Exteriores que del antaño todopoderoso imperio británico ya no quedan ni los rabos, que la KGB y la CIA están utilizando al MI6 como si fuese un teléfono. En la navidad de 1991 se derrumbó la URSS, lo que dejó a la OTAN en pelotas, sin la excusa ideológica de su funcionamiento, y demostró que lo que había detrás de la Guerra Fría y la política de bloques no era más que una reedición de lo que hubo siempre: un choque de poder entre bandas de matones -China, Roma, Cartago, Mongolia, Turquía, Francia, España, Inglaterra, Japón, Alemania. Frente al oso ruso, al águila estadounidense o al dragón chino, Europa no es más que un museo de antigüedades, un yacimiento de fósiles.
Sin embargo, los fósiles se resisten a extinguirse y ahí está el memo de Macron, pegando barrigazos bajo las alambradas para vender cupones del ejército, intentando hacer la mili al estilo Abascal: con mucho retraso. Lo de reclamar la unidad europea frente a la amenaza de Putin es un sapo difícil de tragar por varias razones; la primera, porque las naciones europeas siempre han estado a hostias entre ellas desde que se fundaron; la segunda, porque la cacareada Unión Europea no es más que un guateque de banqueros, tenderos y agiotistas; la tercera, porque apenas acababan de timarnos con la filfa de la Novena Sinfonía de Beethoven, llegaron la limpieza étnica en los Balcanes y el saqueo bancario a Grecia.
No obstante, existe una razón más urgente que nuestros afamados líderes de Bruselas han decidido ignorar siguiendo el consejo de los tres monos sabios del budismo: no veas a Trump, no oigas a Trump, no hables de Trump. De acuerdo que Putin es un chungo de marca mayor que va de la homofobia a la masacre pasando por el polonio, pero seguir tendiendo la mano al Hermano Mayor, al Amigo Americano que vino a rescatarnos en la playa de Omaha, puede ser la mejor manera de quedarnos mancos. Se aconseja desconfiar de un amigo que te pone aranceles, te aparta de las negociaciones de paz como si fueses imbécil, te niega el visado, te obliga a comprarle armas hasta que te arruines o te sabotea dos gasoductos en Noruega. Hombre, no me hagan mucho caso, pero más que un aliado o un amigo, Trump parece el jefazo de la empresa agarrando a Bruselas del coño.
A punto de cumplirse el primer cuarto de siglo del milenio, el mamarracho que dirige la Casa Blanca está golpeándose el pecho como un gorila macho marcando territorio. A estas alturas del disparate general en que consiste su segundo mandato, no es fácil saber si Trump pretende invadir Venezuela, pretende invadir Groenlandia, pretende invadir las dos a la vez, ninguna, o está utilizando las intimidaciones sobre una para distraer de las amenazas sobre otra. Desde la marquesina panocha de su pelo, siempre en precario equilibrio sobre la calva, Trump tiende a la expansión geográfica, al ansia por plantar sus zapatones más allá de los límites impuestos por la Constitución estadounidense y el genocidio indio. Quiere convertirse en emperador mundial -un Gengis Kan de grandes almacenes-, pasando por alto el hecho de que Estados Unidos renunció desde su fundación al estatus de imperio a cambio del canibalismo.
También se ha pasado, esta vez por debajo, el derecho internacional, la integridad territorial y las protestas europeas en su delirante reivindicación de Groenlandia. Para defender su anexión, Trump asegura que Estados Unidos estuvo allí hace tres siglos, antes que los daneses, aunque donde estaba realmente Estados Unidos hace tres siglos era en el cojón izquierdo del padre de George Washington. No puedes explicarle aritmética ni historia elemental a un bebé iracundo de 79 años, sobre todo cuando tiene muchas ganas de hacer historia a fuerza de eructos y un sonajero nuclear en las manos. Europa, como Hamlet, tendrá que conformase con no ser cuando lo único que le va quedar de 2025 es la rima.
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