Opinión
Tu vecino no está polarizado, es que es mala gente

Por Silvia Cosio
Licenciada en Filosofía y creadora del podcast 'Punto Ciego'
En la madrugada del pasado 11 de septiembre, durante el inicio de las fiestas de San Mateo en Uviéu, un grupo de ocho energúmenos atacaron y les dieron una paliza brutal a dos voluntarios de AMA Asturies, Rubén Rosón, antiguo concejal de Somos, y Jorge Fernández, cuando estos intentaron evitar que los aprendices de matones vandalizaran y arrancaran la bandera arcoíris de la caseta de la asociación. Lo hicieron además al grito de consignas racistas y homófobas y, sobre todo, al de “Arriba España”. Esa España que les sirve algunos como excusa para darte una bofetada, una patada en la cabeza cuando yaces inconsciente en el suelo o fusilarte y enterrarte en una zanja. Esa España pequeña con olor a naftalina en la que solo caben ellos. Esa España en la que sobramos más de la mitad de los españoles.
Podríamos hacernos los tontos y decir que esta agresión llegó de la nada. Que nos pilló por sorpresa. Pero ya somos todos demasiado mayores para seguir haciéndonos trampas al solitario. Para seguir fingiendo. Porque el ambiente estaba más que caldeado de antemano. Pues apenas una semana antes se habían convocado manifestaciones que, con la excusa de la emergencia humanitaria de Ceuta, habían servido de coartada para dar rienda suelta al racismo, a la xenofobia y a los más bajos instintos de algunos de nuestros vecinos. Todo esto patrocinado por dos partidos políticos -PP y VOX- que aspiran a gobernarnos a todos, incluyendo a aquellas personas con un color de piel, una religión y una ideología distintos a las suyos.
Las plazas se llenaron de gente que ondeaban banderas de esa España que te echan a la cara como un insulto, de esa España que excluye y odia, junto con tipo de símbolos franquistas y de extrema derecha, de gritos racistas, de amenazas e insultos a periodistas y hasta de amagos de pogromos contra las personas migrantes -o simplemente con apariencia de serlo, aunque solo fuera una niña-. Una violencia física y verbal legitimada por la presencia nutrida en las marchas de numerosos representantes de la clase política de las derechas, incluyendo a alcaldes y alcaldesas, entre ellos la señora que rige mi ciudad, Xixón, o el regidor de Uviéu. Ya días antes, el diputado de Vox, José María Figaredo -como asturiana me veo en la obligación de pedir perdón por haber dejado que este tipo ridículo campe a sus anchas por el Congreso- había llamado a “cazar” a las personas que cruzaron la frontera en Ceuta. Seres humanos que de un plumazo se convirtieron en poco más que animales, en una plaga a eliminar a cualquier precio.
Acostumbrados a la deshumanización del migrante como parte del discurso político mainstream, y con la coartada de la emergencia y la excepcionalidad histórica a golpe sensacionalista de titular que apenas deja sitio a la reflexión, hemos normalizado una violencia que, como sociedad, debería resultarnos tan escandalosa como intolerable. Pero no es el caso. Y mientras unos señalan, los idiotas comienzan a actuar. Y lo hacen porque se sienten legitimados, pero no solo por quienes están sacando rédito político -y económico- de este odio inducido, sino por quienes les jalean -muchas veces amparados cobardemente en el anonimato- en redes o se apuntan a las listas del telegram donde campan a sus anchas la desinformación y el discurso de odio, esas personas que votan sin pestañear a quienes han puesto una diana en la espalda de las mujeres, el colectivo LGTBIQ+, las personas migrantes, la gente racializada o quienes profesan el islam, pensando estúpidamente que ese odio no se volverá contra ellos como un boomerang.
Pero esas personas no son una entelequia, ni un estereotipo de malo sacado de un telefilm, o unos monstruos. Sino que son algunos de nuestros vecinos, de nuestros amigos, de nuestros compañeros de trabajo, de gimnasio o familiares. Gente del barrio con la que te cruzas todos los días, personas a quienes saludas o sonríes amablemente, a quienes dejas pasar delante en la cola del súper porque solo llevan un par de cosas, esos colegas con quienes vas a tomar unas cañas de vez en cuando, o los primos a los que solo ves en celebraciones familiares, funerales o en Navidad. Gente aparentemente civilizada -incluso amable y cariñosa contigo- que en mitad de una comida dan rienda suelta a sus prejuicios sin pudor. Esos hombres y mujeres que ayudan a extender el odio y que hacen el trabajo sucio y cotidiano de normalizar el fascismo y que allanan el camino de los alcaldes que se disfrazan de abuelito bonachón a la vez que insinúan que algo habrán hecho los agredidos porque está seguro de que los matones son buenos chicos que tienen también derecho a dar su versión de los hechos. Esa gente corriente, de andar por casa, que banaliza el mal hasta que este se convierte en algo cotidiano. Aceptable.
Porque lo de Uviéu no sucedió de la nada, como tampoco lo hicieron Gaza, Auschwitz-Birkenau, Timor Oriental o Ruanda. Pues el odio y la violencia -de cualquier tipo- al diferente, al discordante, es el fruto de una lenta pero imparable campaña de deshumanización del otro, de aquel que disiente o no encaja en la norma, un desprecio que se extiende por toda la sociedad como una plaga gracias al silencio atronador de aquellos que no nos atrevemos a alzar la voz, a ser la nota discordante. Los que temen responder por no liarla más, por no aguarle la cena de Nochebuena a la abuela, por no contribuir a una polarización de la que no son responsables. Ese miedo, esa vergüenza o esa prudencia por no llamar la atención que mantiene nuestras bocas cerradas -aunque las mandíbulas y los puños estén apretados de indignación- ante el odio y los prejuicios, ante la bazofia que denigra y cosifica a otros seres humanos. Hasta que ese lenguaje y esos discursos de odio se transforman en hechos, se convierten en violencia física. Y es entonces cuando una sociedad empapada de rencor pasa de evitar que se entregue comida, agua y medicamentos a quienes han cruzado la frontera, a disparar perdigones contra la cabeza de un niño magrebí, o a incendiar los precarios campamentos que han levantado quienes no tienen nada, ni siquiera un techo, o a agredir a todo aquel que ose llevarles la contraria o censurar sus actos.
Sin embargo en Uviéu sucedió algo que se salió del guion al que estamos acostumbrados en los últimos años: una respuesta masiva y espontánea que desbordó a los convocantes y abarrotó la Plaza de la Catedral. Porque miles de personas de todas las edades y de distinto signo político abandonamos en una soleada tarde de sábado el derrotismo, el pesimismo existencial que arrastramos los demócratas desde el renacimiento del fascismo y el desánimo paralizante, para gritar no solo que ya valió, sino que no les tenemos miedo y que no nos van a volver a callar. Porque esta vez no vamos a caer en la trampa del ajedrez para dummies en la que pretenden atraparnos de nuevo los reaccionarios, ese juego amañado que consiste en tirar la piedra y esconder la mano para luego hacerse las víctimas y así obligarnos a callar, a volver al silencio.
Y es que callar, aunque solo sea por no armar un escándalo, ante el fascismo y ante la violencia inherente a él, nos convierte en cómplices. Pues de nada nos sirve ser buenas personas y tener decencia moral si permanecemos en silencio. Porque esa masa invisible y mayoritaria de buena gente, de demócratas, que observan entre el miedo y la incredulidad cómo una parte de nuestros vecinos se han dejado arrastrar por los más bajos instintos, seducidos por el malismo y el odio, ha de aprender de nuevo a hablar alto y claro, no solo con palabras, también con actos y, sobre todo, con sus votos. Solo así podremos recuperar la democracia, la convivencia y la amabilidad, esa misma amabilidá -en llingua asturiana- con la que se tejen los hilos con los que urdimos nuestra vida en la polis. Una amabilidad de la que pretende hacer gala una ciudad de Uviéu que aspira a convertirse en capital cultural europea mientras su alcalde justifica y da coartada moral y política a ocho energúmenos. A ocho violentos. A ocho fascistas. A ocho cobardes que no han conseguido callarnos.


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