Opinión
Venezuela: un cuento sobre el petróleo y la indiferencia

Por Marga Ferré
Presidenta de Transform Europe
-Actualizado a
Hay algo de déjà vu en las agresiones de Donald Trump sobre Venezuela. Es un lugar que ya conocemos, ya hemos estado allí. Un cuento que hemos oído antes: en Afganistán, para detener a Bin Laden y llevar la democracia (ni una cosa ni la otra); en Irak, para encontrar armas de destrucción masivas, nunca encontradas; en Libia, los marines entraron para proteger a los civiles y acabaron con 30.000 muertos y el colapso del Estado libio. Nos contaban cuentos, la forma narrativa de la excusa para el saqueo de petróleo, pero nunca nos engañaron, ¿lo harán ahora?
Por desvelar la metáfora oculta de esos cuentos, traigo al caso una reflexión de Simone Weil, por parecerme muy útil para el hoy: "Lo que un país llama sus intereses vitales no son las cosas que hacen posible la vida de sus ciudadanos, sino las que le capacitan para la guerra. Como el petróleo". Me parece que la filósofa francesa afina certeramente al unir la línea de puntos que va desde la política del rearme a la necesidad de más petróleo para la industria de la guerra.
Y siendo todo esto verdad, hay dos cosas no me encajan, que me chirrían, en la agresión de EEUU a Venezuela: no tengo tan claro que sea solo por petróleo y la indiferencia internacional ante las amenazas de invasión de la retórica trumpiana.
Llevamos años, casi dos décadas, desde que en 1999 Hugo Chávez ganara por primera vez las elecciones, siendo empapados por una lluvia fría y permanente de narrativa anti-venezolana: constante, exagerada, tergiversadora y profundamente desinformadora de lo que en Venezuela pasa. Una lluvia contra Venezuela que allana el camino del silencio ante su agresión. Si Chávez y Maduro son tan malos y si María Corina Machado tiene el Nobel de la Paz, quizá no esté tan mal que los invadan… Es la moraleja, la intención del cuento: una desinformación endógena que despeje el camino de las molestas protestas ante su intención. Llevan años de deslegitimación preventiva para facilitar la intervención violenta en un país cuyos recursos naturales consideran suyos, para convertir el expolio en legítimo.
Declaro mi absoluta solidaridad con el pueblo venezolano en defensa de su soberanía y no lo hago solo por empatía ante la agresión brutal, ilegal y criminal de la Administración Trump con el país caribeño, sino porque no elevar la voz ante la violaciones y narrativas de la extrema derecha norteamericana contra Venezuela nos pasará factura, también, a este lado del Atlántico.
Aunque solo sea por no dar carta de naturaleza al saqueo, deberíamos ser más firmes en su rechazo. No aceptar sin queja, naturalizando, el asesinato a sangre fría de casi 100 personas en las famosas lanchas del supuesto narco. Malos tiempos si tenemos que recordar que hasta un narco merece un juicio justo, en el hipotético caso de que fuesen narcos, algo que no sabemos. Y que nunca vamos a saber.
En este cuento manchado en petróleo hay, además, un punto de fuga que me sorprende: consultadas por Trump, las empresas petroleras estadounidenses no han manifestado un particular interés por el petróleo venezolano. El precio del barril de Brent está tan barato que una invasión no sale a cuenta. Entonces, ¿por qué? ¿cuál es la verdadera intención de este cuento?
En tiempos en los que la verdad pierda valor de intercambio, como en toda guerra, la respuesta que viene a mi mente es otra. Intuyo que la causa real de la agresión de Trump a Venezuela no es el petróleo o, al menos, no solo el petróleo. Deduzco, más que presiento, que la causa está en las raíces del supremacismo.
Para argumentarlo, me voy a valer de Walden Bello y las palabras que usa para definir las intenciones de la extrema derecha norteamericana y que recientemente he encontrado en un informe magnífico, Estado y Poder 2025: Geopolítica del Capitalismo (FUHEM). Dice Bello: "Se trata de reconstruir lo que Trump y sus seguidores consideran el núcleo dañado del imperio. Trump considera que América Latina está dentro del ámbito de su influencia. Sus comentarios sobre Canadá, Groenlandia, el canal de Panamá y el golfo de México reflejan este cambio de prioridades para centrarse en el continente americano". Lo que el pensador filipino destaca es ya un lugar común en el debate sobre geopolítica y es que Trump y el movimiento MAGA consideran América Latina y el Caribe como sus colonias.
Es desde esa constatación terrible, falsa y anacrónica desde donde deduzco que la lógica de la agresión a Venezuela no es satisfacer una necesidad, sino fabricar un deseo.
En el mismo informe, Bello acierta al describir a Trump y a la clase multimillonaria a la que pertenece como personajes con "complejo napoleónico" cuya misión es reparar "el núcleo dañado del imperio" de una forma supremacista, autoritaria y espantosamente ególatra. Por ello arguyo que oponernos al bloqueo ilegal, el saqueo de recursos y a las amenazas de invasión a Venezuela es un acto que va más allá de la solidaridad. Tiene que ver con la defensa de la razón, entendida ésta como nuestra capacidad de decir "no" a lo dado, como facultad de imaginar un orden distinto al existente.
En su versión del cuento, en su forma de narrarse la historia, pretenden que vayamos voluntariamente hacia atrás, a los combustibles fósiles, a la Pax Americana, al supremacismo blanco, a la Doctrina Monroe, a un mundo donde puedan ejercer la violencia y el expolio sin que nadie se les oponga: un retorno al poder duro que es lo que les queda en un mundo que les cuestiona y que les destrona.
A los supremacistas les encanta la violencia porque pueden ejercerla. La celebran porque, en un mundo que ya no dominan si no es por las armas, es su último baluarte para rechazar la palabra, la razón o la empatía con el otro. Prohibir a los migrantes, la palabra libre, la solidaridad con Palestina… son los mismos que ahora nos cuentan el cuento del narco o de que el petróleo es suyo para doblegar a un país que no controlan.
Defiendo la solidaridad con Venezuela porque sé que cuando el imperialismo habla de derechos, se equivoca de palabra. Por ello les propongo que nos contemos una historia diferente, una en la que los de abajo seamos protagonistas de un mundo en común, que diverja y confronte con quienes nos quieren llevar hacia atrás en la historia por un camino encharcado en petróleo.
Y que no nos cuenten cuentos.
Feliz Navidad.

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