Opinión
Venezuela: el dominio imperial por la fuerza

Por Antonio Antón
Sociólogo y politólogo
La agresión militar de EEUU a Venezuela, con el bombardeo de Caracas, el secuestro de su presidente Maduro y el plan para el control imperialista sobre sus recursos energéticos, en una suerte de protectorado neocolonial, incumple las normas básicas del derecho internacional y el respeto a la soberanía de los Estados y sus pueblos.
Este hecho forma parte de la reordenación geoestratégica acelerada por la autocracia trumpista, basada en su prepotencia imperial. Veamos algunas de sus características, su impacto para Europa y las perspectivas de salida.
Es una imposición unilateral del predominio estadounidense en el hemisferio occidental. América Latina es considerada su patio trasero, junto con la aplicación de la doctrina ‘Donroe’, que valora como incompatible la presencia significativa de otras potencias, en referencia a China. Significa una advertencia amenazante, especialmente, para los países progresistas latinoamericanos (Colombia, Brasil, Mexico…) y a los que, en estas dos décadas, también han estrechado lazos con China en distintas latitudes.
Al mismo tiempo, de acuerdo con su Estrategia de Seguridad Nacional y su plan de apropiación de Groenlandia, supone un mayor sometimiento de Europa hacia sus designios imperiales y sus prioridades económicas, junto con la promoción de los grupos ultras, llamados ‘patrióticos’, y el debilitamiento de las instituciones comunitarias de la UE.
Conlleva la correspondiente humillación arancelaria y la exigencia del rearme otanista, dependiente de los intereses geoestratégicos estadounidenses y que sirve, bajo la sobredimensión del expansionismo ruso y la sobrevaloración de la crisis existencial europea, para reconducir gasto social hacia la industria armamentista, ampliar el poder de las élites derechistas y forzar el disciplinamiento social.
Paralelamente, entra en crisis e irrelevancia el poder blando europeo, su autonomía estratégica con una visión multipolar, su modelo social y de integración socioeconómica equilibrada, sus valores democráticos y pacifistas y, por tanto, la legitimidad de sus élites gobernantes, el sistema político liberal y el proyecto comunitario.
El plan de la administración trumpista forma parte de un reagrupamiento de su poder imperial, haciendo valer su primacía político-militar, en ese ámbito occidental de América Latina y Europa, junto con sus aliados de Oriente Próximo (Israel, Arabia…) y Asia-Pacífico (Japón, Corea del Sur, Australia…).
Las élites de EEUU utilizan su poderío militar, cuyo gasto es superior al del resto del mundo, para recuperar su hegemonía económica, tecnológica, geoestratégica y política, cuestionada por el ascenso de la influencia comercial y económica de China y sus aliados de los BRICS -incluidos Rusia e Irán-, que constituyen su principal adversario estratégico. Su objetivo fundamental es contener ese polo autónomo, y excluirlo de esas zonas para ejercer su monopolio imperial, con amplios privilegios.
Su plan no se limita a establecer solo una zona de influencia neocolonial propia en esos ámbitos, sino que necesita ese refuerzo para consolidar una trayectoria de hegemonismo global en el planeta, frenar esa dinámica multipolar y mantener sus ventajas comparativas, ahora cuestionadas.
La revolución neoconservadora o la guerra cultural trumpista, con sus provocaciones, chantajes, mentiras y escenificaciones, expresa el cambio de los procesos discursivos y normativos, y modifica los mecanismos para la legitimación propia y la descalificación de sus oponentes. Esa manipulación comunicativa, apoyada en el control tecnológico y operativo de los grandes medios y redes sociales, complementa esa estrategia de dominio imperial que, dada su debilidad estructural económico-política y de legitimidad cívica, tiene que ser por la fuerza.
Es la era de la violencia política y la coerción unilateral del más fuerte, no de la cooperación, la negociación y el consenso multilateral. Es el momento del dominio del poder duro, del vencer con la fuerza y no del convencer o transaccionar.
Este proceso de involución autoritaria y regresiva se produce en el contexto del agotamiento del capitalismo neoliberal, las constricciones medioambientales y el desafío del Sur Global. Conlleva el descontento de las mayorías sociales en el Norte ante el recorte del bienestar social y cierta desafección popular respecto de las instituciones gubernamentales, incluida la propia Unión Europea.
Este giro iliberal ha generado una deslegitimación de las élites de las derechas tradicionales, que tienden hacia la derechización junto con el ascenso ultra, con más presión autoritaria y punitiva. Los grupos de poder europeos tienden al acomodo respecto de esta trayectoria imperial y reaccionaria del bloque supremacista estadounidense, distanciados de sus ciudadanías y temerosos del Sur Global.
En definitiva, se pretende instaurar una nueva época de recolonización de la política imperialista y militarista estadounidense, con el vasallaje de America latina y Europa, para hacer frente a su declive y el ascenso geoeconómico y político de China y sus aliados. Los intereses económicos y políticos estadounidenses, que siempre habían constituido una prioridad, se ponen por encima sobre todos los demás.
No existe un demos europeo que dé legitimidad democrática a las instituciones comunes de la UE, ni voluntad política unitaria para ser un actor geopolítico. Los intereses nacionales de las principales élites europeas han impedido ese avance y su fragmentación muestra su incapacidad para articular un reequilibrio consensuado de poder, con un proyecto compartido.
Pero el problema principal y su solución decisiva dependen del tipo de orientación estratégica del espacio común. Básicamente, se dibujan dos opciones contrapuestas, tras las que se prefiguran distintas fuerzas sociopolíticas.
Una, más autoritaria y regresiva, así como neocolonial y dependiente de la recolocación en la dominante jerarquía imperial de EEUU. Es la dinámica hacia la que tienden la mayoría de las élites europeas, en un proceso de adaptación seguidista a esa subordinación, temerosas de la democratización de sus pueblos y el empuje del Sur Global.
Otra opción es más social y democrática, con un diseño pacífico y multilateral, refundando la mejor tradición europea igualitaria y emancipadora. Este diferenciado proyecto geopolítico para Europa ya se vislumbra en los tres ejes que se vienen exponiendo: autonomía estratégica sin dependencia de la OTAN y EEUU, con desarrollo de la multipolaridad colaborativa; oposición a los hegemonismos imperiales autoritarios y refundación comunitaria; refuerzo de la igualdad social, incluido por sexo/género, con respeto a la diversidad étnico-cultural, la convivencia intercultural y la sostenibilidad medioambiental; profundización de la democracia, con la promoción de la cooperación, la participación deliberativa, así como el reconocimiento de la pluralidad política y las libertades individuales y colectivas.
Por tanto, junto con las dinámicas autoritarias y regresivas de los grupos de poder y las trayectorias resistentes y adaptativas del Sur Global, en ambos ámbitos del Norte, EEUU y Europa, se pueden reforzar las tendencias democratizadoras, frenar este ciclo autoritario amenazante y abrir nuevas perspectivas para el avance social y democrático, así como para la paz mundial y los derechos humanos. El futuro está en manos de la gente.


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