Opinión
Venezuela y el monstruo

Por Marga Ferré
Presidenta de Transform Europe
-Actualizado a
“Los Estados Unidos parecen destinados por la providencia para plagar la América de miseria en nombre de la libertad”. Simón Bolívar
El sábado fue un día triste, en todo el mundo, y no solo por el brutal ataque de EEUU sobre Venezuela, sino porque los límites traspasados por Donald Trump en el discurso de justificación de su criminal agresión son tantos que hace falta una palabra nueva para definirlo.
Lo que hizo Trump es su rueda de prensa fue un burdo desprecio al derecho internacional; un ultraje al derecho en su propio país; la sublimación de la violencia; actuar como amo del mundo (vía militar) anunciando que EEUU va a intervenir en cualquier país que quiera; anunciar el expolio de recursos de otro país declarándolos como propios porque sí; acusar sin pruebas; defender que puede, si quiere, secuestrar personas; amenazar a gobernadores y alcaldes electos de su propio país con enviar a la guardia nacional; decidir quién gobierna un país dejando claro que no le importa lo que opinan los ciudadanos; amenazar a otros países (hasta cuatro países más fueron amenazados en su discurso)…
¿Cómo calificarlo? Yo tengo una palabra, que les propongo tras robársela al profesor Matías Saidel: con esto enfrente, “no alcanza con hablar de un populismo de derecha. En ese marco, no hablar de neofascismo sería una especie de eufemismo que impide la movilización política”.
No puedo estar más de acuerdo. Porque lo más aterrador, a mis ojos, fue el discurso de su ministro de la Guerra, Pete Hegseth, quien básicamente hablaba de Donald Trump como el líder supremo, es decir, alguien cuya palabra es ley. Lo que hizo Trump el sábado en su comparecencia fue legitimar un golpe de Estado en un país soberano, anunciar un expolio, amenazar a otros países y a los propios estadounidenses, pero lo que hizo su ministro de Guerra fue, sencillamente, convertir la democracia y el derecho, internacional y nacional, en irrelevantes.
"El arma más destructiva que utiliza el fascismo es la mentira". Esta frase, atribuida a Antonio Machado, parece escrita para Donald Trump. No es que yo me empeñe en deslegitimarlo sin pruebas, es que The Washington Post hizo un estudio que concluía que el presidente de los EEUU mentía una media de 23 veces al día. Contabilizó más de 20.000 mentiras, falsedades o engaños en solo 14 meses. Miente más que habla y es algo sabido.
¿Alguien se cree que Donald Trump ha bombardeado Caracas y secuestrado al presidente de Venezuela por democracia o por paz? ¿Alguien se cree lo del Cártel de los Soles, un cártel que no existe, como motivo de la agresión brutal? Por supuesto que no, nadie se lo cree y eso es lo que lo hace más terrible: la prueba de que la aceptación del discurso neofascista de Trump no es por engaño, es voluntaria.
Hasta The New York Times ha sido más duro con el ataque a Venezuela que las cancillerías europeas, incluyendo la española; al menos el periódico neoyorquino calificó el ataque como ilegal e insensato, dejando claro que también viola la propia Constitución de los EEUU.
Así que la pregunta es: si resulta obvio que el ataque de Donald Trump a Venezuela es ilegal, imperialista, expoliador y antidemocrático, ¿por qué los gobiernos occidentales y los medios de comunicación no lo enfrentan? Ayer, viendo o leyendo algunos medios, daba la sensación de que los venezolanos tenían la culpa de que los invadieran.
Pensando sobre esto, creo que la respuesta a la acrítica forma de aceptar semejante discurso está en la forma de operar de los colaboracionistas. Extraigo la idea de David Alegre Lorenz, quien hizo un estudio comparado en los años 30 sobre el colaboracionismo y que concluye algo que, otra vez, me parece escrito para el hoy: “Los regímenes y los movimientos fascistas del colaboracionismo se rigieron por sistemas políticos basados en el principio del caudillaje o el führerprinzip. Mientras garantizaban su lealtad y cumplieran con los designios marcados desde la cúspide, cada cual tenía derecho a perseguir sus propios intereses, dentro del escenario de oportunidades provisto por un sistema basado en la explotación y el sometimiento de la mayoría a manos de una minoría”. Y añade: “Los colaboracionistas tuvieron que aprender a jugar con nuevas normas”.
Eso están haciendo los gobiernos europeos: “aprender a jugar con nuevas normas”, estar callados, asintiendo o mirando para otro lado, como hacen con el genocidio en Gaza, para ver cómo posicionarse y buscar ganancias. Pero no las hay. Se equivocan. El mundo al que Donald Trump nos aboca es una distopía militar sin reglas y sin derechos, puro vasallaje al líder supremo.
Por eso defiendo que hay que apoyar a Venezuela y no en genérico, sino en concreto. Apoyar a Delcy Rodríguez y a su convicción de que Venezuela no va a ser una colonia; porque si dejamos que Trump gane, el mensaje que con él se instala es que no hay derecho internacional, que no hay democracia y que solo nos queda el vasallaje a un personaje violento, machista, autoritario y supremacista. Lo que quiero decir es que esto no va solo contra Venezuela, va contra todos nosotros, contra todas nosotras.
Así lo han entendido los miles de personas que salieron a la calle este fin de semana en España y por toda Europa y el mundo para decir que no, que ya basta, que quiten las manos de Venezuela y de un mundo que ya es diferente y que no va a permitir que, otra vez en la historia, el fascismo vuelva a destrozar vidas y derechos.
Por eso no tengo dudas y expreso, desde estas líneas, mi apoyo a Venezuela y a todos aquellos y aquellas que, valientemente y frente al monstruo, le sostienen la mirada.

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