Opinión
Verano a las 4 a.m.

Por Israel Merino
Reportero y columnista en Cultura, Política, Nacional y Opinión.
-Actualizado a
A veces me pasa como a Camarón y se me espesa tanto la noche que no consigo dormir. Las almohadas se vuelven insuficientes y el colchón se transforma en un monstruo tan aterrador que prefiero no describirlo; el color negruzco es tan denso como un hígado de pollo y lo puedo masticar, y lo mastico, claro, y doy vueltas y otras vueltas, y voy al baño y a la cocina, y leo un rato y empalmo cigarros en la terraza, y doy por perdida la noche aunque queden siete vidas para el minuto noventa. Es entonces cuando abro el cajón pequeño del salón y cojo el móvil que guardé lejos de la cama, aunque jurara no cogerlo hasta que se hiciera ya de día, y me tiro al sofá a ver Instagram en bucle hasta que la noche interminable me apague o hasta que consiga apagar yo la interminable noche.
Veo reels, veo las historias que han subido mis amigos, comparto alguna gracieta que me topo en las mías y, sobre todo, recorro como un desquiciado las cuentas de esos ahora desconocidos que en otros tiempos, cuando dormir era mucho más fácil, creía que serían siempre de los míos; escruto las cuentas de enemigos y viejos compañeros, de los que compartieron conmigo colegio o instituto y de los que me traicionaron o yo traicioné en busca de algún fallo, de algún eco de dolor o de un sencillo síntoma de arrepentimiento, de duda, de quebranto; solo quiero un espejo resbaladizo en el que pueda clavar mis uñas por un rato: un triste humano es lo que busco.
Hago zoom a sus fotos y los veo sonrientes como las mariposas en el Mediterráneo, quizá posando con sus novias o sus amigos en fincas interminables en el sur de Italia o partiendo el mar plano de la costa de Menorca con una moto de agua; veo que están de largas vacaciones en Cancún o en Formentera y que hace solo unas semanas estuvieron también en Berlín, y veo también, entre pixel y pixel oscuro, como un falo fúnebre, mi nariz proyectada, tan triste ahí quieta, desquiciada, insomne, arrogante sobre aquel móvil que ilumina un saloncito donde el sudor de las paredes no firma un armisticio ni en las noches de verano a las cuatro de la mañana. No soy como ellos, nunca lo seré; no me va tan bien como a ellos, nunca lo lograré.
Maldigo entonces con todas mis fuerzas a ese desquiciado siervo de Mammón que osó inventar una tecnología para compararnos en tiempo real con cualquier otro desgraciado que comparta fotos idílicas desde el otro lado del mundo; me convenzo de que nada de aquello es real, sino la proyección de otras vidas similares, paralelas, que buscan compartir sus momentos de luz con el inventito de Mammón para que en las noches cerradas los insomnes tengamos un dolor extra con el que encamarnos. Me digo que aquellas fotos que suben de sus hijos con trajecitos blancos son falsas, solo la captura de un momento bonito en un tiempo ordinario; que esas vacaciones no son cotidianas, sino la vía de escape a una vida tan mundana como la mía. Me pregunto de dónde habrán sacado el dinero para pegarse esas vidorras, si no deben ganar mucho más que yo; me los imagino como algodoneros americanos, látigo de cuero en la mano, zurrando a los inquilinos de las casas de sus padres para sacarles más pasta con la que pegarse esa vida mágica que luego me restriegan – qué pobre narcisista soy por las noches.
Pero entonces, antes de apagar otra vez el móvil, vuelvo a la historia que he compartido con la chorrada y veo ahí, como quien encuentra un diamante en un cofrecito de bisutería, el me gusta de uno de esos a los que escrutaba; uno de los idílicos, de los que imagino con siete pisos en Puerta del Ángel. También está despierto, dando tantas vueltas como yo a su cama y su cabeza, preguntándose si todas esas vidas que ve reflejadas en Instagram cual luz blanca contagiando a una vidriera son verdaderas o puro teatro, como la suya. Pienso en escribirle, pero no lo hago. Contra todo pronóstico, me ha entrado algo de sueño, aunque no tarde en sabotearme de nuevo por ponerme a pensar: ¿y si está de fiesta en un yate sobre sobre las abrigadas agua de Ibiza y ha buscado mi cuenta solo para reírse un rato?, ¿y si la modelo multimillonaria con la que seguro que sale le ha pedido mi Insta para burlarse de mí?
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