Opinión
¡Vergüenza, vergüenza, vergüenza!

Escritor. Autor de 'Quercus', 'Enjambre' y 'Valhondo'.
Manifestarse en la calle y también en el bar, cuando el cuñao de turno suelte su última barbaridad. Gritar. Vocear. Bramar. Si es con un megáfono a todo volumen mejor todavía. Protestar. Indignarse. Patalear. Llorar de rabia y de tristeza. No resignarse. No callar. Sacar una pancarta al balcón y otra más grande a la plaza. Chillar con fuerza una única palabra repetida mil veces: ¡Vergüeeeenza, vergüeeeenza, vergüeeeenza!
Es la consigna que gritan los profesores y profesoras a la policía en Valencia: ¡Vergonya, vergonya, vergonya! Tras ver cómo uno de los mandos policiales, grande como un gorila, empuja por la espalda a una profesora jubilada de 68 años, que cae de bruces contra el asfalto, fracturándose el tabique nasal. Una profesora que bien podría ser su madre, parada en la calle, más inofensiva que una farola, sin impedir ni el tránsito peatonal ni el tráfico, y cuyo delito es vestir una camiseta verde en defensa de la educación pública. Un empujón a traición, absolutamente innecesario y desproporcionado, sin justificación alguna, que podría haber sido mortal si se golpea la cabeza contra el borde de la acera. Irrazonable, incomprensible, a no ser que tengas mucho odio acumulado contra "esa gente", que te ennegrece el corazón y te enturbia la mente. Cosa que no es de extrañar, si piensas, por ejemplo, que la policía española recibe cursos de formación de los Desokupa. ¿Qué puedes esperar entonces, Marlaska?
Cuando las clases las deberían recibir de esa profesora que se manifiesta pacíficamente, sin pedir nada para ella, que ya está jubilada y con su vida resuelta, sino para sus compañeros y por los alumnos, los hijos de ese mismo policía que se beneficiarían de una educación de más calidad. Una clase, querido policía de la vergüenza que nunca comprenderás, de conciencia y solidaridad.
Manifestación solidaria como la de los miembros de la PAH (Plataforma de Afectados por la Hipoteca), que tanto admiro, que van a protestar cuando se va a producir un desahucio. Gritar para intentar impedirlo, obstaculizándolo, para que se haga eco la opinión pública de esa injusticia: ¡Vergüenza, vergüenza, vergüenza! A la desahuciada, una anciana enferma y sola de 80 años, no la conocen de nada, no es un familiar ni siquiera vecina, pero esas personas valientes se sienten interpeladas por la injusticia y acuden a manifestarlo. En ocasiones siendo golpeados, multados o detenidos por la policía. Un fondo buitre compró - ¿La justicia no investiga a quién realiza esas ventas y si algún familiar trabaja para ellos? ¡Ah, perdón, que la justicia española es otra vergüenza! - el bloque de viviendas que construyó el ayuntamiento hace 40 años en suelo público. Suelo que cedió para abaratar los alquileres, pagando los inquilinos un precio asequible. Tras años de acoso y derribo, dejando el edificio en ruinas, el fondo buitre les ha cuadriplicado el precio, porque quiere echarlos para construir apartamentos turísticos, y los que no pueden pagarlo, como nuestra anciana con su exigua pensión, son desahuciados. Por ello, al policía energúmeno, la clase de humanidad y conciencia se la debe dar la profesora, y la de solidaridad, algún miembro de la PAH.
Gritar ¡Vergüenza, vergüenza, vergüenza! por el campeonato Mundial de fútbol que se celebra en Estados Unidos, México y Canadá. Con el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, entregando hace meses a Trump el Premio de la Paz. ¡Vergüenza, vergüenza, vergüenza! Muy merecido por su apoyo al genocidio en Gaza y su bombardeo a Irán, injustificado – solo por petróleo, igual que el secuestro de Maduro – y que ha podido iniciar la Tercera Guerra Mundial. Premio creado ad hoc para ese presidente que como aperitivo al inicio del campeonato de fútbol ya es abucheado en Nueva York, durante un partido de la NBA. Fue mostrar su imagen en las pantallas y el público se lio a gritar como fieras. Fieras indignadas ante tanta tiranía. Igual que se abuchea la bandera de USA en el acto de inauguración en México y Canadá. Normal, si Trump lleva meses amenazándolos y hostigando con su guerra de aranceles y sus bravuconadas.
Vergüenza por los precios de las entradas, que difícilmente bajan de los 1.000 dólares y llegan a cifras astronómicas, convirtiendo el deporte de masas más querido por el público, en un deporte de élites. Es su especialidad y objetivo vital: la pasta. Por eso Claudia Sheinbaum, que es la presidenta antítesis de Donald Trump, como el aceite y el agua, renunció a ver el partido inaugural, México - Sudáfrica, en el palco y se fue a verlo con el público de la calle en una gran pantalla. Fue su manera de protestar contra los precios abusivos, y lo dijo públicamente: "El boleto 01 que me entregó Infantino, se lo regalé a una joven que jamás en su vida podría haber podido pagar la entrada. Y esta joven, fue la mejor representación de México. Mejor que la mía, que me fui a verlo en la televisión como una mexicana cualquiera. Una aficionada más." ¡Ay, si Claudia, como esa profesora, pudiera dar unas clases a Donald Trump y a toda su recua de seguidores!
Un Mundial que, por mucho que se ame el fútbol, debería ser boicoteado al celebrarse en Estados Unidos. País que impide la entrada al mejor árbitro de África, el joven somalí, Omar Artan, recibido como un héroe a su regreso a Somalia. Omar, el terrorista del silbato, seleccionado por la FIFA y que USA le impide participar. ¿Quién manda aquí entonces? Igual que los jugadores de Irán duermen en México, desplazándose cada día a Estados Unidos para jugar los partidos. Retenciones discriminatorias de muchas horas, cacheos humillantes, racistas, a personal y jugadores de Senegal, Irak, Costa de Marfil, Irán y otras naciones. Impidiendo a sus hinchas viajar al no concederles los visados. ¡Vergüenza, vergüenza, vergüenza!
Un anfitrión ilegítimo e inmoral, con su injerencia en la soberanía de otros países, sus amenazas constantes, sus intervenciones armadas, sus asesinatos sin control ni respaldo judicial amparados en la barbarie, su persecución inhumana a los migrantes. El ICE que asesinara a bocajarro a la poeta Renée Nicole Good y al enfermero Alex Pretti, ya ha detenido a 500 niños y bebés menores de tres años, desde que Trump regresara a la presidencia. El país del ICE, que aprovecha el Mundial de fútbol para seguir deteniendo gente, no puede ser anfitrión de un deporte que hermana a los pueblos. ¡Vergüenza, vergüenza, vergüenza!
Fíjense en la importancia de la protesta para oponerse a la sinrazón y a las injusticias. Habría bastado con que el colectivo de árbitros allí presentes, amenazaran con no arbitrar en solidaridad con su compañero somalí, para que todo cambie de pronto. Omar Artan habría vuelto de África con su silbato, dando una lección al mundo y, en especial, a los que siguen creyendo en el imperio de la fuerza bruta, de la cachiporra y de la ley de la selva. Sobre todo a Trump, que celebra su cumpleaños con un espectáculo aberrante de porrazos y sangre, reflejo de su ADN.
Igual que una pequeña declaración contra los abusos de los poderosos y a favor de los derechos humanos, cuatro palabras bastan, de cualquiera de los ídolos del fútbol, con su potente altavoz mediático, con todo el planeta mirándolos, escuchando el eco de su mensaje, sería un paso de gigantes para construir un mundo mejor. Un mínimo gesto ante 6.000 millones de personas (8.300 millones de habitantes tiene la Tierra) que siguen el Mundial, que valdría más que todos sus ejércitos, sus armas y sus bombas.
¿Se atreverá a hacerlo Lionel Messi, parco en palabras pero no en goles, como despedida a su brillante carrera? ¿Cristiano Ronaldo, Kylian Mbappé, criado en un suburbio multicultural de clase trabajadora de París? ¿Harry Kane, el gigante Erling Haaland o el joven Lamine Yamal que ya exhibiera valientemente en Barcelona una bandera palestina?
Cambiar el mundo a través de la palabra, del grito en las plazas. Es lo que está haciendo Albania. Ese pequeño país bañado por el Adriático y el Jónico, de 2,7 millones de habitantes. Casi los mismos que viven en la diáspora. Ya es duro ese dato, que habla por sí solo: el mismo número de albaneses viviendo en Albania que en el extranjero. Uno de los países de Europa más pobres en dinero y más ricos en dignidad. No como el resto, que la van perdiendo a borbotones, desangrándose por ese corazón lleno de agujeros. Por ejemplo, con el último y repugnante acuerdo para acelerar la deportación de migrantes a centros de detención de terceros países. ¡Viva la UE, ya somos como ellos! ¡Pronto ganaremos en vileza a los Estados Unidos! Los albaneses en cambio, que saben mucho de esto, hasta el nombre que han puesto a su lucha es bello: La revolución de los flamencos.
Revolución porque han ocupado las calles y plazas, en especial las de la capital, Tirana. Y de los flamencos porque son estos animales los que desaparecerán, si se quedan de brazos cruzados. Todos los días, desde hace medio mes, miles y miles de personas, mayoritariamente jóvenes, a las seis de la tarde, salen a protestar contra los dos megaproyectos urbanísticos y turísticos que quieren desarrollar Ivanka Trump y su marido, Jared Kushner. Un consorcio con esos apellidos que causa miedo. Recordemos, sin que te rechinen los dientes, que es el yerno de Trump, Jared, heredero multimillonario de la inmobiliaria Kushner Companies y, posteriormente, dueño de la firma de capital riesgo Affinity Partners, el que Trump envió a Oriente Medio e Israel para presentar el plan de reconstrucción llamado "Nueva Gaza", para convertirla en un gran "resort" turístico.
En Albania, Ivanka Trump y Jared Kushner quieren convertir también la paradisiaca isla de Sazan y la cercana península de Zvernec, de extraordinario valor medioambiental, en el nuevo atractivo turístico de superlujo en Europa. La hija mayor de Trump, con una sola frase, definió el proyecto: “Una hermosa isla privada en medio del Mediterráneo”. A lo que los albaneses contestan con sus pancartas: "¡Albania no se vende!", "¡Fuera de nuestra tierra vallas y excavadoras!", "¡No somos lameculos de Trump!".
Y lo van a conseguir. No solo impedir esos proyectos, sino acabar con el gobierno por su opaca complicidad. Por no respetar ni escuchar al pueblo. Por ponerse siempre del lado de los poderosos que quieren arrasar con todo. Las bocinas de los coches, los gritos y los lemas van escalando decibelios: “¡Justicia, justicia!”, "¡Revolución, revolución, revolución!", "¡Los flamencos valen más que Rama (el primer ministro)!" "¡Rama traidor!", "¡Rama perro faldero!", "¡Rama dimisión!"
Cada tarde, son más los ciudadanos que se unen a la lucha, vociferando más fuerte. Dando una lección al planeta. Lanzando al cielo sus gritos. Tal y como vuelan en horizontal los rosados flamencos, creando con su cuerpo y sus patas una línea recta. Volando juntos, en cuña, igual que una flecha. Capaces de recorrer hasta 500 km en una sola noche. Emitiendo, para no perderse y mantenerse unidos, una especie de graznido consigna: ¡Ka-ha, ka-ha, ka-ha! Mientras en las calles y plazas, a la hora del crepúsculo, los albaneses gritan como respondiendo: ¡Turp, turp, turp! Que significa: ¡Vergüenza, vergüenza, vergüenza!

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