Opinión
La victoria de Abdul El-Sayed en Míchigan y el fin del tabú
Por Leila Nachawati
Doctora en comunicación y conflicto, profesora en el departamento de Comunicación de la Universidad Carlos III. Autora de 'Cuando la revolución termine'.
"Si no sabes pronunciar mi nombre, quita mi nombre de tu maldita boca". Así se dirigía Abdul El-Sayed, candidato demócrata al Senado por Míchigan, al republicano Mike Rogers. Durante toda la campaña, el nombre de El-Sayed, su origen y religión fueron usados como arma arrojadiza por sus adversarios políticos, una estrategia de desgaste que no es nueva y que se institucionalizó tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.
El tabú de ser árabe o musulmán
Viví aquellos atentados desde Kansas, en pleno corazón de Estados Unidos. A los docentes y otros trabajadores públicos se nos exigió cerrar filas con el relato oficial: patriotismo y apoyo a las tropas frente a la "guerra contra el terror" de la Administración Bush. De un día para otro, amigos y conocidos procedentes de Afganistán, Irak o Siria empezaron a ocultar su identidad, a cambiar sus nombres ─Osama, Ayman o Mustafa─ por versiones americanizadas, para intentar pasar desapercibidos. El clima de paranoia no distinguía entre civiles y combatientes, incluyendo en el marco del "eje del mal" a millones de personas de origen árabe o musulmán.
Ese proceso de estigmatización no nació en Estados Unidos. Hunde sus raíces en los prejuicios europeos, como documentó ampliamente el investigador Jack Shaheen en su obra Reel Bad Arabs (Los árabes malos del celuloide). Shaheen analizó cientos de películas de Hollywood en las que árabes y musulmanes son retratados de forma racista y deshumanizante, reproduciendo los mismos patrones que padecieron las personas judías décadas atrás y que entroncan con el antisemitismo europeo.
"La geopolítica estadounidense y Hollywood tienen el mismo ADN", incidía Shaheen citando a Jack Valenti, antiguo presidente de la patronal del cine estadounidense. Este vínculo es fundamental para entender cómo se fabrican, desde los orígenes del cine, los enemigos y la otredad para consumo de masas.
Desde aquel 2001, la persecución de lo árabe o musulmán no ha dejado de aumentar. El acoso arreció en 2008, cuando agitadores conservadores se referían a Barack Obama como "Osama", y se convirtió en política de estado con Donald Trump. Se normalizó el racismo institucional, con políticas como el veto migratorio a países de mayoría musulmana (el Muslim ban), retórica de acoso constante contra este grupo de población e insultos y burlas contra congresistas como Rachida Tlaib o Ilhan Omar, a quienes Trump animó a "volver a los lugares infestados de crimen de los que vinieron".
Durante años, este clima de acoso se encontró con un silencio relativo. Aunque emergieron figuras combativas de origen árabe o islámico, como las citadas Tlaib o Omar, la identidad seguía arrastrando un estigma. Ciertos bagajes o procedencias se vivían como un tabú que convenía no resaltar para no ahuyentar al electorado o a grandes donantes.
Hoy vemos a Mamdani o a El-Sayed tratar su origen y su religión como un aspecto más de sus campañas, expuesto sin tapujos. "Soy hijo de inmigrantes, musulmán y socialista y no me pienso disculpar por ninguna de esas tres cosas", dijo Mamdani en respuesta a los ataques. "Llevo toda mi vida siendo Abdul en Míchigan. Este es el mejor lugar para ser Abdul", replicó El-Sayed.
El tabú de condenar a Israel
No es que el nombre, la procedencia o la religión sean lo fundamental. El éxito de El-Sayed, igual que el de Mamdani, no se entiende si se reduce a una cuestión identitaria. Su victoria en las primarias demócratas se asienta sobre un programa que trasciende esos aspectos. Como médico y exdirector de salud pública, ha basado su campaña en tres puntos: sacar el dinero corporativo de la política, defender los derechos laborales y blindar la sanidad universal mediante el Medicare for All. Su programa interpela a hombres y mujeres, a jóvenes y mayores, a votantes urbanos progresistas y a trabajadores castigados por la desindustrialización en el Medio Oeste estadounidense. También a comunidades históricamente discriminadas.
Buen conocedor de la realidad local, El-Sayed ha tejido alianzas con las distintas comunidades de base. Tras el ataque contra el mayor templo judío de Míchigan en marzo de 2026, el candidato fue tajante al condenar la violencia y asegurar que su compromiso con la seguridad de sus "hermanos y hermanas de fe judía" es el mismo que tiene con la de sus propias hijas. Demostró así que combatir el antisemitismo y la islamofobia van de la mano, como parte de la misma lucha frente al odio.
Esta solidez y sus lazos con distintas comunidades le han permitido romper también el tabú en torno a Israel. Quienes estudiamos en Estados Unidos en aquel inicio de siglo pudimos comprobar hasta qué punto la causa palestina era prácticamente invisible en los debates públicos, institucionales o académicos, relegada a círculos marginales. Criticar a Israel suponía cruzar una línea roja que terminaba en el bloqueo de cualquier debate público y para quien se empeñase en ello, en el ostracismo.
Hoy esas líneas rojas se han diluido. El-Sayed no vacila a la hora de hablar de ocupación, apartheid o genocidio. Cuando la candidata respaldada por el poderoso lobby israelí AIPAC dijo en un discurso, al borde del llanto, que "Israel se le aparecía en sueños", el candidato demócrata respondió: "A mí Israel no se me aparece. Lo que sí me atormenta es el sufrimiento de la infancia palestina". Nunca antes el lobby había invertido tanto dinero para tumbar a un candidato y, aún así, fracasaron.
Ya no es un tabú, ni un suicidio político, condenar a Israel. Son cada vez más las voces que, dentro de Estados Unidos, exigen frenar el envío de armas, rechazan la injerencia extranjera y defienden el derecho a la liberación del pueblo palestino. Tampoco es algo de lo que avergonzarse llamarse Zohran o Abdulrahman. Quedan en evidencia quienes, como Trump o Rogers, intentan rascar votos recurriendo al nombre, religión o el color de su piel de sus adversarios.
Las dinámicas están cambiando y nos colocan ante un escenario electoral distinto, en el que el miedo a lo árabe y los intereses que lo azuzan no garantizan la victoria. Frente a quienes alegaban que la victoria de Mamdani era un fenómeno solo posible en ciudades como Nueva York, lo ocurrido en Míchigan apunta a un cambio de tendencia que va más allá, y que bien podría extenderse por todo el país.
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