Opinión
Que viene La Pequeñita

Por Anibal Malvar
Periodista
No asombra la tranquilidad con la que Mariano Rajoy y María Dolores de Cospedal afrontaron sus testificales ante la magistrada Teresa Palacios. Se nota que acudieron a la Audiencia Nacional con una fe inquebrantable en la justicia española. Entre otras razones, por la innegable solvencia profesional de la presidenta del tribunal, mujer capaz de compaginar la dirección del juicio con la defensa espartana de testigos y acusados del PP, y simultáneamente orquestar un show a lo Risto Mejide, con sus correspondientes broncas, gritos, interrupciones y negaciones de palabra a los incómodos letrados que osaron excederse de su papel de comparsas. Teresa Palacios es un ejemplo de abnegada mujer pluriempleada.
El caso Kitchen está muy bien bautizado, pues el PP se lo guisa y el PP se lo come, que para algo la cocina es suya y tienen de pinche a los jueces.
El lunes le toca comparecer a Soraya Sáenz de Santamaría, alias La Pequeñita, quien además de ser la máxima responsable de leerle a Mariano Rajoy el Marca por las mañanas, vicepresidía el Gobierno y era la jefa del Centro Nacional de Inteligencia, la casa de los espías.
Malicio que en el PP reina cierta zozobra ante lo que pueda decir Soraya, pues de todos es sabido que se ha transformado en una roja peligrosa desde el aciago día de la moción de censura, cuando las derechas nombraron presidente del Gobierno a su bolso de Loewe en sustitución de Rajoy, y no a ella.
La deriva podemita de Soraya está en los escritos. Y su lucha ecolibertaria, en los hechos. Se convirtió en socia y más tarde consejera del bufete Cuatrecasas, catalán para más inri y seguramente francmasónico. Desde allí, combatió con denuedo y riesgo psicoético algunas de las medidas que ella misma había firmado cuando era gobernante de derechas.
Si el Gobierno que vicepresidió creó el impuesto al sol, que arruinó el liderazgo mundial que detentaba España en energías renovables, hoy, desde su despacho, SS defiende los derechos de los perjudicados por aquella canallesca e inicua ley antiecologista mariana. Pequeños inversores como Schwab Holding u OperaFund tuvieron que malvender sus placas solares por unos pocos litros de crema autobronceadora, y hoy claman justicia gracias a Cuatrecasas.
Hay cierto miedo, ya digo, a que SS no haya ingerido la pócima desmemoriosa que ha dejado en blanco a sus antiguos compañeros de gabinete. Rencores para recordar no le faltan. Ganó en 2011 la encarnizada lucha contra su némesis, María Dolores de Cospedal, para controlar el CNI, pero Cospe se vengó cuando en 2018 colapsó su intento de alcanzar en primarias la presidencia del PP y apoyó al zangolotino Pablo Casado, después descabezado por La Reina de Corazones Isabel Díaz Ayuso: “¡Que le corten la cabeza!”.
A diferencia de Cospedal, que conspiraba en plan karaoke y tiene más grabaciones que casetes El Fary, SS podría crear una firma de trapos políticos íntimos llamada Soraya's Secrets. Como buena espía, ella siempre es paisaje, nunca protagonista. Dejó en el CNI menos rastro que la sombra de la mujer invisible. Los villarejos, las anarrosas y aquella banda la llamaban La Pequeñita. No era un mote despectivo. Eso se nota en el tono. Hasta el deslenguado comisario de la boina traslucía temor al no nombrarla.
Si a la magistrada Teresa Palacios solo le faltó lustrar los zapatos de Mariano y Cospedal con el bies de su toga, no sé qué jurídicas reverencias se tendrá que inventar para rendir pleitesía a esta peligrosa dama, que ya posó disfrazada de Mata-Hari en una portada de El Mundo.
Al rencor que pueda llevar Soraya al estrado hay que sumar su incontrolable arrogancia: ¿cómo va a reconocer ella que, siendo jefa de los espías, no se enteraba de nada? Los kitchenianos que vigilaban a Bárcenas para robarle “las libretitas” sospechaban que alguien, a su vez, los espiaba a ellos, quizás el CNI. Es para estar asustados. No olvidemos que George Smiley también era un Pequeñito.
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