Opinión
La vivienda como palanca para mucho más

Por Miquel Ramos
Periodista
Hace pocos meses, el Sindicato de Vivienda de Carabanchel instaló una mesa en mitad de una calle del barrio donde viven numerosas familias en situación vulnerable, y donde ya habían parado algún que otro desahucio tiempo atrás. Los niños corrieron al ver el chocolate que se repartía, y los vecinos bajaban curiosos a ver qué sucedía. Varios de ellos cogieron el micro y contaron sus problemas con sus caseros, con los pisos compartidos por varias familias con niños y su desesperación ante el abandono del Instituto de Vivienda de Madrid (IVIMA) y del Ayuntamiento, que tiene el barrio totalmente desatendido y la basura se acumula durante días. Algunos ya conocían al sindicato, e incluso llevaban tiempo acudiendo a sus asambleas. Otros descubrían por primera vez a estos chavales que, sin conocerlos de nada, se prestaban a ayudarles.
Una simple reunión de vecinos y unas tazas de chocolate motivó la presencia de varios agentes de la Policía Municipal, que acabó multándolos por usar un altavoz sin permiso. Nadie se había quejado, pero eso de plantarse en la calle así era intolerable. A pesar de ello, sus actividades siguen, junto con las de los otros sindicatos de vivienda que trabajan en diferentes barrios de esta y otras ciudades.
El Sindicato de Inquilinas, la organización que ha puesto el foco en el caso de Maricarmen, lleva cerca de diez años recibiendo casos similares. Asesoran a los inquilinos y plantan cara a los fondos buitre y a los especuladores, paran desahucios y exponen las trampas de los contratos de alquiler y las leyes que las permiten. Se enfrentaron a uno de los grandes, a Blackstone, y ganaron. Consiguieron, entre otras cosas, evitar que este fondo subiese el alquiler a doscientas familias. Son otro colectivo más de los que existen en todo el país que enfrentan el problema de la vivienda. Cada uno tiene sus propias dinámicas y sus propios objetivos, no todos están coordinados ni coinciden en todo, pero atienden a la vez a un problema material de primer orden, que todo el mundo entiende y que sufre una gran parte de la población trabajadora.
Esta semana, todos ellos están en la Puerta del Sol. Allí se han juntado numerosas plataformas y colectivos que llevan años denunciando el problema de la vivienda, parando desahucios e informando a los vecinos sobre cuáles son sus derechos y cómo organizarse. Por eso, la acampada y el músculo exhibido no es casual, es el fruto de mucho trabajo y de un momento idóneo. Llevaban mucho tiempo ahí, pero no todo el mundo había prestado atención. Finalmente, todo confluyó a raíz del indignante caso de Maricarmen, que ha logrado articular esa rabia compartida sobre el negocio inmobiliario y llevarla a las calles, provocando un punto de inflexión donde el país, por fin, tiene el asunto encima de la mesa como primer plato, y va a tener que digerirlo de una manera u otra.
Más allá de lo que se arranque en las negociaciones entre partidos, del mercadeo que hagan gobierno, socios y oposición para calmar las calles y tratar de rentabilizar la indignación a pocos meses de las elecciones, los movimientos sociales por la vivienda han logrado ser los protagonistas de la actualidad. Llevamos meses atrapados en los marcos que la derecha ha querido imponer y en los que chapotea la mar de a gusto, contando las horas que quedan hasta ver caer al Gobierno. Ceuta, las personas migrantes, la violencia de la ultraderecha, las corruptelas del PSOE y tantos otros asuntos que parecían poner la alfombra roja a la derecha hacia la Moncloa, se han visto eclipsados por una urgencia material mayor que cualquier bandera, que salpica a casi toda la clase obrera y para la que la derecha no tiene otra receta que no sea mantener o agravar el statu quo.
El Gobierno, tras siete años de excusas y tibiezas, de complicidad con el rentismo y la especulación y la comodidad ante el manido relato del miedo a que los otros son peores, se ha visto acorralado, y le va a tocar mover ficha exhibiendo sus limitaciones, muchas de estas autoimpuestas por no querer tocar los andamiajes del sistema. La socialdemocracia no vino a combatir el neoliberalismo, sino a poner parches cada vez que la indignación amenaza por convertirse en un estallido social. De eso son plenamente conscientes quienes hoy llenan las plazas por el derecho a la vivienda, pero nos equivocamos si creemos que todo esto acaba aquí, y que el objetivo es tan solo un bálsamo en forma de ley descafeinada.
Este acontecimiento no surge de forma espontánea, sino que es la concreción y la coincidencia de muchas luchas que ya se estaban llevando a cabo, y que son mucho más ambiciosas que recuperar la casa de una persona desahuciada o arrancar una ley que, seguro, no será suficiente. El primer objetivo se ha cumplido: tener el foco, imponer el marco, desplazar los temas de los reaccionarios que ocupaban la agenda y obligar a que cada uno se retrate ante esta emergencia. Menospreciar este logro, ya sea desde la derecha o desde la izquierda nihilista y cascarrabias a la que todo le parece mal, tan solo muestra la incapacidad o la resistencia para ser parte de la solución. Y no es que no haya discrepancias, debates y hasta puntos de desencuentro en las plazas. Los hay, siempre los ha habido, y todo debate ayuda a transitar caminos comunes.
Reconducir toda esta movilización hacia los múltiples frentes que existen hoy es el objetivo de la mayoría de quienes acampan en Sol o apoyan desde donde pueden. Esto es tan solo un punto de arranque, una palanca, como explicaba Pablo Carmona en un texto en Zona de Estrategia, y como exige una calle que se niega a aceptar una rendición bajo decreto. Habrá quien querrá poner el foco en lo que dure la acampada o su subordinación al decreto de turno, pero el debate real, los objetivos, van mucho más allá. Esto es tan solo el brote de una semilla que hace tiempo que se sembró y que miles de personas anónimas llevan regando con su sudor y esfuerzo por puro amor y compromiso.
La resaca del 15M, con sus logros y sus decepciones, no puede condicionar lo que está por venir, lo que hoy protagoniza una nueva generación que no vivió todo aquello y que tiene también su derecho a elegir su propio camino, y a reivindicar las victorias que se vayan consiguiendo. La primera, ya es obvia, y no es solo sobre la casa de Maricarmen, que parece que volverá a habitarla, sino por haber impuesto en la agenda algo que interpela más allá de la vivienda, y que va a romper uno de los muros de individualismo y exclusión que el capitalismo y su fiel ultraderecha llevan años construyendo. Es el eterno conflicto entre el derecho a la vida y el derecho a la propiedad y a la acumulación.

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