Opinión
Vox no está de fiesta, qué va

Por David Torres
Escritor
Anadie se le escapa que una catástrofe ocurrida un mes antes de unos comicios será utilizada como armamento electoral más temprano que tarde. Ha ocurrido en todas partes, a la derecha y a la izquierda, en todo tiempo y lugar, porque los políticos no perdonan nada. Tras el desastre provocado por el huracán Katrina en Nueva Orleans, el partido demócrata señaló la incompetencia del presidente Bush y la pésima respuesta de la administración republicana. En Turquía, la oposición acusó al gobierno de Erdogan de “homicidio social” al descubrirse que muchos de los edificios derruidos durante el terrible seísmo de 2023 no cumplían las normativas mínimas contra el peligro de terremotos. El atentado yihadista de 2002 en Bali, que le costó la vida a más de doscientas personas, 88 de ellas australianas, originó un intenso debate en Australia cuando la oposición laborista cuestionó el apoyo del primer ministro, John Howard, a la invasión de Irak.
Sin embargo, salvo las excepciones de rigor, hasta un político ansioso por ocupar o por seguir en un sillón suele esperar un tiempo prudencial antes de lanzar la primera piedra. Aznar ni supo ni quiso contenerse la mañana del 11-M, cuando, con los trenes aun humeando y los cadáveres todavía calientes, aseguró sin ninguna prueba que el peor atentado de la historia de Europa había sido obra de ETA. Da vergüenza y asco recordar la comparecencia del ministro Ángel Acebes esa misma mañana, intentando colar la dinamita Tytadine por la Goma-2, aunque después llegarían aún más lejos con el ridículo supino de una cinta de la Orquesta Mondragón. Desde el primer momento, todos los indicios apuntaban la autoría yihadista, pero quedaban tres días para las elecciones generales y Aznar sabía que cualquier español con dos dedos de frente iba a sumar dos y dos, relacionando las bombas de Atocha con su foto sonriendo en las Azores, junto a Bush y Blair.
El miércoles, apenas se conocía la noticia del accidente ferroviario de Urda, con dos trenes de alta velocidad destrozados y una pavorosa cifra de muertos que iba subiendo minuto a minuto, las principales formaciones políticas españolas, excepto Vox, suspendieron sus actos de precampaña electoral en señal de duelo. Era el momento del respeto, del dolor, del pésame, de las condolencias. Era el momento de detenerse, de callarse, de reflexionar. Pedro Sánchez canceló una entrevista en Vitoria y decretó tres días de luto oficial. Alberto Núñez Feijóo interrumpió una entrevista con el diario La Vanguardia y suspendió los actos que tenía previstos en Barcelona. En breve llegaría la hora de asumir y depurar responsabilidades, de pedir explicaciones, de preguntarse cómo es posible que, en menos de un año, aparte de toda clase de incidentes y retrasos en los trenes españoles, dos accidentes mortales hayan salpicado de sangre la misma línea de alta velocidad.
En cambio, Santiago Abascal no perdió ni un segundo y el mismo día de la catástrofe aprovechó para cargar contra el gobierno en sendos mítines celebrados en Santander y en Valladolid. Lo hizo mediante un guisote especialidad de la casa en el que mezclaba los muertos de Urda con las joyas de Zapatero, las señoritas de compañía, el accidente de Adamuz, el apagón, los bailes de Sánchez, los chistes de Oscar Puente en el programa de Marc Giró y la crisis migratoria en Ceuta. Para qué guardar luto, para qué mostrar respeto, para qué esperar los primeros resultados de la investigación si ya le han dado en bandeja 68 argumentos más con los que incendiar la campaña electoral. Abascal justificó sus palabras diciendo que la situación en España es “absolutamente excepcional”: cómo no va a serlo si, según él, estamos gobernados por una organización criminal. “Porque Vox no está de fiesta” dijo. No, qué va.
Comentarios de nuestros socias/os
Para ver los comentarios de nuestros socias y socios, primero tienes que iniciar sesión o registrarte.