Opinión
¿Por qué vuelven a incomodarnos las gafas de Meta?

Por Itxaso Domínguez
Analista especializada en Oriente Próximo y Norte de África
Confieso que me ha hecho gracia ver internet lleno de vídeos explicando cómo reconocer las nuevas gafas ‘inteligentes’ de Meta/RayBan. Hay quien las llama ya ‘gafas de pervertido’. En Estados Unidos incluso se pide una legislación específica para limitar su uso.
Y lo entiendo, claro que lo entiendo. A (casi) nadie nos entusiasma la idea de que la persona sentada enfrente pueda estar grabándonos, identificando objetos o utilizando inteligencia artificial sobre lo que está viendo sin que nadie lo sepa.
Lo que me sorprende no es la reacción per se, sino que hayamos necesitado unas gafas para volver a sentir rechazo hacia la vigilancia. Porque la vigilancia nunca desapareció, sino que simplemente dejó de verse.
Cuando Europa tenía claro cuál era el problema
Hace poco más de diez años, las revelaciones de Edward Snowden cambiaron la conversación global sobre internet. No descubrieron únicamente que los servicios de inteligencia vigilaban de forma masiva. También hicieron evidente hasta qué punto empresas privadas y poderes públicos podían compartir infraestructuras, datos e intereses. La vigilancia dejaba de ser una excepción para convertirse en un modelo.
Europa respondió de una forma bastante singular. Mientras otros países priorizaban la seguridad o la innovación, la Unión Europea empezó a construir un marco digital basado, al menos en teoría, en una idea sencilla: el desarrollo tecnológico no podía hacerse a costa de los derechos fundamentales.
El RGPD se convirtió en la piedra angular de ese proyecto. Después llegaron muchas otras normas. El DSA, el DMA, el AI Act. Todas diferentes, todas imperfectas, pero unidas por una misma intuición. La tecnología necesitaba límites democráticos. Hoy cuesta recordar que ese era el punto de partida.
La vigilancia ya no necesita esconderse
Las gafas de Meta generan rechazo porque hacen visible algo que llevábamos demasiado tiempo sin mirar. No son la primera tecnología que observa a las personas.
Una mayoría de servicios digitales llevan años registrando qué buscamos, cuánto tiempo miramos una publicación, dónde estamos, con quién hablamos o qué compramos. Con esa información construyen perfiles y predicen comportamientos.
La diferencia es que esa vigilancia ocurre en segundo plano. La cámara ya no está delante de nosotros. Está integrada en un modelo económico que hemos terminado llamando "personalización", y que presentamos como algo tremendamente deseable.
Pero… las gafas rompen esa comodidad. De repente volvemos a ver la vigilancia. Y - ¡oh sorpresa! - descubrimos que sigue incomodándonos. Quizá nunca dejamos de sentir esa incomodidad. Quizá simplemente aprendimos a convivir con formas de observación que parecían inevitables.
El verdadero cambio
Lo curioso es que este rechazo llega justo cuando Europa parece empezar a olvidar por qué aprobó muchas de sus propias normas.
Cada vez escuchamos con más frecuencia que el RGPD debe simplificarse. La Ley de Inteligencia Artificial ya ha sido debilitada, y su aplicación retardada. Los argumentos no son nuevos: que las reglas sobre privacidad frenan la innovación, que Europa necesita ser más competitiva, que hace falta dar más margen a las empresas (¡y a los Estados!) para utilizar datos…
Al mismo tiempo, la soberanía digital se ha convertido en la gran palabra de moda. Y la soberanía importa, sí: Europa necesita reducir dependencias tecnológicas. Pero hay una pregunta que apenas nos hacemos. ¿Queremos ser soberanos para construir un modelo distinto o simplemente para tener nuestra propia capacidad de vigilancia?
A veces da la impresión de que el problema de Palantir es, sobre todo, que sea estadounidense. Como si una empresa europea ofreciendo exactamente las mismas herramientas fuera automáticamente una buena noticia. En Alemania y Francia ya exigen un ‘Palantir europeo’.
Mientras tanto, Europol exige cada vez más datos y excepciones en sus capacidades de vigilancia. Frontex ya despliega algunas de las infraestructuras de vigilancia más sofisticadas del continente. En las fronteras europeas se prueban sistemas biométricos, análisis automatizados, interoperabilidad de bases de datos y otras tecnologías que rara vez generan el mismo debate público que unas gafas inteligentes.
No es casualidad. Las fronteras y otros espacios relacionados con las "fuerzas del orden" llevan años funcionando como un laboratorio tecnológico. Lo que allí se presenta como excepcional acaba normalizando una determinada forma de ejercer el poder. Y esa lógica termina, inevitablemente, extendiéndose al resto de la sociedad.
No es una cuestión (sólo) de privacidad
Quizá por eso nunca me ha convencido del todo que este debate se reduzca a la privacidad (de hecho, en la UE tenemos la suerte de poder diferenciar privacidad y protección de datos, pero lo dejo para otro capítulo). No hablamos solo de quién conoce nuestros datos.
Hablamos de quién puede observar, clasificar, predecir y tomar decisiones sobre otras personas. Y hablamos, claro está, de relaciones de poder. Cuando aceptamos que observar más siempre permite vender mejor, gobernar mejor o proteger mejor, dejamos de preguntar si esa vigilancia era necesaria en primer lugar. La discusión pasa a ser quién la controla.
Lo que realmente nos enseñan las gafas
Las gafas de Meta probablemente merezcan regulación (por lo menos en Estados Unidos, ya que en la UE están prohibidas… de momento).
Pero, si me lo permitís, sería un error pensar que el problema empieza con ellas. Lo interesante es que han conseguido hacer visible algo que llevaba demasiado tiempo escondido. Nos recuerdan que la vigilancia sigue resultándonos incómoda cuando podemos verla.
Quizá la pregunta que deberíamos hacernos no sea cómo regular un nuevo dispositivo, sino que la pregunta sea otra mucho más incómoda… ¿Cómo hemos llegado al punto de considerar normal un modelo económico y político que depende cada vez más de observar a las personas? ¿Y por qué, justo cuando volvemos a sentir intuitivamente ese rechazo, empezamos a debilitar las reglas que nacieron para contenerlo?
Porque las gafas no son el comienzo de esta historia. Tal vez sean el momento en que, por primera vez en mucho tiempo, volvemos a verla.


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