Opinión
Desobediencia, resistencia, clandestinidad

Periodista y escritora
Hay ideas, conceptos, palabras que voy recuperando poco a poco. En realidad, no las voy recuperando yo, sino que emergen de algún fondo en el que habían quedado casi olvidadas bajo el polvo de los últimos años. En los últimos años se mezcla el polvo de la inacción con el de las pequeñas represiones imperceptibles. Me di cuenta el otro día, al final de una conferencia. Estaba hablando al alumnado presente en una universidad cuando de pronto, como un animal que al desperezarse desordena las hojas secas del sotobosque, asomó su cabeza la palabra "resistencia". Creo que me quedé unos segundos en silencio, quizás fue un minuto. Un minuto de silencio después de una frase resulta un tiempo que primero genera expectación y después se hace incómodo. No estaba pensando, sino observando aquella palabra que había tomado cuerpo ante mí, una vieja amiga de otras vidas, otros lugares.
Dije "resistencia" y se me fue el santo al cielo. No había pensado hablar de la idea de resistencia, sino de la posibilidad de desobedecer y de las distintas formas que tenemos de hacerlo. De cómo romper el silencio en una sociedad que nos ha sometido a eso durante toda la historia es una manera de desobedecer. Y que, en tanto en cuanto desobedecemos, recibiremos el correspondiente castigo, aún no sabemos si grande o pequeño. Castigo al fin y al cabo. Pero eso ya lo sabemos, ya lo estamos sintiendo. El castigo económico, social, judicial y violento contra las que hablan, las que relatan, las que oponen sus palabras contra las estructuras macho.
Sucedió, o así me parece, que la idea de "desobediencia" se me había quedado ya gastada entre los labios y, por esa razón, un término más grave, mayor y menos frecuente, como un gran mamífero en hibernación, salió del letargo y se plantó en medio de la tarima desde la que yo, pasmada, atendía a la atención de las alumnas y alumnos. "Tenemos que recuperar la idea de resistencia", dije descubriendo una necesidad, un apremio íntimo y desatendido. Entonces, de forma natural, añadí: "Y la de clandestinidad".
Una vez dicho lo anterior, decidí que no había más que añadir. Ahí estaba todo lo que yo quería decir, mi reflexión sobre el silencio, la violencia y la idea de desobedecer, acababan en dos palabras: resistencia y clandestinidad. Me sorprende la incomodidad con las que las pronuncié, que es la misma que noto al escribirlas. Como si se tratara de palabras prohibidas, como si nombraran acciones ilegales, como si el mero hecho de haberlas pronunciado mereciera también su particular castigo, otro, más severo todavía.
Ay, la doma, de nuevo la doma. En las dos últimas décadas nos han adiestrado en la mansedumbre, minuciosa pero imperceptiblemente. Ahí quedaron a perpetuidad la Ley de Extranjería y la Ley Mordaza como ejemplo claro de las bridas que se pueden poner al pensamiento y la acción. Son solo eso, dos ejemplos, porque lo cierto es que nuestra domesticación ha sido mucho más sibilina. Ahora parece sorprendernos la aparición de fuerzas ultrarreaccionarias en gobiernos e instituciones. De tanto observarlos a ellos, a los señores de la violencia y la crueldad, a la extrema derecha global, olvidamos echarnos una ojeada a nosotras mismas. No es que hayamos olvidado las herramientas para plantarles cara, que también un poco, sino que han conseguido convencernos de que nos están vetadas. Ahí reside su mayor fuerza, y con ella nuestra derrota.
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