Opinión
"No hay acuerdo hasta que hay acuerdo", dijo Trump

Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
-Actualizado a
La pasada cumbre de Alaska entre Trump y Putin terminó dejando un sin fin de especulaciones y pocos detalles de los acuerdos, si los hubiera, de lo allí hablado. Para poder entender el aparente fracaso de la diplomacia transaccional por la que se caracteriza Donald Trump, es fundamental ser conscientes del contexto y los intereses que se encontraban en liza. Por un lado, EEUU quiere salir lo antes posible de todo lo que le aleje de su principal preocupación en estos momentos, esto es, China. Para Rusia se trataba de situarse en posición de igualdad con EEUU, de ser reconocido como una gran potencia, en pie de igualdad, algo que no consideraba que se hubiera hecho desde hace años. Merece la pena recordar en este punto las declaraciones de Obama en 2014 en las que afirmaba que Rusia era un mero poder regional y que en Ucrania estaba mostrando no su fuerza, sino su debilidad. Esto es algo que en su extremo narcisismo y ansia de reconocimiento Vladimir Putin ha luchado por revertir durante todos estos años.
En esta reunión se ha visto rehabilitado al volver a la mesa de negociaciones y no sólo, y esto es importante, para hablar de Ucrania. Se trataba de recomponer las relaciones entre ambos, entre Moscú y Washington, en el plano diplomático, pero también económico y comercial. Buena prueba de ello han sido los movimientos que se han realizado desde el mismo viernes 15 de agosto. Si Putin firmaba un decreto horas antes de su reunión con Trump permitiendo a inversores extranjeros, incluida la petrolera estadounidense Exxon Mobil, recuperar participaciones en el proyecto de petróleo y gas Sakhalin-1, Trump hacía lo propio horas después demorando la imposición de sanciones secundarias sobre el petróleo ruso. Ninguna casualidad en estos actos, más bien una hoja de ruta para abrir oportunidades de inversión y colaboración empresarial, algo que estuvo muy presente en esa reunión.
Finalmente, en el caso de las grandes ausentes en esta reunión, Europa y Ucrania, sus contextos, aunque a primera vista aparentemente coincidentes, en realidad solo coinciden en cuanto a la estrategia, pero no en el objetivo final. De este modo, para los países europeos es esencial la reconstrucción de una arquitectura de seguridad y defensa que les ofrezca una sensación de certeza y fiabilidad en esos ámbitos. El debilitamiento del vínculo transatlántico, junto con una gigantesca asertividad rusa y una más que evidente debilidad propia en este ámbito, han hecho que la invasión de Ucrania se haya considerado como una amenaza existencial para el conjunto de los países europeos. Y todo ello a pesar de que nada demuestra tal cosa, ni la estrategia de seguridad y defensa rusa, ni tampoco los intereses que pudiera tener Rusia más allá de retomar el control de algunos de los territorios que considera esenciales para el mantenimiento de su propia seguridad, esto es, fundamentalmente, Ucrania. No nos cansaremos de repetirlo desde esta tribuna: la amenaza rusa no es un cuestión territorial, sino que es una amenaza híbrida que opera a través de procesos de desestabilización.
En todo caso, la cuestión de Ucrania es un mero hecho coyuntural, un detonante eso sí, para avanzar en una militarización y securitización de los países europeos dando enormes réditos a los complejos militares e industriales vinculados con el negocio de la guerra. Sería ingenuo pensar que una invasión de estas características en otras latitudes se abordaría del mismo modo, incluso cuando el invasor fuera también Rusia, incluso cuando hubiera vulneración del derecho internacional. Por su parte, Ucrania, como no podría ser de otro modo, hace una lectura existencial. Si Rusia gana, Ucrania desaparece. Para ella se trata de su propia supervivencia a una guerra de desgaste. Una guerra que parece cada vez más claro que no va a poder ganar.
La puesta en escena de toda la reunión también tuvo su relevancia. Alfombra roja, eso sí, un B-2 sobrevolando sobre la cabeza de Putin y una buena parte de la prensa rusa durmiendo en polideportivos, puesto que, como consecuencia de las sanciones, no se pudieron realizar las reservas pertinentes para tan importante cumbre. La reunión fue más corta de lo previsto, incluyendo la cancelación del almuerzo. Sin atisbo de acuerdo, poco sentido tenía la realización de una celebración.
El resultado, de nuevo, depende del contexto y de los ojos que lo lean. Los ucranianos y los europeos han leído como una humillación la mera celebración de esta reunión a dos, si bien ambos son conscientes de que sólo la intervención de EEUU en una u otra dirección puede ser determinante para la finalización de esta y de otras guerras y, por tanto, asumiendo su subalternidad a Washington.
En todo caso, si algo parece claro son dos cosas. La primera, que Trump no solo no consiguió un alto el fuego, sino que ha trascendido que la solicitud de Putin es negociar el control total del Donbás en lugar de sobre la línea de contacto del frente, además de abogar por un acuerdo de paz prácticamente sin condiciones. La segunda es que Putin no ha hecho concesiones y continúa ganando tiempo para controlar aún más territorio en un momento en el que la ofensiva le es favorable y en un momento de enorme debilidad ucraniana.
Por último, también está claro que Trump está poniendo una buena parte de su capital político para terminar con esta guerra sin importar el procedimiento para lograrlo. De hecho, todo apunta a que asume que la única manera de terminar con la guerra es aceptar la agenda del Kremlin, por un lado, y también hacer concesiones a los europeos dejando caer que asumirá parte de las garantías de seguridad para Ucrania. Los europeos, y por supuesto Ucrania, observan con recelo todo los movimientos de la Casa Blanca, si bien asumen que lo único que podrán hacer será estar preparados para cualquier escenario, aunque el mas probable sea el de, efectivamente, la división de Ucrania y la necesidad de provisión de seguridad en el territorio. Trump, mientras, de la mano de Putin, continúa con su aspiración al Nobel.
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